Hablamos de Arrea, restorán del que ya somos fans. De esos con una filosofía sin tontería. Situado en la vitoriana Santa Cruz de Campezo y de los que que te ponen de punta los pelillos hasta del pescuezo. Con su producto de proximidad que es purita realidad. En precioso enclave que, tras la barra de picoteo, te recibe en un salón que llena de emoción con vistas a una chimenea que caldea un ambiente imponente. Llevándote mucho más allá, a través de un menú basado en tradiciones de almuerzos que son sublimes comienzos. Para seguir con el cuchareo, los guisos y la caza que no sólo no amenaza, sino que es todo ventajas. Las de unos jóvenes que lo hacen todo perfecto. Desde un servicio de diez hasta lo que en estas páginas se maneja, una bodega que se sale de cualquier pereza. Como todo lo demás, muy centrada en lo local y donde cada trago resulta especial. Empezando con el Jugo de té de roca, maguilla y hierbaluisa. Bebida fermentada que alegra el buche con ciertos aires de kombucha. Hierbas divertidas que son inicio de desenfado. Con los hojillos puestos en ese patio que es magia. La misma que se hace cuando aparece el primer bocado, la gilda de paloma. Locura que impresiona.
La mesa se llena de montones de platitos y como corresponde a un buen amaiketako nos proponen sidra a saco. La tolosana Basurde Txuria (RBLD). Manzanotas que han pasado por fudre y barrica. La naturaleza más pura que es fruta no muy madura. Porque se muestra con frescor, sin dulzor y a penas color y es que no le hace falta nada más que el pastrami de jabalí.
Pasamos a lo del vino con el Conde de Valdemar Finca Alto Cantabria 2021 (Bodegas Valdemar). Viura con su aquel de roble del noble. Lo justito para darle seriedad sin perder su esencia. La de lo realizado a conciencia y sabiendo lo que quiere ser. Delicada vibración entre lo melosón y un melocotón que, con suavidad, te da la felicidad con los palikos de cordero.
Viene bonita sorpresa con el Viñas Silenciosas 2018 (Viñas Silenciosas), porque es de los que tocan la nota precisa sin necesidad de hacer mucho ruido. De nuevo viura, pero tras diez meses en botas jerezanas despojadas de velos. Porque es de los de dar la cara. Complejidad de clara mirada y notas de grandeza gaditana que se viste de gitana con fuá de sesos.
Nos pintamos de carmín suavito con el Umea Rosado 2024 (Bodegas Caudalía). Juventud que no puede dar más que envidia, porque ya la quisiéramos en nuestras carnes. Como nos gustaría alcanzar esa sencillez que da toda la paz. La de pensar en el día a día, con cero complicaciones y creyendo tan solo en lo que sabemos, que lo demás no existe cuando probamos el lomo de trucha.

Entre regias sorpresas
Traen ahora chaladurita por la que seguro que más de uno mata, porque es sacrilegio, pero regio. Que a un Castillo Laserna 2024 trufado (Bodegas y Viñedos Hermanos Fernández) le ponen trufa para aburrir y hace de todo menos eso. Porque es recreo recreativo. Entretenimiento que sigo con juramento de que queda de muerte con los garbanzos negros con trufa.
Nos sorprenden una vez más con un Amontillado (Taberna la Manzanilla). Venido de nuestra queridísima taberna de esa tacita que siempre nos roba el corazón. Y chimpón, porque es austeridad majestuosa. Una nebulosa que nos nubla la mente. Como una tarde en la caleta en calma y con el zorzal.
Vamos de sano intercambio con el Vino del Trueke 2023 (Roberto Olivan). Homenaje a los mayores que entendían el valor del combustible que ofrece vida. Cosecheros a pie de montaña con reflejos del paisaje. Novedades que te devuelven a un pasado que fue una pasada y que ahora se pasa de bonito con la chuleta de corzo.
Terminamos con la penilla que se quita rápidamente con el Cosmonauta en el Paraje 601 2020 (El Mozo Wines). Malvasía, viura y tempranillo que regala frutilla roja y algunos ramilletes tan florales como ideales. Con su poco de vainillicas que son geniales, porque le dan carácter personal que nos convence tal cual junto al pastel de manzana. Y así nos despedimos hasta dentro de dos semanas.