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Bitácora de un mundo reinventado / OPINIÓN

El lleno y el vacío: lectores y libros

21/05/2021 - 

Sueño que me alcanzan las mismas ansiedades que a la protagonista de mi novela y desayuno animada. En las madrugadas ya no me visitan enfermos, supervisoras, códigos ni discusiones de pasillo. Parece que cierro la escotilla pero aún se cuelan voces con sordina. Escribir trata de despedirse de un mundo que no entiendes para moverte en uno nuevo que tampoco entiendes, pero controlas. Es una forma estupenda de pensarte y pensar a los tuyos. Una fantasía omnipotente y liberadora. En mi borrador vislumbro lo que quiero que les pase a mis personajes pero aún no lo he bajado al papel. Cuánto cuesta. Lo he visto y sentido sin nitidez, como los hilos evanescentes del sueño cuando uno se despierta. Y he llenado cuatrocientas páginas de niebla, ¿escribimos nuestros sueños? 

Poco a poco mis mañanas adquieren otra velocidad, aspiro a controlarlas en vez de ser controlada por ellas. Tengo una novela que acabar, pero ante todo me tengo a mí misma. Detenida. Hay otra luz y otra constelación de sonidos (las sierras de los jardineros, la crepitación de las bocas de riego). Escucho hasta las campanadas del barrio y me digo que quizá no acabe mi libro, pero no se trataba de eso, ¿de qué trata el detenerse? 

El país ha iniciado su suelta, su acabose, pero activo el freno de mano. La perra y yo nos hacemos habituales en los corrillos de las nueve (conocemos el ataque de un perro epiléptico, los polluelos de mirlo que el dueño de un podenco arrebata con cuidado de su hocico…). El planeta gira distinto y mis historias mutan. Hay blandura. Ya no me empleo multicanal, con medio cerebro atado al reloj y el otro medio a los matices de un lamento enfermizo, un silencio elocuente o una súplica. En la revisión del dentista, disfruto en el sillón reclinable (me encanta el sonido del motorcito). Cierro los ojos, abro la boca y no atiendo a ninguna explicación de las que me dan los técnicos. Es delicioso ser sujeto pasivo. Creerse prescindible. Emplear el cuidado en uno mismo, en la parte más frágil de uno mismo. En el parque aún se pueden descubrir árboles que no tenía en mi catálogo: un rosal recio con flores minúsculas, una mata de moras que maduran y caen al césped manchando las suelas. 

Se abre paso un silencio nuevo en el que, afinando mucho el oído, empezaré a oír las voces de mis criaturas imaginarias. Pero aún hay mucho ruido, pequeñas burocracias que resuelvo, fuegos que apago, el noticiero aullando imágenes de inmigrantes que se apelotonan en la frontera. Quizá por eso me dejo asaltar por algún entuerto, algún paciente que brota, alguna batalla perdida. Aún no he bajado al punto cero. Por decirlo de otra manera: aún me resisto a la inutilidad de la escritura.

En el siglo XX los escritores se remordían, aullaban como perros, se alcoholizaban. Escribir te hace muy voluble, un día fallido en la escritura no te has ganado el sueldo. En este siglo, sin embargo, abunda el que escribe y no el que lee. En los talleres de escritura se oye al que confiesa “yo no tengo tiempo de leer, yo escribo”. Estamos en un bosque, se lamenta un amigo poeta que parece el último de la estirpe humana sin publicar, somos más nada que nunca. Lleva cinco décadas sudando tinta pero aún no se permite un libro. Asegura que el proceso se vuelve totalmente anónimo y, a la vez, todo el mundo alza la voz para que se le escuche. Se aspira a ser singular, pero de una forma tan masiva que ya se es masa queriendo ser único (sé auténtico. Bebe Coca-cola). Y en los foros, las editoriales y los encuentros culturales, los letraheridos resbalan finalmente en la autopromoción. En la mutua promoción. 

Pero se calcula que sólo han sobrevivido un 1% de los libros que hubo en la Antigüedad, aunque fueron suficientes para vertebrar lo que somos. Irene Vallejo, en su prodigiosa crónica de la escritura El infinito en un junco, nos lo recuerda. Eran los más valiosos, los que más esfuerzo convocaron para su conservación, ¿llamamos libro hoy a lo mismo que venía en un papiro? En su premiado ensayo (Premio Nacional 2020), apunta que el paso de la oralidad al texto facilitó la reflexión, la digestión lenta de las ideas. Y extendió los hilos de la memoria. Pero en una época que prescinde de la memoria y que pone bajo sospecha al que duda, ¿quién está interesado aún en pensar antes de opinar? Millones de páginas, analógicas y digitales, se ofertan cada día, ¿a quién van dirigidas? ¿Quién las usa para reflexionar y quién para exhibirse? 

En una época como la nuestra, en la que el libro ya no es un arcano precioso y el 86 % de la población mundial sabe leer, yo no puedo olvidarme de un extraño librero que conocí en Múnich cuando era adolescente. Bullíamos por su librería de viejo y nos entretuvimos a charlar. Cuando ganó confianza nos enseñó con orgullo su obra publicada y mis amigas hicieron una cortesía histérica antes de largarse. Yo salí la última, después de devolverle su volumen perpleja y enternecida: las páginas venían en blanco. Se titulaba Das Leerbuch, El libro vacío. 

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