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tendencias escénicas

Igor Yebra: "En el momento en que empezamos a idolatrar, la hemos liado"

El bailarín vasco homenajea a un coleccionista uruguayo de El Quijote en Sagunt a Escena

3/08/2019 - 

VALÈNCIA. Fuera de nuestro país, existen cuatro ciudades cervantinas en el mundo: Azul, Argel, Lisboa y Montevideo. Al director artístico del Ballet Nacional Sodre de Uruguay, Igor Yebra (Bilbao, 1974), este vínculo de la que es su casa desde hace año y medio con el máximo representante de la literatura española le intrigó hasta el punto de dedicarle un espectáculo, El Quijote del Plata, que esta programado este 6 de agosto en el Teatro Romano de Sagunto.

Blanca Li firma la coreografía de un montaje que rinde tributo al coleccionista Arturo Xalambrí, que cedió un total de 1.053 ediciones de la obra magna de Cervantes a la Universidad de Montevideo. El que fuera primer bailarín estrella del Ballet de la Ópera de Burdeos entre 2006 y 2016, ha decidido darle notoriedad. Como en 2020 también lo hará con Mario Benedetti con un montaje de La tregua en el centenario del nacimiento de su autor.

- Has declarado que en tu trabajo al frente del Ballet Nacional Sodre tienes la intención de traducir los valores nacionales de Uruguay a la danza. ¿Me los resumes?
- El uruguayo es muy sensible, metido para dentro, educado… No quiere hacer ruido, pero tiene un ruido interior tremendo. Le encuentro paralelismo con los vascos, pero les falta vender lo suyo. El vasco lo pelea, pero el uruguayo vive entre Brasil y Argentina, dos naciones que han intentado comérselo, así que ha intentado pasar desapercibido. Fíjate que el tango es argentino, igual que el dulce de leche.

- ¿Cómo se puede bailar la vida de un coleccionista fanático de El Quijote?
- Todo surge en una conversación tomando un café. Me faltaba un título en octubre para cerrar la programación del año y estábamos hablando de otras cosas para aligerar. Se celebraba el Festival Cervantino y pregunté por su origen. La razón reside en que en Montevideo existe una de las mayores colecciones de primeras ediciones de El Quijote. Me puse a indagar y averigüé que Arturo Xalambrí había puesto un escudo sobre la colección donde se podía leer: “Los libros son la escalera para llegar al cielo”. Como director de un ballet nacional tenemos que resaltar personas del país y este señor fue un quijote más.

- Cuando se estrenó la obra en Montevideo, os cedieron varios de los ejemplares, entre ellos el ilustrado por Walt Disney, para exhibirlos en vitrinas. ¿No os acompañan en la gira?
- No tendríamos suficiente dinero para pagar el seguro. Ni yo me atrevería con esa responsabilidad (risas).

- ¿Qué implica bailarlo en un teatro romano genuino?
- El Teatro Romano de Sagunto no tiene la misma capacidad de luces, pero el marco que se crea para la coreografía es una maravilla. Hay una parte central, que tenemos ganada con la escenografía natural. Yo ya he actuado en escenarios así y uno se siente en un lugar especial.

- ¿Por qué pensaste en Blanca Li para coreografiarlo?
- Todo el resto del equipo es uruguayo, así que necesitaba un toque español, alguien que comprendiera lo que es nuestro país y El Quijote. Blanca potencia España en sus trabajos. Y del mismo modo que en la obra de Cervantes existe un elemento de tragicomedia, Blanca se sirve mucho del humor.

- ¿Qué te supuso relevar en el cargo al frente del Ballet a una figura tan emblemática como la de Julio Bocca?
- En ningún momento me plantee que lo iba a sustituir, porque si así hubiera sido, no lo hubiera hecho. Lo que me ilusionó fue que el país había realizado una apuesta contraria al resto del mundo: durante la crisis económica, lo primero que se recortó en la mayor parte de los país fue la cultura, con el ballet y la danza a la cabeza. En Uruguay, en cambio, sucedió lo contrario. En el momento en el que el Ballet Nacional atravesó un momento bajo, con más gente arriba del escenario que en las butacas, decidieron volver a potenciaro y contrataron a Bocca. Los artistas siempre estamos llorando porque no nos ayudan, así que si lo hacen, no puedes decir que no.

- Me parece igualmente quijotesco que aspires a adaptar al ballet La tregua, de Benedetti.
- No hay nada más difícil que llevar esa novela al ballet. Desde luego, no podemos contar esta historia con tantos personajes, pero sí transmitir las sensaciones que contiene este libro tan pequeño, pero con tanto contenido: la opresión, la tregua, la calma y al final, la rendición. Para ello hemos implicado a uno de los directores de teatro más importantes en Uruguay, el dramaturgo Gabriel Calderón. La verdad es que nunca me ha interesado simplemente el movimiento, siempre he querido algo más profundo en la danza.

- A este respecto, a los 15 años, el marido de tu madre, actor, te regaló La construcción de un personaje, de Stanislavski. ¿En qué medida tiene que ver ese libro con el bailarín en el que te convertiste?
- No hay medida. Pero la persona que soy tiene que ver con los libros en general. De pequeño leía Los Hollister, Los cinco, pero también a Mafalda. Y a los 14, ya había dado con El retrato de Dorian Gray. Cuando leí el libro de Stanislawsky me dije que aquello era ballet, era escena, y que tenía que aplicarse a mi oficio. Precisamente, empecé a bailar en montajes donde había que construir al personaje, Iván el terrible y Espartaco. Ha sido algo que siempre he llevado interiorizado en mi carrera. También me pasó leyendo a Chéjov e intenté aplicar sus enseñanzas de manera natural. De ahí mi incursión hace dos años en el teatro, en La casa de Bernarda alba, porque siempre me ha fascinado la interpretación.

- ¿Has regalado el libro de Stanislawsky a tus bailarines?
- Sobre todo lo he recomendado. Soy muy de regalar libros, pero ese especialmente no, porque lo has de leer de manera espontánea e intuitiva. Hay mucha gente que dice que quiere ser artista y se cree que está por encima del bien y del mal. Ni siquiera se lo quieren tomar como aprendizaje.

- ¿Qué estás leyendo estos días?
- Soy de lecturas muy llevadas de un extremo al otro. Últimamente he leído a MIchel Houllebecq y a Haruki Murakami. Y en estos momentos estoy con Hijos de Satanás, de Bukowski. Es un autor que tiene momentos increíbles, es controvertido y te hace pensar. No soy de best seller, de novela de pasar el tiempo, tipo El Código Da Vinci. Me gusta algo que me golpee un poco.

- Cuando empezaste, tu gran ídolo era Fred Astaire y luego Antonio Gades. En tercer lugar Vladimir Vasiliev, del Bolshoi. ¿A quién admiras hoy en día?
- No soy de idolatrar. Y menos todavía cuando en mi trayectoria he conocido a gente a la que hubiera sido mejor no conocer y quedarme con su trabajo. En el momento que empezamos a idolatrar, la hemos liado, porque al fin y al cabo somos seres humanos, con nuestras grandezas y nuestras flaquezas. Así que prefiero usar el término admiración. Me reitero con Astaire y Gades, pero a la hora de bailar también me he inspirado en los cuadros de Velázquez y de Edvard Munch.

- ¿Por qué te llama la atención la pintura?
- Porque el bailarín se encuentra limitado por el paso del tiempo y el declive físico, así que no encuentras a muchos bailarines que pasen por diferentes etapas, como así sucede con los pintores. También sucede con los escritores, que a lo largo de su vida profesional pueden cambiar su forma de escribir o su temática.

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