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crónicas por los otros / OPINIÓN

Entre dos tierras

Así es cómo me siento ahora que vuelvo y así es como nos sentimos quienes vivimos entre aquí y allí. Porque nuestra vida es así, nuestra vida es lo de aquí y lo de allí. Una vida llena de contrastes, una vida entre dos tierras, una vida aquí y allí.

5/08/2017 - 

VALÈNCIA. El “aquí” y “allí”, esas coordenadas geográficas que cambian según el lugar donde me encuentre. Pero al final de la película, la vida es esto y aquello independientemente si estoy “aquí” o “allí”. Es una vida en dos contextos alejados no sólo geográficamente sino alejados cultural, política y socialmente. Es una vida entre Valencia y Lamu, entre España y Kenia.

En estos años que llevo viviendo en dos entornos tan diferentes el aprendizaje y la reflexión es una constante en mi vida cada vez que tengo que cambiar. Porque no sólo cambio de destino y de contexto, cambio también de nivel de vida y ahí radica la dificultad máxima.

Cambiar de país con el mismo nivel de desarrollo o las mismas comodidades no cuesta tanto como cambiar de nivel, bajar un escalón en el mapa del desarrollo.

No me resulta complicado volver a lo que es mi entorno habitual, donde he crecido y donde mis referencias son las que me marcan allá donde voy. No me resulta complicado cambiar de ciudad o de país, lo que me resulta complicado es acostumbrarme a las “no comodidades” con las que he crecido y al choque cultural que suponen determinados destinos como pueda ser la isla de Lamu, con todo lo maravillosa que resulta al mismo tiempo.

Este ir y venir, esta vida entre dos tierras ha desarrollado aun más cierta habilidad camaleónica innata que he ido perfeccionando con los años junto a una capacidad de aceptación importante. Aceptar asuntos que ocurren en mi entorno que no comparto y que no entiendo, y convertirme en un camaleón que consigue adaptarse a cada entorno donde vivo son dos de los retos que me acompañan en los últimos años. Dos retos que van acompañados con grandes dosis de reflexión.

Vuelvo

El caso es que ahora vuelvo y vuelvo a entrar en ese proceso de reflexión, vuelvo triste por lo que dejo y feliz por lo que encuentro. Vuelvo a casa, vuelvo a mi gente y vuelvo a la comodidad y seguridad entendida desde el punto de vista occidental.

Vuelvo al orden, a la planificación, a los horarios , a las rutinas, a las estaciones del año, a las vacaciones reguladas, vuelvo a las casas recogidas y cuidadas, vuelvo a la limpieza, a la ausencia de montones de basura por doquier, vuelvo a las calles asfaltadas, vuelvo al consumo inconsciente, al gasto diario, al bombardeo televisivo y de medios, vuelvo a la comida rica y variada, vuelvo a las comidas familiares de los domingos, vuelvo a la paella de mi padre, vuelvo a los brazos de mi madre, vuelvo a la complicidad con mis hermanos, vuelvo a compartir tiempo con mis sobrinos, vuelvo a esas cenas con amigas y a esos amigos que siempre me esperan. Vuelvo un sistema donde parece que todo funcione, vuelvo a la calma…

Vuelvo a las ciudades limpias, las calles cuidadas, vuelvo a la tranquilidad de estar en casa. Y también vuelvo a la ausencia de vida en la calle, la ausencia de color, la ausencia de sonrisas como estilo de vida.

Pero también vuelvo a la ausencia de vida en la calle, a la ausencia de mujeres con rostros cubiertos, a la ausencia de rezos de las mezquitas, a la ausencia de niños correteando por cualquiera callejuela, a la ausencia de esa alegría (real o aparentada) que contagia cualquier rincón, vuelvo a la ausencia de burros por la calle.

Vuelvo a la ausencia de color, a la ausencia de esos rincones únicos en el mundo, a la ausencia de esa belleza insultante y que duele, a la ausencia de ese mar en calma constante, a la ausencia de salir a navegar en un dhow, , vuelvo a la ausencia de esos paseos donde todo es un espectáculo y donde nos sentimos estar en el teatro.

Vuelvo a la ausencia de esa barca que me lleva cada mañana a esa escuela construida con botellas que es mi vida, Twashukuru School. También vuelvo a la ausencia de dramas infantiles y a la ausencia de niños y niñas que sufren y sonríen al mismo tiempo, esos niños y niñas que me dan la vida

Vuelvo a la ausencia de estos niños y niñas que me abrazan y no me sueltan, vuelvo a la ausencia de estos niños y niñas que cuidan de mi hija y la sienten como una más, vuelvo a la ausencia de ritmo, bailes y música que envuelve mi día a día en Lamu, vuelvo a la ausencia de paseos por el seafront donde mi hija es la reina del mambo y donde no hacen más que llamar su atención al grito de “Didda” y “Mama Didda” nuestra identidad en Lamu.

Porque mi hija se llama Leo-Khadija. Leo en España y Didda en Kenia (diminutivo de Khadija, su segundo nombre). Así que volvemos a la ausencia de Didda y “Mama Didda” para volver a ser Leo y “Mamá Leo” .

Y vuelvo a la no incertidumbre y a la ausencia de estar en un estado de alerta constante por estar lejos de casa porque así es como vivo cuando estoy lejos. Vuelvo a esa paz y esa seguridad que sentimos y de la que no somos conscientes cuando estamos en casa y cuando sabemos defendernos a ojos cerrados o vencer cualquier adversidad.

Vuelvo a la sensación de vivir sin peligro, de que si algo pasa tiene solución, y que si no existe solución es porque es imposible y no por falta de medios, recursos o de servicios. Una sensación que sólo quienes viven o han vivido fuera de casa pueden entender

Así es como vivo desde que me marché. En una alerta constante de la que no soy consciente pero que me acompaña allá donde voy. Una alerta que me mantiene viva y me carga pilas pero que después de un tiempo, me agota.

Me siento una privilegiada por poder volver. Volver a casa, volver a mi vida, volver con mi gente, volver a una ciudad con otro color, más bonita y más social que la que dejé. Vuelvo con la decisión de querer volver. Y así la vuelta se hace más llevadera. Y siempre que vuelvo me acuerdo especialmente de la gente no puede volver.

Y hoy vuelvo convencida de querer volver, en un estado de paz y calma especial donde además ya no idealizo ni lo de aquí ni lo de allí y donde he aprendido que ningún entorno es perfecto, ambos tienen ventajas e inconvenientes. Ambos me enamoran y me desenamoran por igual. El asunto está en reconocer que entorno nos encaja más según la época de nuestra vida. Aquí y allí.

La semana que viene… ¡más!

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