LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Cuando éramos felices con Eduardo

Desde el primer día, la honorabilidad de Eduardo Zaplana estuvo en entredicho pero, a diferencia de tantos compañeros de su partido, él nunca acabó procesado, de manera que o era honrado o muy listo, o ambas cosas. Aun con muchas sombras y trampas, su gestión política al frente de la Generalitat, comparada con la de su sucesor, parece la de un Carlomagno

26/09/2016 - 

La tarde en que saludé a Eduardo Zaplana era un día de las Fallas de 1997. El diario para el que trabajaba me había enviado a escribir la crónica social de la mascletà. En el balcón del Ayuntamiento, un periodista muy atildado, miope y que gastaba barba blanca, conocido por sus artículos elogiosos con el poder, fuese este representado por Lerma, Zaplana o Camps, ese mismo periodista, entonces subdirector de un rotativo local, me presentó a Zaplana. Fue un simple apretón de manos, reforzado con sendas sonrisas, la de él más expresiva y generosa que la mía, porque siempre he sido un hombre de media y apagada sonrisa. Zaplana pronto me dio la espalda y se puso a jugar con una hija de Maria Àngels Ramon-Llin mientras que el periodista Pepe Oneto y otros colegas, con quienes no debía tener una buena sintonía, lo observaban desde una esquina. No se hablaron en mi presencia.

Esa fue la única vez que traté al expresidente de la Generalitat. Como nunca me dediqué al periodismo político, no fui seducido por ese encantador de serpientes ni sufrí las presiones y las amenazas de sus lacayos, que no reparaban en nada para doblegar la voluntad de los informadores. Entonces yo era periodista de Economía y mi directora me mandaba en ocasiones a cubrir actos de Eduardo —así se le llamaba en los cenáculos empresariales—, que bajaba por las escaleras del Palau hecho un figurín, empaquetado en sus trajes cortados a medida y con sus camisas de cuello duro. Raro era el día en que Zaplana no se retrasaba media hora en comparecer ante los periodistas. Recuerdo una vez que nos hizo esperar más de una hora en el vestíbulo del hotel Astoria mientras se dejaba entrevistar por una periodista de un diario madrileño. Ya preparaba su marcha a la capital.

De sus comparecencias informativas retengo su empaque y su verbo florido. No decía nada pero lo decía bien. Era un hombre muy ambicioso, gran trabajador y con una extraordinaria memoria, según quienes trabajaban con él. La primera vez que lo vi fue, a comienzos de los noventa, en los estudios de la emisora clerical en Alicante, donde yo trabajaba como becario. Eduardo se dejaba querer como alcalde de Benidorm, puesto al que había accedido de manera escandalosa. Recuerden a Maruja Sánchez. Volví a verlo en la presentación de un festival de esa ciudad alicantina. Entonces,  Zaplana era un personaje político a medio hacer —aprendió mucho en poco tiempo—, algo mofletudo de cara, y pocos imaginaban hasta donde llegaría.

Pasaron los años. Fue presidente de la Generalitat, ministro, portavoz del Gobierno de Aznar, ejecutivo de Telefónica, etc. Ahora no se sabe nada de él. Lo último que conocimos es que dejó la presidencia del Club Siglo XXI. La vida, que no siempre le ha sido propicia, le propinó otro golpe el año pasado. Se enfrentó a momentos difíciles que parece haber superado, según me cuentan. Escribo un poco de oídas, y pido perdón por ello, porque siempre fui un periodista de escasas y recurrentes fuentes. Si algo me salvó fueron mi intuición y mi sentido común, además de mi lucidez para atar cabos. Pero lo que cuenta ahora es que Zaplana sigue vivo, y yo sigo escribiendo de él. 

"A Zaplana se le recordará por dos logros: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, copiada de un proyecto de Lerma, y la paz lingüística, lograda a golpe de talonario"

Con el paso del tiempo idealizamos nuestro pasado. Este maquillaje de la vida es necesario para sobrevivir. Lo aplicamos también a la política. Quienes odiaban a Suárez y a González ahora los elogian. Lo mismo nos está pasando con Eduardo, que tuvo la suerte de elegir un sucesor tan nefasto que su gestión al frente de la Generalitat (1995-2002) parece la de un Carlomagno

Hay que reconocer que el personaje tuvo el mérito de hacerse con el poder cuando reinaba el régimen lermista. En aquellos años ochenta y principios de los noventa, el PSPV-PSOE lo controlaba todo, hasta la última asociación de vecinos. Y un chico de Cartagena que sólo hablaba castellano, procedente de las juventudes de la UCD, les birló la cartera a los Císcar, Romero, Puig y compañía. Primero lo infravaloraron y luego, cuando ya era demasiado tarde, lo odiaron por dejarles sin pastel. Los burgueses de Valencia —es un decir— lo consideraban también un advenedizo, un arribista, pero lo necesitaban para hacer negocio. Zaplana, como buen político, se aprovechó de la debilidad de todos e impuso su ley.  

Una honorabilidad siempre en entredicho

Desde el primer día, su honorabilidad estuvo en entredicho pero, a diferencia de tantos compañeros de su partido, nunca acabó procesado, de manera que o era honrado o muy listo, o ambas cosas. Y luego, no lo olvidemos, estaba su afición a los placeres de la tierra, lo que lo hace humano, demasiado humano, a nuestros ojos. 

Pese al lado oscuro del personaje, echo de menos los años de Zaplana, sobre todo porque entonces yo era joven, con todo lo que esto representa. Si no pecamos de sectarios, a Zaplana se le recordará al menos por dos logros: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, copiada en parte de un proyecto de Lerma, y la paz lingüística, que resolvió comprando a gran parte de los miembros de la Acadèmia Valenciana de la Llengua. Sus detractores sostienen que él puso las bases del régimen de corrupción y despilfarro que gobernó hasta 2015. Puede que sea cierto, pero los que le siguieron no han dejado nada digno de ser recordado. Me refiero a nada positivo, entiéndase la expresión.

Estoy seguro de que Eduardo leerá este artículo porque siempre estuvo obsesionado con los periodistas. Confío en que no haya perdido la costumbre de leer al mensajero, culpable, como es sabido, de todos los males de los políticos. Por eso conviene atarlo bien en corto. Eduardo lo consiguió, hasta cierto punto, en su época de esplendor. Aquel monstruoso Canal 9… 

Ahora debe de observar la vida desde otra perspectiva, con más serenidad, después de tantas batallas ganadas y alguna perdida, como esos actores retirados que esperan la llamada que les comunique que han obtenido el Goya honorífico por toda su carrera. 

Porque Zaplana, si destacó por algo, fue en el arte del engaño, la interpretación y la seducción. Por esa razón, le dedicamos hoy este artículo de agradecimiento. 

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