Me gusta la hora del aperitivo: concederse un rato de eternidad y flotar durante ese instante fuera del tiempo.
Busco el lugar perfecto para dedicarme al noble arte de la observación. Un lugar expuesto pero no demasiado visible, bullicioso pero con buena acústica.
Una atalaya desde donde divisarlo todo y estudiar, como una Jane Goodall urbanita, el comportamiento de los primates -sin acritud-.
El móvil en silencio, soy toda oídos. Mis ojos dos anzuelos tras las gafas de sol. La pesca está a punto de comenzar.
Doy un vistazo a la carta. Afortunadamente todavía quedan sitios que se resisten al QR. ¿Cuántas conversaciones habrá escuchado este menú?
Podría sacar mi Smythson para tomar notas pero prefiero no levantar sospechas. Ni destaparme como una auténtica snob. Así que cambio el cuaderno por el bloc de notas del móvil. Ahora sí, para mis compañeros de terraza solo seré una rubia inofensiva escribiendo compulsivamente mensajes.
Las vacaciones solamente se cuentan cuando ya han pasado.
Un viaje “todo incluido” se convierte en la mayor de las aventuras, un tonteo de verano en un romance inolvidable, unos días sin mirar -tanto- el móvil en un cambio vital.
Es al volver de las vacaciones cuando empieza el relato.
No llevo ni 5 minutos sentada y ya he escuchado a alguien afirmar con solemnidad que para ellos el año no empieza en enero, sino en septiembre. A esas personas les deseo que el próximo 31 de diciembre no les dé tiempo a comerse las uvas. Lo del atragantamiento, no. Va contra el juramento hipocrático y tampoco es plan.
Estoy cansada de que romanticen septiembre. El 1 de septiembre nunca será Año Nuevo. El año empieza pasada la medianoche del 31 de diciembre, justo después de brindar con champagne por haber sobrevivido al otoño, resistido el invierno y vivido otro verano.
Y por estrenar agenda. Ese es el verdadero comienzo.
No le demos a septiembre un heroísmo que no le corresponde.
Desde la mesa que tengo justo detrás de mí me llega una ráfaga de preguntas. Una pareja ha abierto fuego a discreción contra otra: ¿Cuántos días habéis estado? ¿Y cuántas noches? ¿A cuántos sitios os ha dado tiempo a ir?¿Cuántas horas duró el vuelo? ¿Cuánto te ha costado? ¿Fuisteis solos o con amigos? ¿Hotel o piso turístico?
Hay quienes preguntan por el verano como si tuvieran que presentar un inventario. Más que una conversación parece un sondeo de la asociación de consumidores.
De pronto noto algo en el pie. Una pelota. Después aparece un niño pequeño, sonriente. Su padre llega detrás con cara de hartazgo. Debe de ser la quinta vez que lo veo levantarse de la silla y salir corriendo detrás de su hijo.
Le escucho resoplar.
– Su vuelta al cole es mi volver a respirar. Eso y que vuelvan los abuelos de Benidorm.
Los de la mesa de al lado empiezan a levantarse. Hay un pequeño revuelo de niños, carritos y adultos que se saludan como si llevaran años sin verse.
– ¿También de vuelta? Nos vemos más en Jávea -alarga exageradamente las as- que aquí.
– Nosotros no nos hemos movido de Moraira en todo el verano. Como en casa con la familia, en ningún lado.
Mismas personas. Distinto escenario. La endogamia no entiende de fronteras. Unas risas femeninas se escapan de la mesa de al lado, donde hay un grupo de chicas.
– ¡Venga, cuenta!
Están hablando de hombres. No hay duda. Les dedico toda mi atención.
–¿Y entonces qué pasó con el italiano?
– Que me dijo que no quería nada serio.
–¿Y tú?
– Tampoco! Lo que pasa en Formentera, se queda en Formentera.
Escucho las risas y las copas chocando entre sí.
El verano tiene estas cosas. Unos vuelven con una pulsera del hotel; otros, con un número de teléfono. Algunos dejan la maleta y, nada más llegar a casa, llaman a su abogado.
Me cuesta escuchar a dos hombres que tengo sentados detrás, afino el oído al máximo.
– Este verano me ha cambiado –lo dice casi en un susurro–.
He aprendido a relativizar. A vivir más en el presente que en el futuro, a valorar las pequeñas cosas. Necesitaba desconectar del móvil y las redes sociales.
Reconozco el perfil.
Da igual que haya ido de cooperante a un país en vías de desarrollo, hecho el Camino de Santiago o pasado una semana en un retiro de yoga con su prima.
Su amigo asiente y justo cuando va a decirle algo, el otro mira el teléfono.
– Perdona, tengo que contestar este WhatsApp. ¿Has visto la última foto que ha subido P.? Menudo cochazo.
Delante, una pareja se levanta.
– Nosotros nos vamos, estamos agotados. Es que no hemos parado.
– Normal, es que lo que habéis hecho es un viajazo.
– Singapur, Bali, Kuala Lumpur y Dubái. En siete días. Es que o se viaja así o para qué salir de casa.
Tienen jet lag, agotamiento, una digestión pendiente y probablemente una opinión sobre la geopolítica del sudeste asiático. Eso lo pienso yo.
– Eso le digo yo a él. Pero no hay manera. Este año no hemos hecho nada especial, estar en el pueblo de mis padres. Eso sí, descansar hemos descansado.
Ella no parece saberlo, pero quizás es la que mejor ha entendido el verano. Lanzo un arabesco al aire para pedirle la cuenta al camarero. Mientras veo cómo un grupo de “señoras del EnsancheⓇ” se acerca. Ellas también están de vuelta.
Bronceadísimas y todas más rubias -si eso es posible-, regresan a su rutina de ciudad, una ociosa y lenta de la que me gusta ser espectadora. Cuando mi horario coincide con el suyo, pienso que algo debo estar haciendo bien.
Apuro el último sorbo y sonrío mientras me levanto.
Todos vuelven de sus vacaciones. Yo me voy ahora. Los dejo aquí, en la ciudad, pisando asfalto.
He decidido jugar a engañar al calendario. Y septiembre parece dispuesto a seguirme la corriente. ¿Y si aún no se hubiera dado cuenta? ¿Y si el verano volviera a empezar ahora, justo cuando en realidad todo comienza a terminar? Pensándolo bien, septiembre no es tan terrible. Quizás es la caricia más dulce, todavía cálida, de un verano que se despide y parece decirnos que todo irá bien, aunque no tengamos ni idea de lo que está por llegar.
“Todavía no he empezado y todo termina ya”