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las series y la vida

‘La línea invisible’ es una de esas historias que había que contar

25/04/2020 - 

VALÈNCIA. Suele suceder que, cuando una serie trata un tema muy relevante, el qué tiende a colocarse por encima del cómo, y esto afecta tanto al modo en que los creadores conciben la obra como a su recepción crítica. Tenemos dos buenos ejemplos ahora: Unorthodox y La línea invisible. Son dos series que podríamos definir como correctas y eficaces a las que la importancia de lo que están contando las eleva por encima de esa definición.

En Unorthodox (Netflix), la historia de la muchacha que escapa de una comunidad judía ultraortodoxa tiene tal fuerza que minimiza cualquier flaqueza de la serie. La precisa descripción del mundo ultraortodoxo nos llama mucho la atención y nos permite asistir, asombrados, a un microcosmos que desconocemos. Todo ello, y la interpretación extraordinaria de la protagonista (Shira Haas), nos hacen olvidar o no tener en cuenta que la parte que sucede en Berlín es una peripecia idealizada, contada de forma muy apresurada y, a veces, poco creíble. Su corta duración, cuatro capítulos, también ayuda a que, aunque se trate de una serie realizada de forma bastante convencional, la impresión final sea altamente positiva y haya recibido alabanzas sin fin.

Por su parte, La línea invisible (Movistar+), está dirigida por Mariano Barroso y escrita por Michel Gaztambide, Alejandro Hernández y el propio Barroso, sobre una idea de Abel García Roure, también productor. Y lo que nos cuenta es, nada menos, que el origen de ETA. No es, desde luego, un proyecto fácil. Se trata de un tema muy espinoso que levanta expectativas y también ampollas, además de suspicacias y emociones extremas. No hay duda de que sus creadores se juegan mucho y, de hecho, se la ha calificado de serie valiente y audaz, además de necesaria. Probablemente lo es: no debería ser así, pero es lo que hay. A estas alturas ya deberíamos tener la libertad y capacidad suficiente para tratar estas cuestiones con cierta normalidad, pero esta es la realidad política y social que tenemos.

No deja de resultar asombroso, y puede que deprimente, que sus autores e intérpretes se vean obligados a aclarar en todas sus entrevistas el punto de vista de la serie y a advertir que no están justificando la violencia porque, y esto es elemental, explicar no significa justificar. Mariano Barroso lo deja bastante claro en esta entrevista que publicó recientemente Culturplaza, donde expresa con claridad la necesidad, para entender mejor el mundo, de construir relatos con personajes complejos y no maniqueos.

La serie se centra en dos personajes principales: Txabi Etxebarrieta, el joven líder de ETA en aquel 1968, el primero que cruzó la línea y utilizó las armas, y el inspector Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, la primera víctima de un atentado premeditado de ETA. Seguimos sus vidas cotidianas: uno, un joven poeta y profesor de informática que acaba liderando la organización y defendiendo la opción armada; y otro, un representante del aparato represor del franquismo, torturador implacable, vividor y detestable, risueño y juguetón con su amante y padre entregado y cariñoso de una hija de 14 años. Txabi está interpretado, de forma tal vez demasiado esforzada, por Àlex Monner; Antonio de la Torre, otra vez impecable (no tiene límites este hombre), es Manzanas (y no digo interpreta, porque es).

La imagen que abre el primer capítulo es un plano cenital por encima de las nubes que muestra el territorio, el bosque. Se oye una voz en off femenina, que en una escena posterior rápidamente identificaremos como la de una de las integrantes de ETA (es la voz de Txiqui, interpretada por Anna Castillo), que va a darnos con cuatro frases tanto el tono de la serie como la presentación de Txabi y su compleja personalidad. “A veces es bueno recordar como empieza una tragedia y en qué momento nos equivocamos o enloquecimos”, es la primera frase de la serie, dicha sobre ese plano paisajístico tomado desde el cielo. Esto es una tragedia, ya lo sabemos, y, además, es una tragedia que incluye a todo el territorio. El punto de vista de la serie es diáfano: lo que aquí se va a contar afecta a todo lo que está por debajo de esa altísima mirada por encima de las nubes y tiene alcance global, no es solo la peripecia de unos cuántos personajes. 

Tras ello, un fundido encadenado nos lleva a otro plano general aéreo que muestra un camino sobre el que anda un hombre, de espaldas a nosotros. La cámara sigue al caminante de quien no vemos el rostro. “En mi memoria todo empezó con él. Había escuchado que era poeta y tenía una mente brillante, pero también que era demasiado joven, demasiado enfermizo”, sigue la voz en off. El caminante llega a una iglesia mientras la voz continúa: “El día que le conocí (aquí el hombre se gira y vemos su rostro) atravesó todo un valle para encontrarnos y lo hizo para dejarnos claro que, hiciéramos lo que hiciéramos en Euskadi tendríamos que contar con él”. Su destino, no solo físico, es claro. Llega a una iglesia. Corte a un plano medio de una mujer (descubriremos que es la misma voz que hemos oído hasta ahora) en una reunión clandestina en su interior.

Uno de los integrantes cuenta las torturas a las que le ha sometido la policía, se nombra a Melitón Manzanas como responsable. Se abre entre ellos un debate sobre cómo encarar la situación: si combatir con armas como en Cuba, Israel, Argelia o no cruzar esa línea. Suena otro nombre, El Inglés, de quien dicen que habla mucho pero no hace nada. Oímos una puerta y alguien entra. Es el viajero. Introducido por un cura y reencuadrado por el dintel no cabe duda de que es el elegido, el que va a cambiar las cosas. “Se llamaba Txabi, TXabi Etxebarrieta”, nos lo presenta la narradora.

Es tremendamente efectiva esta secuencia de apertura porque no solo instaura el punto de vista de la serie con ese plano cenital y su conciencia de estar contando algo que trasciende lo individual, es que todos los elementos y casi todos los personajes principales están en este inicio: las dos vías entre las que esa primera ETA ha de elegir, personajes clave como El Inglés y Melitón Manzanas ya caracterizados (el que habla pero no hace y el torturador representante del régimen franquista), la vinculación de la iglesia con ETA, los miembros principales de la banda. Y, sobre todo, la llegada, casi sacralizada para los allí presentes, de quien va a cambiar las cosas: reencuadre, lento travelling de aproximación, contrapicado, un cura introduciéndole en la sala y respaldándole visualmente, la música, con una nota monocorde y grave, que subraya la solemnidad del momento.

Pero esa presentación enfática, que casi parece heroica, se matiza por el punto de vista de la serie, que en toda esta secuencia es el de Txiqui, cuya voz en off continúa mientras la cámara nos la muestra a ella, en vez de a Txabi: “Y fue el primero de nosotros en cruzar la línea el primero en matar”. Ese es el punto de vista moral de la escena, el que pone en cuestión al supuesto héroe. Txiqui, aunque forma parte del grupo, va a acabar representando en la ficción una especie de conciencia ética, de lucidez sobre las consecuencias del uso de la violencia y el dolor que provoca. Y que sea una mujer y madre no es casualidad.

El último plano de la serie establece una rima perfecta con esta secuencia inicial. Otra vez planos aéreos de dos personas, tres en realidad, puesto que llevan un bebé, que caminan por la montaña solo que ahora saliendo de allí, huyendo. En principio van en la misma dirección que Txabi en la secuencia inicial, pero la cámara realiza un giro completo en torno a ellos hasta que les vemos ir en sentido contrario, mientras la voz en off de Txiqui vuelve a hablar de la tragedia y del dolor que, a partir de ese momento, “llenaría de sangre nuestra tierra durante años”. Nuevamente Txiqui expresa el punto de vista de la serie. Entre el inicio, un camino de ida en el que es la muerte quien está llegando, y el final, el camino de vuelta cuando la vida se abre paso (el bebé, la renuncia a matar, la visión de futuro), la serie se esfuerza en contar las cosas con objetividad, ofreciendo personajes complejos y no de una pieza, ni en un lado ni otro; seres humanos atravesados por contradicciones y pulsiones. Y consigue que el relato de esos momentos cruciales no sea binario ni elemental.

¿Y por qué tras todo este análisis, me preguntaréis, la pongo como ejemplo de serie cuyo tema la eleva por encima de su condición (correcta y eficaz), como en Unorthodox? A ver si me explico. La línea invisible tiene mucho interés y se agradece su existencia, pero, puede incluso que oprimida por el peso de los temas que trata, le falta garra. Ofrece un aspecto pulido y correcto cuando requería de una puesta en escena menos convencional, una imagen menos pulcra y más expresiva. Y tal vez también dejar reposar algunas imágenes, componer algunos silencios, ofrecer menos subrayados y simbolismos evidentes.

Vemos torturas, asesinatos, gente presa del dolor (físico y moral), pero, en general, no hay desgarro; ilustran e informan, pero no conmueven. El camino del poeta que decide ser un verdugo y la historia del verdugo convertido en víctima deberían perturbarnos y tocarnos muy profundamente. Pero eso no acaba de suceder. El riesgo que asume contando esta historia tan compleja no se contagia a la puesta en escena, a la imagen, presa de un lenguaje convencional y estándar que vemos en muchas series, cierto, pero que no por ello es el único. Claro que igual todo esto son manías mías, así que este párrafo final no les impida ver la serie. La línea invisible es una historia que tenía que contarse y debemos agradecer su existencia.

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