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'HISTORIAS DE CINE'

Cuando Steve McQueen cayó

El documental ‘Steve McQueen: The man & Le Mans’ permite recuperar la figura de una estrella única, así como revivir uno de los mayores desastres de los años 70

3/06/2016 - 

VALENCIA. No es fácil ser Maradona, dicen los fanáticos del barrilete cósmico ante cada exceso del 10 argentino. Sí; no debe ser fácil ser un hombre admirado, amado por miles de personas desconocidas, agasajado sin freno por legiones de parásitos, con millones en la cuenta corriente y la sensación de poder hacerlo todo. No es fácil ser Dios, cantaba Siniestro Total. Pues imaginen todo lo anterior, millonario, querido, famoso, siendo el hijo bastardo de una prostituta alcohólica que te mandó a un reformatorio. Sí; no debió ser fácil ser Steve McQueen (1930-1980). Su torturada vida tiene tantos recovecos, es tan áspera, que cada vez que se indaga en ella, en sus episodios oscuros, resulta casi inevitable matizar. Es de justicia.

Este viernes llega a los cines Steve McQueen: The man & Le Mans, documental dirigido por John McKenna y Gabriel Clark, En él se profundiza en el catastrófico rodaje de Las 24 horas de Le Mans (1971, Lee H. Katzin), una producción que debería haber encumbrado a McQueen, la estrella del momento, y que casi acaba con su carrera, destrozó su matrimonio, fulminó su relación profesional más fructífera y estuvo a punto de costarle la vida a un miembro del equipo. 

Si algo deja claro el documental es cómo la difícil personalidad del actor (no es fácil ser Steve McQueen, recuerden) fue en gran medida responsable del desastre de Las 24 horas de Le Mans, una peripecia que aporta muchas lecciones sobre lo que no se ha de hacer. Para relatarlo, Steve McQueen: The man & Le Mans cuenta con imágenes inéditas además de las consabidas entrevistas a testigos de los hechos. Verla tiene dos atractivos claros: el cinéfilo, al descubrirnos las interioridades de un rodaje caótico e ir más allá; y el deportivo, al aproximarse de manera honesta a la pasión por la velocidad de McQueen. 

Resulta curioso comprobar cómo McQueen fracasó donde triunfaría Paul Newman, hasta el punto que casi podría escribirse unas vidas paralelas a la manera de Plutarco. Si Newman quedó segundo en ¡Le Mans! y acabó controlando su carrera profesional (llegó a dirigir seis películas, algunas tan interesantes como Casta invencible o El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas), McQueen estuvo a punto de tirar por el sumidero toda su fama y éxito al querer rodar un largometraje sobre la carrera. Ying y yang, las vidas de ambos de hecho no podían ser más opuestas. Newman, universitario, becado en Yale, deportista, fue un hombre modelo; McQueen, barriobajero, mal estudiante (disléxico sin diagnosticar), parecía marcado por el odio, parafraseando la famosa película de Newman.

Desde la distancia del tiempo resulta fácil señalar a McQueen como el responsable del fracaso de Las 24 horas de Le Mans al querer pilotar un proyecto de esa envergadura desde un comportamiento errático y egoísta. Pero también desde allí cabe apuntar a cómo las raíces de muchos de esos defectos (indisciplina, inconsistencia, arbitrariedad…) se hallan en su propia biografía. McQueen tenía un serio problema con la autoridad y una extraña escala de valores derivados de su pasado, y estaba tan acostumbrado a sobrevivir que jamás supo vivir. Abandonado por su padre al que nunca conoció cuando era un bebé, dejado por su madre en la casa de sus abuelos, acabó con cuatro años en la granja de su tío abuelo Claude Thomson en Slater, Misouri, un pariente que fue su único don y gracias al cual tuvo niñez. No era el suyo un caso tampoco atípico. Durante la Gran Depresión muchas granjas prósperas del Medio Oeste se convirtieron en el refugio de numerosos afectados por la crisis, que procedían de las ciudades y buscaban acomodo en un mundo donde no faltaba comida. Por si fuera poco, su tío abuelo se había divorciado y vio en el pequeño Steve el hijo que su ex mujer se había llevado.

Con él aprendió algo de disciplina, a trabajar duro y a vivir en contacto real con la naturaleza, con los animales. “Los mejores años” de su infancia, en sus propias palabras, fueron segados cuando su madre volvió a por él cuando sólo contaba nueve años. Con ella sólo vivió el infierno de una familia desestructurada; se acabaron los cines del sábado tarde y los helados en el pueblo. Tras varios episodios de violencia callejera, volvió a la granja de su tío con 10 años. Su madre volvería de nuevo a por él, con otro marido, un “hijo de puta” en la descripción del actor. Como un yo-yo, acabó regresando a la granja de su tío abuelo pero un malentendido le hizo escapar de ella a los 14 y se fue con un circo, se enroló en bandas callejeras y finalmente fue arrestado por robar unos tapacubos. De vuelta con su madre, y tras ser maltratado por su segundo padrastro, le mandaron a un reformatorio en Chino, California. Aquí conoció a un educador que ayudó a sacar lo mejor de sí. Tras salir del reformatorio, McQueen, curiosamente al igual que Newman, se alistó en el ejército donde se labró fama de rebelde, se fugó dos semanas con una chica, fue arrestado y salvó la vida de varios compañeros durante unos ejercicios. 

A los tres años se intentó reintegrar a la vida civil y quiso hacerlo mediante la interpretación, que había descubierto en el ejército. Cuentan las biografías que el talento de McQueen como actor era tan innegable que fue junto a Martin Landau uno de los dos únicos seleccionados para el Actors’ Studio entre 2.000 aspirantes. Su carrera como actor y su primera etapa profesional fueron de una convencionalidad apabullante. Se enamoró a primera vista de su primera esposa, la actriz Neile Adams (¡tía de Isabel Preysler!), y se la presentó a su tío Claude antes de que el hombre muriera, dejándole orgulloso porque aquel chiquillo rebelde se hacía famoso y era un hombre de provecho, o eso parecía. Feliz marido, protagonizó su primera película, The blob (1958; Irvin S. Yeaworth Jr., Russell S. Doughten Jr.) y alcanzó pronto la fama. 

Al año siguiente participó en Cuando hierve la sangre junto a Frank Sinatra, dirigido por John Sturges, un nombre fundamental en su vida profesional. Tras la experiencia, el veterano director confió en él para formar parte del reparto de Los siete magníficos (1960), el remake de Los siete samurais (1954) con el que consiguieron trasladar al salvaje oeste el mundo de samuráis de Akira Kurosawa. La relación entre ambos tendría un tercer episodio legendario en 1963 cuando filmaron una de las mejores películas de los sesenta, La gran evasión, que terminó de consagrar a McQueen.

Los ocho años que median entre ésta película y su fallido reencuentro para Las 24 horas de Le Mans fueron de gloria para los dos por muy diferentes caminos. Tras rodar películas tan exitosas como El rey del juego (1965, Norman Jewison) o Nevada Smith (1966, Henry Hathaway), McQueen era nominado al Óscar por El Yang-tsé en llamas (1966, Robert Wise) y lograba dos éxitos consecutivos el mismo año con Bullit (1968, Peter Yates) y El caso de Thomas Crown (1968, N. Jewison). A este historial unía un film de prestigio: Los rateros (1969), adaptación de la novela póstuma de William Faulkner La escapada, ganadora del Pulitzer,que dirigió el siempre solvente Mark Rydell. Era insoportable, trabajar con él resultaba un infierno, pero era el actor más querido por el público. Por su parte, Sturges había firmado productos tan celebrados como la divertida La batalla de las colinas de whisky (1965) o Estación polar Cebra (1968), que se puede decir que es la madre de todas las películas de submarinos que vinieron después.

McQueen, disipado, politoxicómano, se hallaba también en un momento complejo emocionalmente. Se había librado de casualidad de ser asesinado por la secta de Charles Manson la noche del 9 de agosto 1969 que mataron a Sharon Tate, ya que estaba invitado a la fiesta pero prefirió quedarse con un ligue. Corrieron rumores de que él y Elizabeth Taylor estaban en la lista negra de famosos de Manson. Asustado, comenzó a ir a todas partes con pistola. Y en ese contexto de paranoia acentuado por sus adicciones encontró su válvula de escape en los coches; de ahí que quisiera unir su trabajo como actor con su pasión. Ahí es donde entra Las 24 horas de Le Mans; ése es el asunto de Steve McQueen: The man & Le Mans. 

Su idea era muy sencilla en apariencia: quería dejar reflejado lo que significaba para él la velocidad. “Siempre he querido rodar una película de carreras porque es algo que llevó en el corazón”, asegura en una de las entrevistas del documental. Pronto descubrió que el adagio ‘querer es poder’ es una de las mentiras más universales. Uno de los primeros contratiempos lo tuvo antes incluso de empezar a rodar. McQueen, que se consideraba a sí mismo jocosamente como “el peor piloto especialista del mundo”, se tomaba la parte física de sus películas como una obligación inexcusable. Un ejemplo de esa obsesión por la realidad se dio en uno de sus mayores éxitos, Bullit, con las escenas de coches en las que practicó con pilotos profesionales. “Ése es el tipo de realismo que importa en el cine”, se justificaba el actor. “Si intentas actuar no sale tan bien como si lo haces realmente”, añadía. Que intentase participar en la carrera de Le Mans para incluirla en la película, no era un capricho de una persona de por sí veleidosa; era parte de su visión del cine. Ya lo había hecho en realidad; ya se había jugado la vida por una película en La gran evasión, con la famosa secuencia de la huida en moto.

Pero no pudo ser. Todo quedó abortado por una lesión. Aún así, decidió seguir con el plan. Con su director favorito, nada podía fallar; nada salvo el hecho de que no había guión. Lo que le importaban eran las carreras, los “jodidos coches”. Con un sistema innovador, lograron capturar la velocidad, pero sólo eso. No basta para una película. Por si fuera poco, McQueen se pasaba el día de juerga en juerga y tuvo un accidente borracho que casi mató a su amante ocasional. Su reacción posterior evidencia su narcisismo inconsciente: Le echó la culpa a su asistente.

John Sturges y McQueen, durante el rodaje

Sturges, se marchó a su casa dejando plantado a su otrora amigo. “Soy demasiado rico y demasiado viejo para esta mierda”, dijo. Sin director, sin guión, “todo lo que hacíamos”, recordaría el productor Robert Relyea, “era mover laboriosamente el coche 22 delante del 23 y viceversa. Era insoportable”. Las intromisiones de McQueen se convirtieron en exasperantes y finalmente tuvo que ceder ante las presiones de la productora, aterrorizada por los sobrecostes. Para entonces su matrimonio ya estaba roto debido a sus infidelidades, a docena a la semana, y nada quedaba de la pareja de enamorados que fueron él y Neile, modélicos, que llegaron hasta protagonizar un episodio juntos de Alfred Hitchcock presenta, posiblemente uno de los más famosos de la serie: El hombre del sur. Ella, que había sido amante de James Dean y Marlon Brando antes de conocerle, también le fue infiel con Maximilian Schell. McQueen, entonces cocainómano, enfureció. 

La película se solventó cómo buenamente se pudo quedando como un producto de segunda. Digno, sí; espectacular, pero sin tensión dramática que justificara esa continua sucesión de coches a toda velocidad. El fracaso comercial, previsible, y el matrimonial terminaron de aislarle. El documental refleja esa autodestrucción dolorosa para su entorno, y en él aparecen algunas de las víctimas de ese rodaje; entre ellas su hijo Chad. Revela como esa obsesión le minó. Y eso que pese al fracaso McQueen logró rehacerse de la mano de otro outsider,Sam Peckinpah, con dos obras maestras seguidas: Primero con Junior Bonner (1972) y después con La huida (1972), un largometraje que hizo correr ríos de tinta por la relación adúltera entre el actor y la bella Ali MacGraw, que fue la puntilla a su matrimonio con Neile. MacGraw, esposa del productor que había lanzado el Nuevo Hollywood, Robert Evans, se tiró a los brazos de McQueen ante el desinterés de su marido, más preocupado por concluir el montaje de El padrino que por su mujer. 

Con su inflado ego agotado, fue la inercia de Hollywood la que le salvó con dos películas de signo muy diferente: Primero la imprescindible Papillon (1973, Franklin J. Schaffner) y después la popular El coloso en llamas (1974, John Guillermin e Irwin Allen) junto a ¡Paul Newman! Cinco años antes de rodar El coloso en llamas, McQueen no llegó a un acuerdo para participar en Dos hombres y un destino (1969, George Roy Hill) porque quería salir por encima de Newman en los carteles. Un lustro después aceptaba a regañadientes su rol secundario, aunque exigió tener las mismas líneas de guión que Newman, algo que se le concedió.  Era una pírrica victoria. Fue consciente de que comenzaba su declive.

No es de extrañar pues que decidiera realizar un parón hasta 1978, años en los que no hizo más que rechazar papeles y se acabó convirtiendo en una sombra. En 1977, durante sus entrevistas con Joseph McBride, el veterano Howard Hawks le comentó al crítico la posibilidad de realizar una película en la que querían participar Clint Eastwood y Steve McQueen. Del primero decía Hawks que era muy caro y muy serio, mientras que del segundo ofrecía un retrato descorazonador: “A Steve McQueen ya no le cabe más cerveza, y se está poniendo tan gordo y tan pesado, que no me gustaría nada que trabajara para mí”, decía el autor de El Dorado

Parecido testimonio dio Spielberg, quien en un documental de la edición especial en DVD de Encuentros en la tercera fase (1977) relataba su intento de ficharle para este largometraje. McQueen le citó en un bar. Nada más llegar al sitio el actor intentó provocar una pelea. “Y no porque yo estuviera allí”, recordaba el director. Se pasó toda la reunión bebiendo y al final le dijo que no haría el personaje porque no se imaginaba a sí mismo llorando en una película y el personaje concluía la cinta así: llorando mientras se despedía de su familia. “Lo suprimiremos”, le respondió Spielberg, ansioso por contratarle. A lo que McQueen le pidió que no lo hiciera, que era la mejor parte de la película. “Me rompió el corazón y casi lloré al leerlo”, le explicó. Prefería directamente quedarse fuera. Era un hombre consciente de sus limitaciones. Las aprendió rodando Las 24 horas de Le Mans.

Tras una relación infernal, llena de peleas, drogas y maltratos, McQueen y MacGraw rompieron. El divorcio coincidió con el regreso al cine de él de la mano de un clásico, Henrik Ibsen, y una versión aceptable de El enemigo del pueblo. Y mientras su némesis Newman triunfaba físicamente en Le Mans, él aprendía a volar en avión y redescubría la religión. Volvió como un Guadiana. Sus dos últimas películas, Tom Horn y Cazador a sueldo, dan una pequeña dimensión de su talento pero son directores de segunda fila, y él una estrella venida a menos. Si es un mito no es por estas películas. A finales de 1979 descubrió que el cáncer le devoraba. Desesperado, acudió a México acompañado de su tercera esposa Bárbara para tratarse por curanderos en un intento estéril por aferrarse a la vida. Con tan solo 50 años, mientras dormía tras una larga operación, sufrió en Ciudad Juárez la derrota final, la que espera a todos. Genio y figura, se había inscrito con el nombre de Sam Sheppard, el osteópata injustamente acusado del asesinato de su esposa cuya tragedia inspiró El fugitivo, en una broma que está llena de interpretaciones. Sus cenizas se esparcieron por el Pacífico, un océano conocido por sus violentas olas, apropiado para un alma tempestuosa. Moría el hombre; nacía el icono.

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