Acaban de subir la persiana pero como conozco a los dueños, me dejan pasar y sentarme mientras ellos acaban de preparar las cosas. Esto en las cafeterías de especialidad no pasa. Me sirven el café y me dejan sola mientras ellos van y vienen del almacén. Me gusta dar el primer sorbo de café en completo silencio, sentir ese pequeño impasse en el que la cafeína parece devolvernos a la realidad.
Pero la puerta de la cafetería se abre y se rompe el silencio. Son tres mujeres vestidas con ropa deportiva y sus esterillas de yoga -o pilates, no sé- al hombro. Una habla de hacer un retiro de desconexión digital mientras una de ellas acaba de escuchar un audio con el móvil pegado a la oreja. Se quejan del ruido, no he podido evitar escucharlas.
Luego una saca del bolso unos auriculares que dice la aíslan del mundo por-que tienen cancelación total del ruido y luego habla de unos tapones que parecen pendientes, diseñados para reducir el ruido exterior. Hablan a un volumen bastante alto, por cierto. Sonrío ante la paradoja de quejarse del ruido rompiendo mi silencio. Me levanto, pago mi cortado y me voy.
Mientras la calle todavía oscura empieza a desperezarse, camino pensando en la conversación que acabo de escuchar. En esa búsqueda constante del silencio cuando todo a nuestro alrededor se ha convertido en ruido. Incluso el silencio mal entendido es también ruido. ¿Se puede hoy en día huir del ruido sin ordenarse monja de clausura o, en su defecto, arruinarse haciendo retiros detox? No estoy segura, la verdad. Aunque sí sé que podemos conseguir un poco de silencio a ra-tos: una playa fuera de temporada, en ese instante justo antes de quedarnos dormidos o muy temprano, cuando la ciudad está tan quieta que podríamos abrazarla.
No sé en qué momento hemos decidido que todo tiene que hacer ruido. Las noticias, las redes, las conversaciones, las opiniones, hasta el café… Todo reclama nuestra atención, todo quiere ser escuchado y, a ser posible, compartido. A veces pienso que lo verdaderamente extraordinario sería poder estar un rato sin escuchar nada.
Pero el silencio no tiene por qué ser la ausencia de sonido, ni siquiera de conversaciones. Silencio también es una tarde tranquila leyendo en casa. Es una conversación con alguien a quien nos interesa escuchar. No tener una opinión sobre todo es silencio. Qué necesario.
Silencio es pasear sin mirar el móvil, sin auriculares-ni siquiera los de cancelación de ruido- escuchando nuestros pensamientos o, simplemente, el sonido de la ciudad. Ese ruido monótono que, cuando dejamos de prestarle atención, se convierte también en silencio. Tanto como el murmullo ronco del mar en otoño. No sé si me siguen o ya se me han perdido…
Sigo. Silencio es amar con gestos cotidianos. Buscar el detalle, sin necesidad de fuegos artificiales ni grandes declaraciones. Como el descorche sordo de una botella y el cristal de las copas resonando al brindar. Aunque a veces cueste, siempre hay un motivo para hacerlo. Y que nunca nos falten las burbujas.
Silencio son sus ojos cuando cree que no estás mirando porque, precisamente, estás en silencio. También lo es la mirada limpia y tierna de nuestros compañeros de “cuatro patas”.
Hacer bien nuestro trabajo es silencio. Uno que va generando un runrún aparentemente inaudible, pero que al final siempre resuena.
Creo que las buenas personas habitan muy bien el silencio: construyen sobre la amabilidad, la cordialidad, la solidaridad y la confianza. Son sentimientos silenciosos, como una marea que crece poco a poco, sin hacer demasiado ruido y sin detenerse.
Disfrutar del sabor de un plato en un restaurante, sabiendo que alguien lo ha pensado y cocinado con dedicación, eso es un silencio delicioso. No hace falta que nos expliquen demasiado. Nos basta con probarlo.
Hay algo inquietante, sin embargo, en aprender a beber en silencio sentada en una terraza mientras el mundo se hunde y las calles arden. La serenidad nunca debe confundirse con indiferencia. Ni el silencio con la falta de ruido. Ya se habrán dado cuenta de que es bastante más que eso.
El mayor problema del ruido es que se cuela por los oídos hasta el interior de nuestros cerebros y no nos deja pensar. Y pensamos mal. O peor aún, pensamos como otros quieren que pensemos. El ruido es inquietud; el silencio, paz. Solo desde cierta calma podemos escucharnos y, lo que es más importante, escuchar a los demás.
A nuestro alrededor todo es ruido, ponzoña, cartón-piedra. Se nos están cayendo los palos del sombrajo o, mejor dicho, nos los están tirando y ya no sabemos muy bien si seremos capaces de volver a montarlo. Necesitamos un poco de silencio. Que deje de graznar la bandada de políticos que sobrevuela nuestras ca-bezas como si fuéramos presas. Que no se repitan los llantos y las discusiones se vayan apagando hasta esfumarse. Y que alguien baje el volumen del mundo, por favor.
Yo solo quiero entrar de la mano en un restaurante sin hilo musical o donde apenas se escuche. Sentarme, a mesa puesta, con las personas que quiero. Oír el tintineo de los cubiertos y el roce suave del mantel cuando dejan el plato en la mesa. Que me expliquen en voz baja lo que voy a comer o que, sin mediar palabra, me llenen otra vez la copa. También me conformo con que en la cafetería de al lado del trabajo me sirvan «lo de siempre». Que sepan lo que quiero sin tener que preguntármelo. Puede que el auténtico lujo consista precisamente en eso.
Lo que necesitamos es silencio. Comer bien, beber mejor. Rodearnos de la gente que aporta y apartarnos de la que no. Poder decir sin tener que decir nada, porque basta un gesto. Recuperar el placer de las cosas que no necesitan grandes explicaciones ni exhibirse. Poco más.
Porque quizá el mayor acto de rebeldía ahora mismo es ser feliz. Sonreír a diario: un desafío. Elegir la serenidad como mantra.
El hedonismo será nuestro reto.