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'EL ANAQUEL DE LAS LECTURAS SUBVERSIVAS '

El delirante plan de William Burroughs para acabar con todo

La editorial La Felguera saca a la luz por primera vez el “Manual revisado del boy scout”

7/07/2016 - 

VALENCIA. “El lenguaje es un virus”, decía William Burroughs. Y en esa creencia, el escritor norteamericano consagró su vida a desmontar unidades semánticas y quebrar sintaxis. Mediante el método del “cut-up”, el escritor norteamericano rompió todo canon literario para demostrarnos que las palabras nunca son de fiar. Su método de escritura era críptico y fundamentalmente antisistema. Pero en algunas ocasiones le interesó comunicar sus ideas con claridad meridiana. 

A finales de los años sesenta, en pleno apogeo de las revueltas estudiantiles europeas y las manifestaciones antibelicistas en Estados Unidos, Burroughs urdió un plan para acabar con los mecanismos de control del mundo y la sociedad biempensante que la sostiene. Sus ideas se recogieron en el Manual revisado del boy scout, título irónico con el que se mofaba de este símbolo universal del puritanismo. Situado en algún lugar impreciso entre un manual terrorista y una comedia más oscura que la noche de los tiempos, este libro maldito ha llegado ahora a nuestras manos gracias a la editorial La Felguera, que ha trabajado en coordinación con James Grauerholz, secretario personal del autor de El almuerzo desnudo. Aquí no hay “cut-ups” ni experimentación; estamos ante un Burroughs que de la forma más natural (y divertida) nos explica mil maneras, a cual más original, de sembrar el caos y asesinar al azar (AAA).

Es bien conocida la querencia del escritor por las armas, como también lo es el accidental asesinato de su esposa que perpetró en 1951 (¿a quién se le ocurre jugar a Guillermo Tell con un yonqui?). Pero este manual –que se escribió prácticamente al mismo tiempo que “El libro de cocina del anarquista” de William Powell- trasciende con mucho la artillería tradicional. Durante sus años de residencia en Londres, nuestro gurú de la contracultura vaticinó una insurrección global, abanderada por jóvenes “bellos y agresivos” mediante el sistema de guerra de guerrillas. 

En esa guerra, la palabra sería una arma. Burroughs nos deleita con las recetas revolucionarias más sutiles e ingeniosas, como los fakes políticos (te montas un partido político intachable, y al mismo tiempo una red terrorista subterránea; ambos, trabajando de forma coordinada bajo la mesa, lograrán desestabilizar la monarquía). El delirante repertorio incluye tácticas de perturbación como aquella que sostiene que un solo hombre –pero muy rico- puede derrocar un gobierno a base de inventar una organización ficticia que se dedica a difundir adhesivos y panfletos para dar la impresión de que es una organización muy extendida y bien organizada. “Todos los trastornos, ataques y accidentes que ocurran deben ser reivindicados por esta organización ya legendaria”. 

Soltar tigres en Sudamérica y remesas de piojos con tifus en el Estado de Texas. Construir nuestra propia arma de infrasonidos (“parece un enorme silbato policial de cinco metros de largo”). Hasta nos habla con entusiasmo de las “bondades” de la radiación letal de orgones.

El escritor creía a pies juntillas en el potencial destructor de su obra, y no permitió que se publicase por miedo a perder su permiso de residencia en Inglaterra. Lo cuenta en el prólogo el insigne ocultista y pionero de la música industrial Genesis P-Orridge, a quien Burroughs confió en 1971 las cintas de casete donde él mismo leía con su dicción inconfundible el “Manual revisado del boy scout”, incluyendo signos de puntuación y saltos de párrafo. Sus palabras no tomaron la forma de libro hasta 1982, cuando Burroughs ya había vuelto a su casa de Kansas (la misma en la que le visitó Kurt Cobain tan solo un año antes de suicidarse). 

Servando Rocha, editor de La Felguera y profundo conocedor de la obra y la biografía de Burroughs, sostiene que el autor no bromeaba un ápice. “Creía en el poder mágico de las palabras; creía en su capacidad real para modificar el mundo”. Quizás con las suyas no consiguió exterminar la sociedad represiva que detestaba, pero sin duda inoculó su virus subversivo a varias generaciones de punks, disidentes y amantes del dadaísmo.

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