Hay objetos pequeños y aparentemente insignificantes que custodian grandes relatos. Las servilletas de bar, esas tan finitas que asoman en los dispensadores metálicos de sobremesa, son un claro ejemplo de ello. Este elemento meramente funcional, concebido para usar y tirar, encapsula en la variedad de sus diseños -a veces elegantes, otras de trazo grosero- el legado de un tipo de bares que rezuman autenticidad sin necesidad de buscarla desesperadamente.
El fotógrafo Felipe Hernández empezó a coleccionar servilletas de bar hace once años. Esta afición se convirtió en una especie de obsesión, alimentada por la cantidad de locales de hostelería que visitaba en sus frecuentes viajes por España. No fue hasta dos años después cuando su colección personal se convirtió en un proyecto artístico que ha visto la luz recientemente de la mano de Ojos de Buey, editorial especializada en fotografía documental. Las 600 piezas recopiladas en el libro Servilletas pueden entenderse como un registro de la identidad visual de la cultura de bar española.
“Desde pequeño me ha llamado la atención la gráfica de objetos de papel como azucarillos, posavasos, servilletas, flyers, carteles o pósters -explica el fotógrafo-. Pero fue en 2014, volviendo de Bilbao hacia Madrid, cuando se me encendió la bombilla y decidí que iba a empezar a coleccionar las servilletas. Dos años después abrí una cuenta de Instagram donde empecé a subir fotografías de algunas de ellas. Ahí es cuando me di cuenta de que el proyecto iba más allá de la estética de los colores, los diseños, los dibujos y las tipografías. Hablaba de nuestra hostelería y de la cultura del bar en España. Hablaba de nosotros”.
“Las servilletas de bar son mucho más que pañuelos de papel incapaces de cumplir una función tan sencilla como la de limpiar bocas y manos aceitosas. Son un invento imperfecto, un referente de la cultura tabernera de este país. Un icono identitario de aquellas décadas de excesos, de consumismo insaciable sin remordimientos, de usar y tirar sin mirar al suelo, de la España del pelotazo, que cuanto más, mejor. Son un recuerdo de lo que fuimos”, reflexiona por su parte el escritor y camarero Carles Armengol, autor de libros -super recomendables, por cierto- como Collado, la maldición de una casa de comidas y Matar un bar. Una elegía tabernera sobre la defunción de nuestras barras.
“No soy nada nostálgico”
Un buen número de bares representados en el libro ya no existen. Sin embargo, el motor de este proyecto no es la nostalgia. “No me considero nada nostálgico -responde Felipe-. Tengo 40 años y he vivido el cierre de muchos bares, pubs, salas de conciertos y discotecas que me gustaban. Cuando ocurre me da pena, pero pienso que de alguna manera es inevitable. Muchas veces los propietarios de estos sitios se quieren jubilar o quieren cambiar de trabajo. Otras veces cierran porque no son rentables económicamente. Y lo que pienso es que muchas veces nos quejamos de que ha desaparecido una tienda de un barrio o un bar de toda la vida, pero ¿realmente ibas muy a menudo? Creo que directa o indirectamente estamos colaborando a que desaparezcan muchos de estos sitios. Es cierto que hay casos en los que no puedes hacer nada, pero lo que sí que puedes hacer a día de hoy es ir a ese bar que te gusta, a esa discoteca, a ese restaurante o a esa sala de conciertos”.
Entre las servilletas recopiladas en el libro, Felipe destaca dos grandes clásicos valencianos: el Kiosko La Pérgola y Aquarium. “Este último tiene una historia curiosa. Cuando fui la primera vez tenían el logo original, que era muy bonito. Hace como dos o tres años volví y me di cuenta de que las habían cambiado. Pregunté a uno de los camareros y me dijo que sí, que un cliente se ofreció a diseñar un nuevo logo y así lo hicieron. Pues bueno, en mi opinión fue un gran error porque el primero molaba mucho más”.

Es cierto que en un mundo con superávit de diseñadores profesionales que se esfuerzan por desarrollar su marca personal, el anonimato de los autores de los logos y los diseños de estas servilletas resulta curioso. “El libro tiene bastante variedad estilística, tanto en los dibujos como en las tipografías y las maquetaciones, y creo que se debe a la libertad que tenían las personas a las que se les encargaban los diseños, que seguramente en su mayoría no eran profesionales. Esa libertad de acción explica, en mi opinión, que algunos diseños sean tan potentes”, opina Hernández.
“Lo auténtico no se puede copiar”
¿Es posible que cuanto más importante es el papel de los diseñadores, interioristas y expertos en marketing en la hostelería, más homogéneo es el panorama que encontramos en las calles? “Tendemos a una homogeneización de todo. Bares, tiendas, comercios… todo es prácticamente igual ya estés en España o en cualquier ciudad europea. Ahora siempre hay una agencia de comunicación, un estudio de interiorismo, otra agencia que te lleva el branding... Muchos sitios nuevos pretenden alcanzar un tipo de autenticidad que a otros bares les ha llevado décadas conseguir. Antes lo que pasaba es que la gente no pensaba tanto en esas cosas. No había estrategia, sino que la singularidad, la solera, venía sola con los años, a través de pequeños detalles que no respondían a un plan preestablecido. Hace poco leí un reportaje muy interesante en una revista que venía a decir que lo auténtico no se puede copiar. Y yo lo suscribo. En Madrid hay sitios que van de “bar de toda la vida”, con la barra de zinc, los servilleteros, etcétera, pero en cuanto entras te das cuenta de que el sitio es de cartón piedra. Igualmente, hay hosteleros que han abierto bares en los últimos años y no han pretendido emular nada”.
Volvemos de nuevo a Carles Armengol, que coincide con Felipe: “Yo creo que ahora vivimos en una época que cultiva la nostalgia del siglo XX, pero con la dictadura del preciosismo y el algoritmo. Todo se reduce a replicar códigos estéticos del pasado: mármol, acero inoxidable, maderas, pero buscando una belleza y un perfeccionismo un poco artificioso. Los bares de toda la vida hacían justo lo contrario: cultivaban, inconscientemente, la belleza de lo imperfecto”.