Los locales que hicieron historia y dejaron su huella en València

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El Café El Siglo, el Café España, el Bar Torino, Casa Barrachina o el Ideal Room fueron algunos de los grandes locales que marcaron la historia de València y cuya huella todavía se advierte en antiguos rótulos, placas y nuevos negocios. Y alguno incluso ha vuelto a brillar, como Casa Baldo, que ha recuperado parte de aquella memoria.

  • Barrachina Años 50. Blog Valencia en Blanco y Negro
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València tiene tantas capas de historia que es imposible descubrirlas todas. Sin embargo, la ciudad sigue dejando pistas de aquellos lugares que han cambiado de aspecto, pero aún conservan su esencia. Basta con mirar con atención para encontrar una placa conmemorativa que ha sobrevivido al paso del tiempo, un rótulo que anuncia productos que dejaron de venderse o negocios que ya no existen. Pero hay otros lugares que nacieron cuando València fue un puerto de la seda o cuando los aires de la República atrajeron a intelectuales y políticos. Los nuevos tiempos hicieron desaparecer aquellos lugares, pero su memoria permanece en las calles, escrita en placas, en rótulos y en la esencia de locales que ahora venden el producto de moda.

 

En los primeros números de la calle de la Paz se encuentra una de esas pistas. Un letrero con reminiscencias de otro tiempo reza «Café El Siglo». El café primigenio desapareció hace décadas, pero su nombre permanece allí, recordando su historia para quien la quiera conocer. El Siglo fue uno de esos cafés que acompañaron la transformación de la València de finales del XIX. Abrió sus puertas en 1885, en la esquina de la calle de la Paz con la plaza de la Reina, y fue el primer café de la ciudad en contar con instalación eléctrica. En aquellos tiempos todo un hito. Tenía piano, mesas de billar y una clientela vinculada a la vida cultural valenciana. También fue un café literario, frecuentado por escritores valencianos y de izquierdas. Hoy en sus mesas se sientan viajeros y locales, quizá ajenos a que, bajo ese mismo nombre, hace más de un siglo se hablaba de política, literatura y de una ciudad que empezaba a cambiar. La horchata y unos fartons ha sustituido al café de aquellas tertulias, pero el rótulo sigue contando que aquí hubo uno de los grandes cafés de aquella València.

 

El café donde Blasco Ibáñez escribió sus cartas

 

A pocos metros se sitúa la plaza del Ayuntamiento, cuyo aspecto era muy diferente antes de que Goerlich la transformara. En los alrededores se encontraba la Bajada de San Francisco (Devallada de Sant Francesc), llamada así por el pequeño desnivel de la vía y repleta de cafés, hoteles y comercios. En el número 7 estaba el Café España, que hoy correspondería aproximadamente al número 9 de la plaza del Ayuntamiento, en la esquina con la calle de las Barcas. Su interior era muy espectacular, con un salón de estilo neoárabe y otro llamado «salón de la fama». Además, estaba decorado con mosaicos y pinturas de artistas valencianos como Pinazo, Sala, Cortina y Agrassot, entre otros. En aquel café, con sillas con aire victoriano, se sentaban ilustres de aquella época que, entre conversación y conversación, escuchaban a algún virtuoso del piano. También acogía conciertos y partidas de billar.

 

Entre los clientes más habituales figuraba Blasco Ibáñez, que escribía allí cartas a su novia María y trabajaba en sus publicaciones de El Correo de Valencia y La Bandera Federal. Una carta conservada de 1889 lleva precisamente el membrete del Café de España, una pequeña prueba de que aquellas mesas también podían convertirse en una especia de coworking. Azorín también lo convirtió en su lugar de referencia en su etapa valenciana (entre 1888 y 1896) y lo describió en sus memorias. Poco después, el café desapareció con la transformación de este espacio de la ciudad.

 

  • - Café España. Blog Valencia en Blanco y Negro

 

El origen del Valencia CF

No muy lejos de allí, en el número 8 de la desaparecida Bajada de San Francisco, se ubicaba el Bar Torino. Una placa conmemorativa recuerda que en ese lugar comenzó a escribirse la historia del Valencia Fútbol Club. El 1 de marzo de 1919, un grupo de jóvenes aficionados al fútbol se reunió en el bar para redactar el acta de constitución del nuevo club —el 18 de marzo se presentaban los estatutos y quedaba formalizada su fundación—. Nada hacía pensar que aquella reunión entre aficionados acabaría convirtiendo un pequeño bar en el punto de partida de una historia centenaria. El establecimiento se convirtió en la primera sede del Valencia CF y una moneda lanzada al decidió quién sería el primer presidente: Octavio Augusto Milego. Hoy, aquel lugar está considerado el «kilómetro cero del valencianismo».

 

  • - Bar Torino. Blog Valencia en Blanco y Negro

En este mismo epicentro, en 1926, abrió sus puertas Casa Barrachina en la entonces plaza de Emilio Castelar —hoy plaza del Ayuntamiento—. El café, que acabaría ocupando toda la planta baja del edificio que lleva su nombre, se convirtió en uno de los lugares de encuentro más conocidos de la ciudad, especialmente al finalizar las obras de teatro. De hecho, introdujo una costumbre que hoy nos resulta de lo más habitual: las cenas a la salida del teatro. Las noches podían alargarse alrededor de una mesa y, entre quienes buscaban algo para comer después de la función, se hicieron célebres sus bocadillos de blanc i negre. El establecimiento desapareció y hoy el local está ocupado por Pans & Company, pero el nombre de Barrachina todavía permanece en la fachada del edificio, como el último rastro de aquellas noches de teatro, café y bocadillo.

 

  • - Barrachina. Blog Valencia en Blanco y Negro

El café de la República

Caminando por el actual carrer de Trench se vuelve a la calle de la Paz, hoy repleto de franquicias y tiendas de souvenirs que atrapan la atención de los turistas. En el local que hoy ocupa chök —y antes otros tantos negocios— antaño estuvo el Café Ideal Room, que abrió sus puertas en 1908. Lo hizo en un momento en el que la expansión urbana, el crecimiento económico y las nuevas infraestructuras estaban cambiando la fisonomía de la ciudad, mientras el modernismo llenaba de nuevos lenguajes arquitectónicos edificios y espacios públicos.

 

Con amplios ventanales, espejos y una decoración modernista, el Café Ideal Room se convirtió en uno de los grandes cafés de la València burguesa de principios del siglo XX. Fue un punto de encuentro de la vida cultural valenciana, pero también acogía comidas, celebraciones y banquetes. En 1928, por ejemplo, fue el responsable del banquete de una boda celebrada en el Palacio de Ripalda, con un menú que incluía consomé, langostinos, pavo, biscuit glacé, tartas valencianas, fresas, vinos y licores.

 

Tres décadas después, todo había cambiado. València había dejado atrás la prosperidad de comienzos de siglo y se había convertido en capital de la República. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, las mesas del Ideal Room fueron ocupadas por corresponsales extranjeros, escritores, artistas, brigadistas internacionales, diplomáticos y miembros del Gobierno republicano. Entre sus clientes más afamados estuvo Ernest Hemingway —¿dónde no ha estado?—, que llegó a València como corresponsal de guerra. También pasaron por allí Miguel Hernández, Rafael Alberti, W. H. Auden, Octavio Paz, Josep Renau y Max Aub. Este último dejó una imagen del café: habló de los veladores de mármol lechoso, los baldosines blancos y negros, los espejos que cubrían las paredes y los ventiladores colgados del techo que trataban de aliviar el calor. En las mesas se servían horchata, leche merengada, mantecados y café. Era un espacio sofisticado, pero también cotidiano, donde las tertulias se mezclaban con las conversaciones de quienes acudían simplemente a tomar algo.

 

El café tampoco escapó a la guerra. Un bombardeo causó graves daños en el establecimiento y las fotografías de la época muestran los trabajos de desescombro en la calle. Fue el paso del tiempo, sin embargo, el que terminó por desdibujar su historia. Hoy resulta difícil imaginar que, tras el escaparate repleto de productos sin gluten de chök, hubo un café en cuyas mesas periodistas y escritores contaban al mundo una guerra de la que todavía quedan grietas.

 

  • - Café Ideal Room. Valencia en Blanco y Negro / Archivo Rafael Solaz

Unos pasos más allá, en el carrer de l'Ambaixador Vich, otra antigua fachada comercial guarda una historia distinta. Ese edificio que hace chaflán albergó la Papelería Vila, fundada en 1891 por José Vila Serra y convertida después en una de las imprentas valencianas más representativas. Tras la muerte de Vicente Climent Vila, en 1938, el negocio pasó sucesivamente a manos de su viuda, Carmen Crespo Bañón, su hija Josefina Climent-Vila Crespo y su nieta Ana María Cort Climent-Vila, tres mujeres que estuvieron al frente de la empresa durante ochenta años. El rótulo desapareció y hoy su interior alberga el Federal Café, pero algunas de las antiguas columnas de fundición permanecen todavía allí, entre mesas donde hoy se sirven huevos Benedict —espectaculares—, ensaladas y tostadas.

 

Baldo, el nombre que vuelve

Otros espacios también han sido rescatados de la memoria. Es el caso de Casa Baldomero, que abrió sus puertas en 1915 como una tienda de ultramarinos con tostadero propio de café. Con la construcción del nuevo edificio Balanzá, el establecimiento se vio obligado a trasladarse a la calle Ribera, donde continuó su historia hasta convertirse en Casa Baldo y, posteriormente, en Cervecería Baldo, que cerró en 2021. En diciembre de 2022, Grupo Gastro Trinquet recuperó el nombre con Casa Baldo 1915, conservando referencias a la estética de los antiguos cafés-terraza valencianos y devolviendo a la ciudad un establecimiento ligado durante más de un siglo a la hostelería valenciana.

 

 

 

 

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