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covid-19 / OPINIÓN

Bitácora de un mundo reinventado (día 1º)

6/04/2020 - 

VALÈNCIA. El anuncio de la pandemia vino de las orquídeas, los chinos ya las cultivaban hace mil quinientos años. La realidad estaba mutando y alguien o algo mandaba una señal en mi cocina: tres orquídeas primero, luego cuatro, y ahora que vamos por los siete mil casos suman siete flores turgentes y bellas. Nunca antes había logrado que una orquídea floreciera y todas habían acabado secas o ahogadas, con sus grandes hojas comidas por una franja amarilla y blanda.

En enero (primeros infectados en Wuhan) habían brotado unos tallos tímidos que después se cubrieron de nudos, como una erupción adolescente. En febrero (cancelación del Mobile Congress) eran ya pequeños puños verdes que se inflaban de forma imparable.

En la semana en que todo esto empezó ya eran siete flores, abiertas como pantallas satélites  sobre el mueble chino, con su arquitectura carnosa y sus nervaduras inquietantes sobre los pétalos. Mi hija y yo hicimos muchas fotos: pequeñas bocas dentadas que imaginaría Sylvia Plath desde todas las convalecencias que sufrió, delante de todos los ramos hospitalarios que recibió.

Pero no me proponía hablar de ella, ni de su mirada herida, siempre amenazada. Ha sido inevitable mencionarla porque quiero hablar de la pandemia y mis conexiones nerviosas pululan por la zona que la malograda poeta habitó y selló en sus páginas; amenaza, aullido, autodestrucción, ¿acaso estamos boqueando todos bajo la misma Campana de Cristal?

Mi crónica del virus tiene una línea de partida y es la manifestación del 8 M. En aquella semana caminábamos resueltas por la orilla de la normalidad, por el momento nítido en que nos despedíamos de unos códigos escurridizos y no lo sabíamos. Esa tarde evitamos todos los besos pero hubo uno, el de una estudiante, que se me quedaría para siempre archivado. Había aprobado el MIR y su entusiasmo era difícil de romper. Quizá no pude frenarla porque atendía a una sed propia de semanas, una dieta estricta que me había autoimpuesto y que ahora debo seguir domesticando.

Foto: EVA MÁÑEZ

La primera sacudida de este virus es contra el afecto, nos ayuda a radiografiar esa marea que sube cuando quieres a alguien y te eleva los brazos, te hace buscar la presión, el calor del otro. Gestos mínimos pero alimenticios, de un nutriente que no se puede saquear en los supermercados. A los dos días ya le estaba diciendo a mi pequeña que no me acostaría con ella para llamar al sueño remolón de los domingos, que si ella se acercaba por la casa yo recularía. La escuché protestar con pucheros de adolescente por el pasillo, bromeó, me persiguió, le divirtió mi cerrazón. En cuestión de 48 horas se habría consolidado el muro de metacrilato entre todos nosotros.

Durante meses había seguido las noticias con el rabillo del ojo, la cifra de infectados subía pero no nos dedicábamos al álgebra ni a dibujar curvas en la mente, sólo a nuestra rutina de bueyes, siempre tan estrecha, siempre al límite. Los pasillos del hospital eran una balsa para el cotilleo y la banalidad, la queja blanda y el humor de los memes que cruzaban por el chat, todavía tímidos hasta que se desatara el pánico. Nos quejábamos de nuestros gerentes por su improvisación (¿y cómo llamar, si no, a la lucha frente a lo que no tiene precedente?). Éramos ignorantes de que la crítica cascarrabiosa es nuestro mecanismo de defensa habitual y que, muy pronto, se disiparía como todo lo familiar, después de las mascarillas y los botes de solución hidroalcohólica. Formaría parte de un pasado lejano, caduco y sepultado por otro estado de ánimo: una tensión nueva y lacerante, sólo habitada hasta entonces por los guionistas de cine y su fantasía. Una enfermera que me quiere mucho me deslizó una mascarilla estéril en el maletín y yo rumiaría toda la mañana la opción de devolverla, pero acabaría finalmente en el armario de mi cocina.

Hoy me toca guardia de psiquiatría sin camas, todas han sido cedidas a los internistas. Paso el meridiano de mis 72 horas localizada y el teléfono sigue sin sonar. No se registran ni siquiera suicidios. Asumo el riesgo de resbalar en lo frívolo, pero es inevitable la pregunta: ¿acaso antes nadie quería morirse? Pasamos estos días sin atender un sólo gesto autolesivo y es un contraste con el trasiego habitual, los psiquiatras nos removemos inquietos alrededor de esas preguntas: ¿cuándo nos llamarán? ¿Se matará todo el mundo de golpe?

Hasta que llegó la Covid, las guardias eran casi monográficas, un suicidio consumado cada día, dos o tres intentos en cada hospital de la red pública en la Comunidad Valenciana. Un muerto cada minuto a nivel planetario. Las cifras superaban ya a las muertes por accidente de tráfico. La OMS advirtió de la plaga, cundió el histerismo, los 'códigos suicidio', los algoritmos de actuación, los diagramas de flechas. Solía ponerme enferma de escuchar tanta 'ciencia' alrededor de un acto tan ligado a la intimidad y la voluntad humana. Tan ligado a la miseria. Un problema social a menudo erróneamente medicalizado. Escurridizo a los porcentajes y a nuestra ansia de intervención. Una moneda al aire. Un acto volátil. Imposible de equiparar al comportamiento de la glucemia cuando falta insulina.

Y ahora, de pronto, este silencio en todas las salas de urgencia. Esta complacencia con la vida dentro de las cuatro paredes, la verja, el balcón, la azotea. Y no me olvido de que hay confinamientos de primera, segunda y tercera. Pero este pavor a verse uno boqueando en un pasillo de urgencias es transversal, pura democracia. Morir plastificado y sin funerales, sin perdón ni últimas palabras, sin despedida. Si tengo que morir lo decido yo y no cuando lo marque ese bicho que nos han metido los chinos, ¿estamos frente a un acto de chulería? ¿En una prórroga?

Queremos pensar que los suicidas se han unido en una liga secreta por la vida, quizá sean los que lavan la lencería gratis a los hospitales, los que cosen mascarillas o imprimen pantallas a contrarreloj, los que cuelgan carteles con su teléfono en los ascensores para los abuelos de la finca. Toda esa entrega, ¿de dónde sale? ¿Es la que antes dirigíamos a boicotear la vida?

Si hemos madurado de un plumazo, todo el drama anterior queda en un penoso postureo, un dejarse llevar, un juego. Avidez de novedades. Excitación adolescente. Y nosotros, ¿qué es lo que estábamos atendiendo con voz grave, compasión real y un dolor que no era fingido? Todo esto corre el riesgo de dejarnos en un lugar que ahora está entre el drama y la comedia. Tan caduco ya, tan lejano. Y, sin embargo, yo he sido testigo y me resisto a desmentirlo. Doy fe: se tenía poco respeto a la muerte. Un pueblo que no respeta la muerte no respeta la vida.
Ahora la muerte no lleva pintura roja, la agonía, la pérdida puede estar en un gesto fatídico como tocarse la nariz después de echar la basura o recibir una gota de Pflüge en la caja del supermercado, ¿es esto el fin de la modorra?

Rosana Corral-Márquez es psiquiatra y escritora

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