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EL CABECICUBO DE SERIES, DOCUS Y TV 

Influencer para escapar del pueblo

El Premio Especial del Jurado en Sundance este año es un documental que se puede comparar a los famosos The Decline of western civilization. Sin embargo, si estos reflejaban la vida de los adolescentes y jóvenes estadounidenses y sus intentos de abrirse paso a través de la música, Jawline trata de los influencers. Chavales que al ser algo guapos y obtener seguidores en Instagram son contratados por agencias de influencers en Los Angeles que los explotan hasta la extenuación

5/10/2019 - 

VALÈNCIA. En Estados Unidos ha habido varias oleadas migratorias del medio oeste a California. Una de las más notorias fue la que se produjo en el llamado Verano del amor tras difundirse la noticia de que en San Francisco y Los Angeles había amor libre, corría la droga que daba gusto y en las comunas te recibían como a un hermano más. Como es sabido, aquellos primeros hippies que experimentaban y perseguían la utopía se vieron rodeados o invadidos por gente que no había depurado tanto sus ideas y de todo aquello solo quería el sexo y la droga. Muchas películas del cine independiente americano de los setenta versan sobre este fracaso ideológico.

Con la desindustrialización de finales de los setenta y principios de los 80, volvió a haber otra notable. Los chavales del Medio Oeste huían de trabajos precarios o el desempleo en sus pueblos e intentaban triunfar por la vía rápida en California. Había dos opciones, o el cine o la industria musical. Algunos lo lograron, otros tocaron pelo durante unos años y muchos, la inmensa mayoría, acabaron en otros trabajos, generalmente menos glamurosos. Entre todos ellos, se contaron también múltiples juguetes rotos que caían en la prostitución y la droga. Historia triste mil veces contada. En los documentales de Penelope Spheeris quedó muy bien retratado el percal.

Ahora, en 2019, en el siglo XXI poco ha cambiado. La desindustrialización sigue castigando el Medio Oeste, muchos de los que nacen ahí quieren huir. Los que se quedan se sienten frustrados hasta el punto de sufrir problemas de salud y sigue habiendo un éxodo hacia California en busca de los sueños. En este caso, como ha mostrado Liuza Mandelup en Jawline, los sueños ahora tienen que ver con petarlo en las redes sociales. Ser un influencer. Figura que, como todo el mundo sabe, fuera de nichos culturales o sectores específicos, consiste en hacerse el casquivano y que centenares de miles de personas lo vean.

Ya hablamos hace tiempo de Ace Family, una familia que explota a sus hijos en YouTube y se ha hecho de oro. En Jawline, Mandelup sigue a Austyn Tester, un chaval de 16 años, natural de un pequeño pueblo de Tennessee. Tiene un número de seguidores importante, tanto como para que una agencia de representación le fiche para llevárselo de gira y encerrarlo en un edificio a grabar vídeos para sus fans.

¿Qué tiene, qué le hace diferente? Nada muy original. Es guapo, sonríe y le dice a las niñas que deben luchar por sus sueños. Cuando le ven en persona, le abrazan, enloquecen y piden hacerse selfies. No es nada distinto a las famosas llegadas de los Backstreet Boys a Madrid que retrató Pablo Carbonell para Caiga Quien Caiga con la única diferencia de que los BB eran un conjunto músico-vocal. Necesitaban de la poderosa industria musical, la fabricación y distribución de discos, promoción en revistas y programas de televisión, miles de puestos de trabajo, para enamorar a las quinceañeras. Austyn, como el resto de influencers molones que han logrado parcelas de atención que correspondían a las estrellas del pop, se ahorra todos los pasos intermedios gracias a Internet. Solo se tiene que dedicar a molar. Sin música ni nada, con un corte de pelo y gracias.

El documental se reduce a retratar su auge y caída. Llega con una maleta cargada de sueños, se pone a hacer giras, los vídeos que le ordenan que haga, etc... pero en el medio plazo no resulta un buen producto. Va perdiendo seguidores, no le dan likes según unas tablas que tiene su agencia de representación estipuladas donde se calcula cuándo alguien es exitoso y cuándo no. Al final, tiene que volver no solo a su pueblo, sino a la escuela. Un trago que es lo que más duro se le hace. Volver a sentarse en un pupitre después de haber salido del aula pensando que estaba volando hacia el éxito.

Sería muy fácil cargarse el fenómeno de estos chavales desde una atalaya elitista, pero lo que hacen es puro pop. En cada uno de ellos hay un Leif Garrett, unos Bay City Rollers o unos Take That. Aunque su puesta en escena sea, digamos, más austera, se dedican al noble oficio de transmitir felicidad. Hay dos escenas muy explícitas en este sentido. Mientras están grabando vídeos aburridos en la oficina, discutiendo por qué palabras emplear para saludar a los followers, uno le dice a otro algo así como "déjalo, si da igual, haz el vídeo, solo finge que eres feliz, de eso se trata en las redes sociales". Y otra en la que una niña explica que su madre está en la cárcel, de su padre no sabe nada, tampoco de sus hermanos y vive con su tía, en esa situación, seguir a su ídolo influencer, le llena las horas de felicidad. Esos dos mundos, el de los payasos tristes y el de la gente triste, se dan cita en esta fiesta contemporánea que a tanta gente, en un sentido acreditado empíricamente, le gusta.

Pasan los años, las décadas y los siglos y el impulso humano sigue siendo el mismo. Antes se abrazaba uno a la radio por las noches, luego al walkman, después al discman, ahora al móvil, pero siempre se buscan sueños de algodón rosa que, pasada la adolescencia, se abandonan con indiferencia. Lo dicen en el documental. Cuando estos ídolos cumplen treinta años y sus seguidoras tienen problemas más acuciantes en la vida, los abandonan vilmente.

Si de los documentales de Spheeris quedó una imagen grabada para la posteridad, la del guitarrista de WASP en un flotador en su piscina bebiendo vodka como un energúmeno con su madre al lado, en Jawline tenemos a un grupo de fans que en un centro comercial le pagan al influencer con un fajo de billetes para que se suba a lomos de un peluche gigante. Más bien, casi se lo exigen y él, que vive de ellas, pues accede. Es una escena con mucha carga simbólica y enjundia, como este documental. Mucho más de lo que parece.

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