Un fantasma que se ocupa de extender los mismos platos por las cartas de los restaurantes de este viejo continente. Un fantasma que se viste de ceviche, tiradito, de gazpacho o sopa fría, de tartar o de tartare (lo de la e no es baladí), de crujientes y de pulpo, de chorizo con la z o c cedilla, de bikinis, sándwiches mixtos, chimichurris, bullabesas, panipuris con rellenos muy bizarros, variedades de encurtidos y de ahumados, mucho pichón, mucha ostra, muchos gnocchi y las croquetas de una abuela que no sabe que la nombran más en vano que a los propios Marx y Engels.
Hasta el s. XX el ciudadano asumía los dictámenes del grupo como base de su conducta individual. A mayor actividad mimética del individuo, mayor sentido de pertenencia a su conjunto. El nuevo antropocentrismo resultante de la Guerra fría en Occidente no sólo empujaba al individuo hacia una pertenencia obligatoria al grupo sino que impelía a cada uno de sus miembros a reafirmar su identidad propia, única, alejada de otros miembros de ese grupo al que pertenecía. Ambos rasgos fueron posteriormente asumidos por el propio ser humano de manera volitiva. Es la teoría de la distintividad óptima (1991) de Marilynn Brewer, y aplicaba igual a cuestiones de vivienda, hábito, vestimenta o a los asuntos del comer, y al igual que en moda se buscaba ser distinto, los restaurantes dejaron de optar únicamente por cocinas locales o de corte franco burgués para entender que el rasgo único diferenciador debía encontrarse en la originalidad de la propuesta.
Los postulados de Brewer siguieron vigentes de manera inmutable hasta poco antes de la pandemia. La mayoría de aperturas hosteleras surgían con vocación de distinguirse unas de otras. No era un requisito imprescindible para el éxito pero el empresario no dudaba acerca de la necesidad de ser original respecto a otros restaurantes ya existentes. Renovarse o morir. La pandemia, el boom de las redes sociales y la adecuación de las tendencias de consumo a los criterios de la recién estrenada Generación Z provocaron la aparición de lo que es ampliamente conocido como FOMO y que determina (sí o sí, y en cualquier caso) la actitud del individuo en la sociedad moderna. Los dos elementos de la teoría de la psicóloga estadounidense dejaron de tener el mismo peso en la conducta del consumidor en detrimento de la pertenencia al grupo y por lo tanto a la actitud mimética del individuo.
La búsqueda de un hecho distintivo se ve ahora supeditada a la necesidad de ser y estar donde están todos. No es tanto cómo seas sino dónde estás o lo que eliges. No es un estilo de cocina o un chef sino el plato más significativo de la carta lo que importa, y que será siempre el más viral, y que otros tantos restaurantes emularán porque funciona, y erigirán esa receta en tótem de una carta corta que estará compuesta de otros platos que nunca escaparán a esa comfort zone que todo el mundo denigra pero al mismo tiempo busca y que, asimismo, viene determinada por el FOMO.
Con la excusa o argumento débil de es-imposible-ser-original proliferan hoy en día cartas similares cuyo signature dish (SD) no es una receta original ni innovadora sino un plato -normalmente old school- de buena factura -normalmente, aunque hay excepciones- y que compite junto al resto de SD de otras cartas de otros restaurantes por convertirse en el mejor SD de la ciudad, y cuando el SD ya esté agotado -debido a criterios exclusivamente económicos normalmente- alguien se adelantará para decidir qué otro plato merece convertirse en la nueva deidad gastronómica del grupo.
Y habrá bastantes que argumenten que eso es una nueva forma de reafirmarse, y habrá otros que lo llamarán por esas siglas, FOMO, aunque sea un FOMO breve, que para eso ya advirtió en su día Bauman (Vida líquida, 2005) sobre ese elemento definitorio para entender la teoría de Brewer: la transitoriedad. Hay quien dice que la edad del FOMO está dejando paso al JOMO (o alegría por no estar, ni ser, ni ver cómo hace el resto) que no es sino otro FOMO en sentido opuesto, cuando en realidad la edad que llega es la de la IA.
¿Puede que la IA nos ayude a superar esta tendencia? Es probable que la IA nos ayude a reforzarla. Es probable sobre todo que ya nadie hable del FOMO en pocos años, porque el FOMO implica al menos una opción contraria (la que tú rechazas para hacer como hacen otros), y la IA ofrece un catálogo cerrado de must. Es probable que la IA nos conduzca sin saberlo a ese mundo previo al nacimiento de la sociedad de consumo, ese en el que uno consume lo que hay. Pensamiento único, dirían unos. Un fantasma impuesto, dicen otros.