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tipografía moderna

La imprenta de Max Aub

De Joan Fuster a  Antonio Machado, pasando por Manuel Polo y Peylorón o Luis Cernuda. Todos ellos pisaron la Tipografía Moderna para revisar las galeradas de sus obras en esta imprenta que, con más de un siglo de vida, es posiblemente la más antigua de España en funcionamiento

13/08/2017 - 

VALÈNCIA.- Nos recibe una escalera de piedra recia con un pasamanos de madera reluciente, que evoca el antiguo esplendor de un edificio funcional destinado a albergar una fábrica, de acuerdo con los usos de principios del siglo XX. Los peldaños nos elevan a un mundo lleno de jugosos retales de historia, una casa de las golosinas para cualquier amante de los libros que parece detenida en el tiempo. En estanterías, armarios, cajas o en cualquier sitio se apilan títulos de todas las épocas, estilos, formas y tamaños que transmiten un aire de consulta familiar, ajado por el paso de más de cien años de historia. «Yo en mi casa no he visto nunca ningún cuarto que no tuviera estanterías con libros. El libro lo hemos vivido en la familia desde el nacimiento», evoca Guillermo Soler mostrándonos una antigua máquina de impresión, una pieza de museo que reposa en un merecido descanso rodeada por ordenadores y mesas llenas de pruebas y originales.

Mientras, en la planta baja del edificio, las más contemporáneas máquinas offset languidecen imponentes, a la espera de algún trabajo que llevarse a sus entrañas para hacer actuar a la tinta y el papel.  Junto con sus hermanos Vicente y Javier, Guillermo forma parte de la cuarta generación que, a pesar de los malos tiempos para los oficios de la cultura, sigue trabajando en la imprenta que abrió su bisabuelo con los libros como producto estrella. El actual emplazamiento del negocio familiar está en la apacible calle de l’Olivereta de València, en el popular distrito del mismo nombre, donde la empresa reside desde mediados de los años 50 bajo el nombre de Artes Gráficas Soler, aunque su historia comienza mucho antes.

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A finales del siglo XIX València vive momentos convulsos con efectos que recuerdan los cambios causados hoy por la era digital. Los avances tecnológicos propiciados por la revolución industrial acaban con algunos oficios y permiten el nacimiento de otros. En este contexto vive Miquel Gimeno Puchades, un valenciano que se exilia a Francia tras combatir en 1876 en la última guerra carlista junto al bando de los perdedores. Gimeno regresa con nuevas ideas tras recibir formación sobre los últimos avances en impresión gráfica. Es uno de los promotores de la Asociación Tipográfica de Valencia que nace para defender los intereses laborales del sector, como recoge el documentalista Romà Seguí en su tesis doctoral La Tipografía Moderna: de la propaganda católica a la republicana.

En 1899 Puchades se une a dos socios capitalistas, Leopoldo Trénor Palavicino y Luis Janini, para fundar una imprenta con un nombre acorde a los tiempos, Tipografía Moderna, que instala su sede en la céntrica calle Avellanas. «Mi bisabuelo era el socio industrial. Él se metió en el negocio porque le gustaba escribir», recuerda su biznieto Guillermo que reconoce cómo su antepasado unió a la iniciativa empresarial un interés personal por la autoedición de su obra poética.

Una de las primeras publicaciones de Tipografía Moderna es Flors marcides, subtitulada Poesíes valencianes de Miquel Gimeno Puchades. Obrer de la Imprempta. El libro está prologado por Leopoldo Trénor, también poeta pero sobre todo autor de obra técnica y científica. Trénor se doctoró en Derecho y estudió ingeniería eléctrica en Lieja. Unos conocimientos que empleó en la creación de una revista pionera por su especialización: La pequeña industria: revista popular de electricidad. Su militancia valencianista le permite ser elegido presidente de Lo Rat Penat y sus contactos con los entornos católicos facilitan que Tipografía Moderna reciba abundantes encargos de la Iglesia, de la universidad y otras instituciones de enseñanza. Entre sus publicaciones hay obras del escritor, diputado y catedrático de Psicología Manuel Polo y Peyrolón, entre ellas su manual Ética elemental, de 1902.

La imprenta de Max Aub

En los años treinta toma las riendas del negocio Manuel Soler, que a los doce años empezó a trabajar como aprendiz impresor dedicado al etiquetado de naranjas. Soler, que asciende a primer oficial, se casa con la hija de Miquel Gimeno. Del matrimonio nacen Vicente y Amparo que continuarán el negocio familiar al igual que sus hijos y nietos. En 1932 el polifacético escritor Max Aub inicia una estrecha relación con Tipografía Moderna donde publica varias de sus obras, entre ellas la transgresora Fábula verde, una historia protagonizada por verduras y hortalizas acompañada por un espectacular alarde de cuerpos tipográficos, con ilustraciones de Genaro Lahuerta o grabados del botánico Cavanilles.

Cuarenta años después, en un breve regreso a España de su exilio mexicano, Aub escribe a la hija de Manuel y socia de la empresa, Amparo Soler, una dedicatoria premonitoria que hoy nos muestran sus descendientes: «En 1972, como si fuese 40 años antes, con el mismo amor». Ese mismo año, el autor muere tras regresar a México. Otra de las obras que imprimió en Tipografía Moderna es, en 1936, Proyecto de estructura para un Teatro Nacional y Escuela Nacional de Baile, dirigido al presidente de la República, Manuel Azaña. Max Aub refleja su aprecio por los Soler en sus libros Campo de los almendros (1968) y La gallina ciega: diario español (1971). En el primero reconstruye los últimos días de la guerra, explica Romà Seguí, incluyendo un último diálogo con el poeta Miguel Hernández:

«—¿Qué vas a hacer? 

—¿Cómo que qué voy a hacer? Ya te lo dije: ir a Cox. Pensaba ir a València. A ver a los Soler. 

—Ya debe estar listo El hombre acecha. Ahora sí: listo para sentencia». 

La imprenta en guerra

Con la Guerra Civil, Tipografía Moderna pasa a ser 'colectivizada'. Cuando València se convierte en capital de la República en 1937 sus máquinas emiten los partes del frente, carteles y publicaciones periódicas; «viene todo el estado mayor aquí. Intervienen la imprenta para las órdenes del día pero mantienen a mi abuelo Manuel Soler como director para hacerla funcionar», explica Guillermo, quien recuerda cómo en la imprenta se reunieron los participantes en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, inaugurado en el Ayuntamiento de València ese año. La convocatoria antifascista reúne a Ernest Hemingway, John Dos Passos, Rafael Aberti, Antonio Machado, Rosa Chacel, María Zambrano, Ramón J. de la Serna, Juan Gil Albert o André Malraux, entre muchos otros. Guillermo Soler explica cómo la sede de Tipografía Moderna se convierte en un lugar de encuentro y de debate. «Se reunían todas las tardes en la imprenta para hablar, venían a corregir pruebas y hacían tertulias». El impresor añade que «aquí es donde se encuentran por primera vez y se conocen Luis Cernuda y Octavio Paz». 

Manolo Soler, otro hermano ya jubilado, recuerda que «con el gobierno republicano viene a València Antonio Machado. Él vivía en Rocafort y, como escribía en la revista Hora de España, que imprimíamos nosotros, mi padre, Vicente Soler, con 17 años le llevaba las galeradas de imprenta para corregir». León Felipe o Buero Vallejo son otros habituales en las tertulias en Tipografía Moderna donde se entrelazan cultura y lecciones de vida. «A través del libro recibí una primera e inolvidable lección de ciencia política: iniciamos y concluimos la guerra de igual modo... guillotinando ediciones. En julio de 1936 una de Leopoldo Trénor, y en marzo del 39 una colección de canciones de lucha de Carlos Palacio», recordaba Amparo Soler, tía de Guillermo, en un discurso ofrecido en 1976 cuando recibió la condecoración del Mérito Civil de manos del rey Juan Carlos I.

Tras la Guerra Civil, Amparo Soler funda la editorial Castalia que servirá de trampolín a Tipografía Moderna en la publicación de libros de texto para la enseñanza. En los sesenta empiezan a recibir encargos de hispanistas norteamericanos, y la imprenta publica para las universidades de Carolina del Norte, Minesota o Columbia de Nueva York, con las que continúa trabajando hoy.

En los ochenta, ya como Artes Gráficas Soler, la imprenta experimenta un gran crecimiento. «Es la revolución. Se le da un valor al libro que no se le había dado nunca. Los dirigentes políticos, muchos de ellos procedentes de la universidad, consideran el mundo del libro fundamental», explica Guillermo que recuerda abundantes publicaciones institucionales y recopilaciones de autores clásicos. También publican en esa época obras de Rosa Chacel o Camilo José Cela. Asimismo inician una estrecha relación con autores que escriben en valenciano para la editorial Edicions 3 i 4, de Eliseu Climent. «Joan Fuster o Enric Valor eran de la casa, pasaban aquí mucho tiempo revisando sus originales», recuerdan Guillermo y Vicente. Los herederos de Tipografía Moderna imprimen País Valencià, per què? de Fuster y algunas ediciones de Nosaltres els valencians, entre ellas una versión en castellano. La flexió verbal y Rondalles de Enric Valor, el Llibre de les meravelles de Vicent Andrés Estellés y No emprenyeu el comissari de Ferran Torrent son otros títulos que salen de la imprenta, que acoge también La ciutat de València, síntesi d’història i geografía urbana y la Gramàtica valenciana de Sanchis Guarner.

En los talleres de Tipografía Moderna, durante la Guerra Civil, se conocen y nace la amistad entre Luis Cernuda y Octavio Paz

«A Guarner le enviábamos las galeradas a casa y te las devolvía cubiertas de correcciones a mano, claro. Ya era mayor, te llenaba todo el margen de cambios», recuerda Vicente Soler. En 1987, se celebra en Valencia el 50 aniversario del Congreso de Intelectuales Antifascistas con la presencia de algunos de los supervivientes como Octavio Paz y Rafael Alberti. Artes Gráficas Soler se encarga de la publicación de las actas y los discursos del encuentro, en recuerdo de lo que supuso la imprenta para aquellos autores. Otro reconocimiento más reciente fue la distinción del Consell Valencià de Cultura por su centenario.

La crisis le afectó seriamente y ahora Artes Gráficas Soler sobrevive gracias a la publicación de libros académicos y científicos para universidades españolas, británicas y americanas. «Nuestra labor no se ha quedado en ser una imprenta sino en revisar pruebas, la edición en su conjunto. De hecho, aquí los originales entraban en cuartillas escritas a mano y se componía como se hacía en los años 30. Estaban los correctores con el atendedor, no era uno solo. Uno leía el original y el otro escuchaba. Las pruebas se enviaban al autor, se volvían a corregir y de ahí se pasaban a la impresión. Y se encuadernaban en rústica. Nuestro sello es cuidar todo el proceso», explica Guillermo. 

Los Soler han sido también pioneros en un particular coworking, que empezó a funcionar mucho antes de que la palabra se escuchara en València. En su edificio han dejado espacio para que trabaje otra antigua saga familiar dedicada al oficio, en este caso al de la ilustración. Ernesto Gamón es uno de los herederos de Litografía Ortega, una saga que desde mediados del XIX y durante cinco generaciones se ha dedicado al diseño de carteles taurinos desde València. Su abuelo elaboró el cartel de la corrida de Linares donde murió Manolete. La empresa quebró como tal en los ochenta, pero sus descendientes continúan recibiendo encargos de toda España. 

Una de las últimas obras en las que está ocupada Artes Gráficas Soler es una recopilación de canciones populares sobre la época de la invasión napoleónica, encargada por un musicólogo británico. También están preparando El hombre postmoderno, del pintor valenciano Antonio Camaró, una recopilación de ensayos de varios autores sobre el paso del tiempo y el momento presente en el arte, que encaja muy bien en el universo en el que continúa viviendo la familia Soler, y que Guillermo resume con resignación acompañado por su vital y permanente sonrisa: «El mundo este te gusta o dedícate a otra cosa, porque dinero no vas a ganar. Vivir de manera digna quizás, pero mucho más no. La cultura es así, qué le vamos a hacer».  

* Este artículo originalmente en el número 34 de la revista Plaza

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