VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

De la Finca Roja a los concursos del IVVSA: por qué la vivienda social ya no emociona a la arquitectura

Los motivos por los que la vivienda pública ha dejado de ser un elemento central de la discusión arquitectónica, después de que fuera una oportunidad única para los nuevos estudios

29/07/2023 - 

VALÈNCIA. “Es curioso, si nos fijamos en los edificios y grupos de viviendas más icónicos de València, nos daremos cuenta que muchos de ellos fueron proyectados como viviendas sociales”, introduce la arquitecta e ilustradora Virginia Lorente, poniendo el ejemplo de “Santa Maria Micaela, la Finca Roja, Grupo Antonio Rueda, los Chalets de los Periodistas…”. Venían a resolver - introduce Clara Sáez, editora del medio especializado Flat Magazine- “la insalubridad de los barrios y a proporcionar habitación digna y asequible a las rentas bajas. Se integraba así la creciente cantidad de viviendas de bajo precio, debida al éxodo rural, en el crecimiento urbano, tanto en los ensanches (Finca Roja) como en la ciudad-jardín (Chalets de los Periodistas)”. 

No hace falta recorrer tantas décadas hacia el pasado para encontrarse, a finales de los noventa y principios de los dos mil, buenos ejemplos en concursos de viviendas sociales, como los “convocados por el Institut Valencià D'Habitatge IVVSA -sigue Lorente- y con los que realizaron proyectos muy interesantes donde se reflexionaba sobre los nuevos modos de habitar, los nuevos conceptos de familia, la flexibilidad de los espacios, sus usos…”. Algunos edificios, como los de Velluters, (de Sáez y Vigueras y de MDM) replantearon “la manera en la que la vivienda se relaciona con el exterior y con el entorno”.

Si el planteamiento arquitectónico era piedra angular de los desarrollos de viviendas sociales, el debate al respecto ha desaparecido. Es un símbolo de cómo la vivienda se ha convertido en un asunto tan perentorio, al tiempo que tan desligado de la esfera pública, que parece que con disponer de una vivienda se acaban todas las disquisiciones.

Las promociones públicas, introduce el arquitecto Javier Hidalgo, son fundamentales “para que los estudios de arquitectura desarrollemos proyectos más interesantes, más libres, en los que se dé prioridad a la calidad arquitectónica y no al rendimiento económico”. Los concursos del IVVSA -recupera Lorente- “permitían facilitar el acceso a arquitectos jóvenes, con mucho entusiasmo y buenas ideas, y también a arquitectos ya consolidados, que veían también esa oportunidad de proyectar sin la presión del promotor privado. Se valoraba sobre todo la calidad arquitectónica de las propuestas, por lo que los resultados fueron muy interesantes”.

Rebuscando entre los motivos por los que apenas existen discursos arquitectónicos entre las nuevas promociones, la divulgadora Merxe Navarro sitúa la cuestión en una fecha crítica: “Desde la crisis del 2008 estas licitaciones y las propias empresas públicas que las promovían quedaron sin fondos y así se paralizó este mecanismo. Se ha reiniciado de una forma mucho más pausada que en su época anterior y se prima la rehabilitación de edificios existentes para su reutilización como vivienda social, en línea con las corrientes arquitectónicas actuales. Se han reactivado proyectos como Sociópolis que se paralizaron en la anterior crisis, o se rehabilitan viviendas en el Cabanyal dentro de su reactivación como barrio para vivir. Los precios, en el contexto de la guerra, también ha hecho que las licitaciones de nueva planta no sean atractivas para constructoras, dado que puede darse el caso que no tengan capacidad de maniobra para absorber el aumento del coste de materiales”. 

Javier Hidalgo añade otro elemento que sobrepasa las especificaciones de la propia vivienda social: “falta debate en la arquitectura en general; estamos en la época de la arquitectura del like. Lo que destaca, lo que vende en las redes, son sobre todo espectaculares viviendas unifamiliares, locales de llamativo diseño, grandes edificios representantes de la arquitectura del espectáculo”. 

Redoblar la apuesta por la vivienda pública, considera Virginia Lorente, es una aplicación preventiva ante la gentrificación: “ayudaría a que en cada barrio exista diversidad social, un arraigo”. También son una oportunidad, en palabras de Merxe Navarro, para poder adaptarse a los distintos tipos de vida y sus necesidades: “Como en el caso de las viviendas de realojo de Eduardo de Miguel promovidas del plan RIVA en el Carmen, donde se diseña una vivienda de transición, capaz de dar respuesta a las necesidades de la vida o plantear soluciones adaptables a las realidades que se van transformando en el transcurso del tiempo. (…) Los arquitectos y la arquitectura tienen la capacidad de promover las relaciones humanas y, siendo como somos seres sociales, no debería desvincularse nunca de ningún proyecto arquitectónico”.

La política de viviendas, insiste Clara Sáez, impregna también “la forma de hacer arquitectura y, sobre todo, la construcción de vivienda social. Tanto si la hay como si no la hay, cómo es o cómo no es. Por ejemplo, la consideración sobre construcciones que compensen el cambio climático dependerá en gran medida de la propia consciencia que las políticas públicas tengan sobre ello, de lo en serio que se lo tomen. Proyectar viviendas públicas que den bienestar al ciudadano (hacer una arquitectura que lidie con el calor, por ejemplo), que sean saludables en el amplio sentido del término, debería estar en el punto de mira de cualquier promoción pública”.

Hablar de la calidad arquitectónica de las viviendas públicas será la prueba del algodón sobre la verdadera importancia de las políticas de vivienda. 

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