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crítica de concierto

Entre un Arriaga luchando contra los elementos y un Schubert excelente

27 de marzo de 2021
Auditorio del Palau de les Arts
Obras de Arriaga y Schubert
Sabina Puértolas, soprano
Juanjo Mena, director musical
Orquesta de la Comunitat Valenciana 
29/03/2021 - 

VALÈNCIA. La acústica del auditorio superior es inmisericorde con las obras de pequeño formato en que predomina la cuerda y más si esta está plagada de pequeñas figuras e inflexiones que llegan al patio de butacas desleídas por muchas excelencias en el empaste que desplieguen los fenomenales primeros y segundos violines de la orquesta de la Comunitat Valenciana. Tampoco es aliada esta sala con las voces no demasiado grandes a las que les cuesta proyectar en este gran espacio y su sonido se queda en buena parte en el escenario. Una pena, por lo que esta magnífica música – la preciosa Obertura de los esclavos felices, la Cantata para soprano y orquesta Herminie, y el aria de Médée- de una escritura autógrafa más que prometedora, obra de un joven de enorme talento llamado Juan Crisóstomo Arriaga, cuya vida se truncó muy pronto al fallecer de tuberculosis a los 19 años, no sonó como merece. Y eso mismo sucedió con la soprano aragonesa, Sabina Puértolas, que, a pesar de una técnica irreprochable, una buena línea de canto, excelente colocación de la voz, se apreció que, pese a sus esfuerzos, en diversas ocasiones no pudo superar las dificultades impuestas por el espacio escénico con lo que nos quedamos con una lectura que no cumplió las expectativas. 

Lo mejor de la velada estaba por llegar con una excelente interpretación de esa gran obra maestra que es la sinfonía número 9 de Franz Schubert, llamada popularmente “La grande”. Una gran sinfonía que merece estar junto a la Heroica beethoveniana y a la sinfonía Fantástica de Berlioz, como una de las obras más influyentes en los grandes sinfonistas que estarían por llegar en la segunda mitad del siglo XIX. Schumann afirmó de ella, respecto de su carácter novedoso, que “nos transporta a un mundo que no recuerdo haber estado nunca antes” y respecto a su escritura “aquí se revela la más bella capacidad técnica, la vida en cada fibra de la música, la mas bella gradación del colorido y el cuidado hasta el más mínimo detalle”. Y en este último aspecto, la de Mena fue una modélica lectura, con gran cuidado en las dinámicas la progresión del sonido a través de los crescendos y de los infinitos detalles escondidos en esta extensa partitura permitiendo que estos se escucharan en todo momento, sobre todo aquellos que provenían de los vientos sin que la interpretación dejara por un instante de ser intensa. 

Foto: MIKEL PONCE

Existen en la discografía numerosas grabaciones de esta obra que se mueven entre dos polos aunque ambos perfectamente compatibles con el contexto germánico: uno que optaría entre la visión más profunda, reflexiva y grandiosa empleando  tempos dilatados, como la reciente de Christian Thielemann con la Filarmónica de Munich, o aquellos directores que se deciden por el sentido más popular, vienés, fresco y chispeante como la célebre de Karajan con la Filarmónica de Berlín o la de Szell con la Orquesta de Cleveland. Optó Mena por un camino equidistante, con un primer movimiento más ligero que majestuoso. Así lo avanzaron con cierta intranscendencia las dos trompas que anuncian al unísono y con gran nobleza, como un pórtico al resto de la sinfonía. Eso sí, pudimos comprobar la maestría de Mena en la planificación del primer crescendo lo que nos dio un “spoiler” de por donde iba a transcurrir el resto de la interpretación. Transcurrió la lectura también en un crescendo en cuanto al interés de lo que allí estábamos escuchando, cerrando con un Allegro Vivace realmente colosal de una enorme intensidad, y que nos arrastró a ese torbellino de inspiración y frenesí que cierra esta obra magistral.

En cuando a la orquesta, los profesores desplegaron toda la paleta de excelencias, pero por encima de todos en esta ocasión un especial reconocimiento para toda la familia de las maderas que supieron aprovechar la ocasión para reivindicarse como los grandes músicos que son. Schubert en sus sinfonías constituye una fiesta para el viento al que le otorga muchas de sus mejores frases. Destacar por encima de todos, en el Andante con Moto,  Christopher Bouwmann al oboe siempre acompañado por los no menos fabulosos Magdalena Martínez, Joan Enric Lluna y los segundos atriles de las maderas. También magníficas estuvieron las dos trompas y los trombones. El resto de la formación no le fueron a la zaga y completaron una lectura con un elevado grado de virtuosismo cosechando los comparecientes un indiscutible éxito.

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