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OBITUARIO DE LA OCIOSIDAD

El ocio o el cerebro

10/02/2021 - 

VALÈNCIA. En Yo soy la Juani, el fallido film de Bigas Luna, la protagonista, Juani, que aborrece su puesto de cajera en Media Markt, tiene el sonido del lector del código de barras clavado en el cerebro como si fuera un acúfeno. Cuando la película se estrenó en 2006 era insospechable que ese molesto sonido iba a guardar similitud con las notificaciones de WhatsApp, Slack o de otras tantas aplicaciones que se usan en el mundo de oficina dentro de la categoría de “productividad” de la tienda de apps. La Juani no se iba con trabajo a casa, solo se llevaba el pitido. En la sociedad pandémica del mundo desarrollado, el trabajo no es que se lleve a casa, es que vive en los domicilios particulares y en el móvil, junto a la vida personal. 

Ha quedado obsoleta la mirada panóptica del encargado y máquina de fichar. «Nos auto explotamos y creemos que estamos realizándonos» afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Continúa el pensador contemporáneo: «Es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado». El tiempo de negocio acorrala al ocio, lo contamina: un email de trabajo que entra un domingo por la tarde y es imposible no leer; la autocensura en redes sociales por el que dirán; jefas que cotillean en Instagram a parejas de sus trabajadores. En ese poco tiempo libre, se producen atracones de ocio fastfood. La mercantilización ataca la dimensión humanista del ocio. «Justo esto es lo que ya denunciaron tempranamente la primera generación de los filósofos de la Escuela de Frankfurt: una industria del entretenimiento que convierte al ocio en una nueva fuente de recursos del sistema capitalista. El desarrollo de una sociedad de consumo y del espectáculo, por utilizar la expresión de Guy Debord, convierte el "tiempo libre" y "vacacional" no en el periodo para ejercer el cuidado de sí o de los otros, que debiera ser la principal ocupación del tiempo, sino en el momento semanal o anual más propicio para ejercer la liturgia del shopping», indica Vicente Sanfélix, catedrático de Filosofía en la Universitat de València. 

Foto: KIKE TABERNER.

«El ocio es uno de los asuntos del mundo administrado, concepto que aparece en Dialéctica de la ilustración de Horkheimer y Adorno. Es la industria del ocio la que te organiza para que hagas equis cosas de entretenimiento en un momento equis. El ocio ya no sería un momento que uno busca para la creación, para la relajación. Se da en un horario troceado, se ha convertido en un escaparate del narcisismo en redes sociales, está relleno de vanidad», comenta Javier Llop, profesor de Filosofía. «El mundo del entretenimiento son los infiernos que se hacen pasar por el cielo», que diría Adorno. Una forma de alienación, en vez de un espacio de autorrealización. 

"El mundo del entretenimiento son los infiernos que se hacen pasar por el cielo"

La dimensión creativa del ocio descrita por Manuel Cuenca, catedrático y exdirector del Instituto de Estudios de Ocio de la Universidad de Deusto, va ligada al disfrute pausado, a los momentos de reflexión que ya apreciaban los filósofos clásicos. «En el libro primero de la Metafísica, Aristóteles habla de la filosofía primera como un saber liberal, es decir: como un saber propio de hombres libres, que no están acuciados por las necesidades y pueden dedicarse al conocimiento por el conocimiento. Dada esta relación entre ocio y conocimiento no es de extrañar que aquel goce de buena prensa entre los filósofos, no solo como una manera de librarse de la tortura del trabajo —no olvidemos que el tripalium, palabra latina de donde procede nuestro "trabajo", era un instrumento de tortura—, como libertad negativa, sino como el ámbito donde los seres humanos pueden ejercer la libertad positiva, por servirnos de la dicotomía de Isaiah Berlin, en la que un ser humano puede realizar su auténtica esencia», añade Sanfélix.

Álvaro Saval. Foto: KIKE TABERNER.

Estos días en Twitter circulaba este mensaje: «Lo peor de esta situación es que las opciones de ocio y disfrute son prácticamente nulas, pero sin embargo las obligaciones y el rendimiento tenemos que mantenerlo al mismo nivel que antes de la pandemia. Trabajar y estudiar pero sin despejarnos después. Normal tanta depresión». Como comenta el psicólogo Álvaro Saval «Con la pandemia y el estado de excepción sobre el tiempo libre, se dispara la depresión o la ansiedad, en parte porque ya no quedan vías de escape. Si nuestros recuerdos felices y el presente dependen del ocio, es lógico pensar que la construcción del futuro también necesita de esparcimiento. No sé si se puede hacer arte, filosofía o literatura sobre la rutina y la oficina. Sé que no me interesa, y a la mayoría de la gente tampoco. La productividad está bien para quienes se quedan los beneficios, el resto queremos vivir». La también psicóloga Paula Costa explica que «ante la falta de ocio encontramos, generalmente, dos tipos de personas, por una parte las que se ven apagadas o aplanadas emocionalmente y por otra parte las que sienten una emocionalidad polarizada, por ejemplo profunda tristeza, ira o nostalgia». 

 "Lo peor de esta situación es que las opciones de ocio y disfrute son prácticamente nulas, pero sin embargo las obligaciones y el rendimiento tenemos que mantenerlo al mismo nivel que antes de la pandemia"

Lucía Lijtmaer e Isabel Calderón en su podcast El espíritu de la escalera de Deforme Semanal Idealhacen un alegato a favor de la desconexión uniéndolo con el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell y también con una falacia de actualidad: «Es la trampa de que tenemos que sentirnos afortunadas por tener trabajo y que nos pidan más. Sí y no. Pero trabajamos en el mundo de las ideas, y no podemos tener putas ideas cada dos segundos si no descansamos». Paula Costa, por experiencia personal, lo reafirma: «En los tiempos que corren las psicólogas estamos escuchando eso varias veces al día. Me remueve por dentro y me suscita varias ideas: por una parte deja en muy mal lugar el bienestar socioeconómico de origen. Retratando una cultura en la que el valor personal te lo concede el trabajo. En segundo lugar, en una sociedad en la que la tasa de desempleo es del 16'2% no deberíamos consentir que nadie dijera eso, y mucho menos que la población menor de veinticinco años, cuya tasa de desempleo es del 40'7%, se lo creyera. Ya que, con esto, estamos cayendo en el error de culpar o responsabilizar al individuo en un problema colectivo. Por último, volviendo a la expresión, se está ejerciendo una dinámica de poder o subordinación, en la que el empleado tiene que estar agradecido por algo que ya es suyo, haciendo de éste algo más cerca a un vasallo que a un empleado». El Homo economicus es un cutre, en palabras del filósofo Javier Muguerza. 

Paula Costa. Foto: KIKE TABERNER.

La capacidad productiva del ser humano en la actualidad es desproporcionadamente superior a la que se daba en la Revolución Industrial cuando los movimientos obreros demandaron la jornada de ocho horas. Desde entonces, pocos han sido los progresos y mayor ha sido el beneficio económico para ciertas clases. Russell, en su ensayo de 1932, proponía una jornada laboral de cuatro horas que podría verse como utópica en su momento, pero que ahora cobra sentido con los nuevos medios productivos. El final de la utopía, en jerga de Herbert Marcuse. 

En los años noventa se dibujó la civilización del ocio, pero en el presente se ha convertido en una civilización del sobreesfuerzo con tintes calvinistas. Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, «Vivimos en una sociedad aparentemente libre marcada por el lema 'sí se puede'. Primero crea una sensación de libertad, pero después genera el 'tú deberías de'». El trabajo es lo primero. Una sentencia que aparta el antropocentrismo y sitúa en el medio el icono de la productividad. 

Theorein significa en griego “contemplación”. Es el espacio de relax en el que germina la creatividad, es la ociosa libertad. Si la marca distintiva de la Ilustración era el pensar por uno mismo gracias a ese derecho al asueto, con las dinámicas contemporáneas hemos vuelto a las tinieblas del medioevo. No hay tiempo para perder el tiempo. 

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