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RESTORÁN DE LA SEMANA

Hermanos Haro

Aquí la casa de Paolo y Valentina. Platos del día y vinos italianos. Autenticidad, cercanía, familiaridad

Por | 25/09/2020 | 3 min, 59 seg

VALÊNCIA. Aquí la casa de Paolo y Valentina. Una pareja procedente del Piamonte, en el Norte de Italia, que recaló en València hace tres años. Se hicieron cargo del traspaso de un bar en el barrio del Cabanyal, que ya empezaba a ser un hervidero de la gastronomía, y empezaron a dar comidas y servir cafés a los trabajadores de la zona. Decidieron respetar el nombre de toda la vida: Hermanos Haro. También la carta de toda la vida: esmorzarets y tapas. Pero en estas que fue pasando el tiempo, y ellos cada vez más nostálgicos, y más convencidos de que el público valenciano se merecía conocer las bondades de su cocina originaria. Y entonces adoptaron una decisión: iban a convertirse en una trattoria.

Las trattorias son esas fondas italianas donde se sirve comida casera, que nada tiene que ver con la pizza ni la piadina. Ya dijimos que hay muchas Italias, y algunas están en València. Los españoles estamos menos habituados a la comida del Norte de la bota, que sin embargo es inmensa, con recetas centenarias de carne y de pescado, guisos para los días más fríos, pastas cocinadas con salsas insólitas y vinos que asustan con solo descorcharlos. De todo esto hay en Haro, donde además trabajan con ingredientes auténticos y de importación. "No hay marcha atrás. Tras el confinamiento hemos decidido hacer lo que siempre hemos querido hacer. Seguimos dando algún almuerzo, y a veces preparamos un plato de aquí, pero nuestra dedicación está puesta en la comida con la que hemos crecido", cuenta Paolo.


La auténtica singularidad del establecimiento es que no ha perdido la esencia de 'casa de comidas', por más que sea un restaurante italiano. No hay menú ni carta, sino que apuntan sobre la pizarra de la pared los platos que han preparado ese día. Valentina tiene como 50 recetas en la cabeza, que va rotando y adaptando en función de su instinto y la despensa, de manera que una semana nunca es igual a la siguiente. "La idea es ir improvisando para ofrecer cosas distintas, y que todo esté hecho al momento", asegura. De repente, un raviolo de carne con mantequilla y trufa, o esa delicia del Paimonte que es la lengua al bagnetto verde. Hay cebollas rellenas de queso y milanesa de chuletón. De postre, strudel de Ricotta y fruta de temporada; o unos melocotones al horno, rellenos de galletas Amaretti y cacao. 

También están ricos los quesos y los embutidos, como la bresaola de la Valtelina, porque el producto se sabe de calidad. Se acompañan de conservas ecológicas. Con un entrante al centro, el plato de Valentina y el postre, estamos servidos y no pagamos más de 15 euros.


Paolo se encarga de llevar los platos a la sala, donde explica a los comensales la historia que hay detrás, con trato cercano y buenas recomendaciones. Tan solo al escucharle, ya estás viajando. También se aprecia su pasión por el vino, otro de los puntos fuertes de la casa, donde hay referencias muy especiales y a precios muy razonables, en su mayoría de origen italiano. Su zona es una maravilla en cuanto a producción. "Sabemos que los españoles son muy de cerveza, pero nos gustaría acercar la costumbre del vino por copas. Y queremos que sean vinos especiales, algunos naturales, para que dar a conocer sabores poco habituales", dice él. "A veces creamos los platos pensando en que acompañen al vino. Por ejemplo, nos inventamos una lasaña de pescado para un vino blanco que tenemos, y le aconsejamos el maridaje a la gente", añade ella. También se avistan algunas grappa de destilerías Marolo.


¿Qué hace especial esta esquina de El Cabanyal? Yo creo que el cariño. Una pareja a cargo de un bar, cuyo sueño es dar a conocer la comida de su zona, y para ello emplean productos de calidad en platos genuinos. Trato directo y cero imposturas. Ella en cocina, él en la sala y un solo ayudante, que viene de vez en cuando, con lo cual les toca dar el callo todos los días. Buena comida; sobre todo, comida de verdad. Nada de preparaciones rápidas, y tampoco la pomposidad de un ristorante con extravagancias. Autenticidad, cercanía, familiaridad. 

Cosas a las que cada vez estamos menos habituados.

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