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La escuela universal de todos y para todos

8/06/2021 - 

En las últimas décadas la sociedad ha sufrido una enorme cantidad de transformaciones que se han reflejado en diversos ámbitos, incluyendo el educativo, en el que hemos visto como se ha modificado paulatinamente la manera de plantearse la educación. Por fortuna uno de estos cambios ha sido el reconocimiento de la diversidad, lo cual ha conducido a la búsqueda continua de alternativas didácticas basadas en la inclusión, que puedan dar respuesta a dicha pluralidad social y escolar.

Hitos relevantes de este reconocimiento es el movimiento Educación para Todos y la Declaración de Incheon de la Unesco, así como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, cuyo objetivo 4 refleja claramente esta apuesta por la educación inclusiva y de calidad. En esta línea incide el Pilar Europeo de Derechos Sociales y un gran número de Comunicaciones y Recomendaciones del Parlamento y la Comisión Europea.

Por ello, actualmente hablamos de una escuela universal e inclusiva que se caracteriza por darle cabida a todo los niños/as de una comunidad para que aprendan juntos, indistintamente de sus condiciones socioeconómicas, personales y culturales, con la finalidad de formar personas respetuosas, tolerantes, críticas y empáticas, capaces de trabajar en equipo y aprender unas de otras.

El término inclusión demanda un sistema educativo flexible, que contemple el aprendizaje de cada alumno/a de acuerdo a sus capacidades, fortalezas y necesidades.

La inclusión exige dar atención a las necesidades particulares de una escuela universal, teniendo presente que cada alumno es un ser complejo con cualidades particulares, en los que se debe trascender de lo individual a lo general  y buscar incidir positivamente en la colectividad orientándose al bien común.

Foto: VP

La escuela universal ha de implementar una educación inclusiva tomando en cuenta criterios universales como los derechos humanos, la ciudadanía, la ética y el desarrollo personal.

Sin embargo, la escuela universal es una entidad compleja, que presenta retos importantes en cuanto a su organización, gestión, dotación de recursos y utilización de los mismos.

A su vez, plantea también grandes desafíos en la propia práctica de la inclusión en el aula, en las prácticas docentes, en las estrategias, en las metodologías y  en la actividades realizadas en el día a día o con necesidades educativas específicas de apoyo educativo como por ejemplo el alumnado con altas capacidades, déficit de atención, trastorno del espectro autista o Síndrome de Down, entre otros.

A nivel de la organización de los centros es necesario flexibilizar sus estructuras, realizando ajustes de espacios, contenidos y horarios.

Además, hay que incentivar, motivar y formar al docente como parte fundamental del equipo de trabajo y no como un ente aislado. A su vez, es importante darles cabida en los centros educativos a las familias, para recoger informaciones y experiencias y crear junto a ellos mejores estrategias de atención escolar para sus hijos.

Para una mayor atención a todo el alumnado y, en especial, a los más vulnerables, se deben realizar también cambios más generales y aplicar una serie de medidas como la reducción de las ratios, para que la función docente no quede en la mera transmisión de conocimientos, sino que se le pueda dar una atención personalizada a cada individuo. Así mismo, hay que darle autonomía a los centros educativos, para que cada equipo directivo y docente  pueda plantearse estrategias de atención educativa, con objetivos centrados en cada uno de su alumnado y no en estándares de aprendizaje diferentes a sus contextos y situaciones.

Es además necesario que se implementen centros o aulas especializadas para casos concretos en los que las características del alumno hacen inviable su inclusión, como por ejemplo, las Unidades Educativas Específicas de Centro Ordinario (UECO), que están dedicadas a los alumnos/as con algún tipo de discapacidad o las aulas para alumnos/as con Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD).

Ambos tipos de aulas están ubicadas en centros ordinarios y emplean un currículo basado en las necesidades y competencias que puede cumplir el alumnado que es atendido en ellas. Este alumnado asiste al aula ordinaria en algunas asignaturas para su inclusión y mayor interacción con sus compañeros y a su vez, asisten al aula específica para trabajar asignaturas que requieren mayor atención.

Foto: KIKE TABERNER

Otras medidas deben referirse también a los recursos humanos. Para establecer escuelas abiertas a todos, indistintamente del contexto en el que se encuentran, y con la capacidad de dar respuesta a las necesidades particulares de cada alumno se requiere incluir nuevos profesionales, como enfermeras, terapeutas de audición y lenguaje, psicólogos, entre otros.

Como indicaba anteriormente, los cambios deben llegar también a la realidad del aula. Las prácticas docentes que se hagan llamar inclusivas deben partir de las necesidades del niño y de sus familias, y eliminar  barreras que limiten su presencia, participación y aprendizaje para poder enriquecer y fortalecer el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Por último, y no menos importante, se debe desarrollar diversas metodologías activas e innovadoras, que garanticen la adaptación del currículo al contexto escolar de cada niño/a de acuerdo con su potencialidad, con el fin de lograr en ellos un aprendizaje significativo.

El concepto de escuela universal hace alusión, por tanto, a un lugar en el que todos podamos coincidir en los distintos planos que conforman al ser, su plano físico, mental, emocional e intelectual, para poder hablar del desarrollo integral de competencias personales que conecten con cualidades que son universales como, la autonomía, el respeto, la aceptación, la motivación, la superación, el logro, el aprendizaje y la comunicación efectiva.

La educación para todos es inclusiva: esto implica un cambio de mirada, redescubrir un camino que puede parecer ilusorio pero que no sólo es posible sino deseable.

Necesitamos, simplemente, mirarlo con otros ojos y construirlo entre todos poniéndonos en marcha, aportando lo mejor de cada uno, manteniendo una formación continua, trabajando en la eliminación de las barreras de participación y aprendizaje y con mucho compromiso por parte de toda la comunidad educativa y la sociedad en su conjunto, con la finalidad de lograr una educación de calidad que esté en pro de los derechos humanos y del bienestar colectivo.

Pedro Adalid es doctor en Educación y profesor universitario de Políticas de Calidad Educativa y Planes de Mejora

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