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SILLÓN OREJERO

La misteriosa desaparición de Graham Ingels, máximo artífice del cómic de terror

Su historia podría ser una más de terror pulp de los 50 como las muchas que dibujó. Ingels siempre quiso ser ilustrador, pero cuando fue llamado a filas en la II Guerra Mundial, se le truncó la carrera y se quedó en dibujante de cómics, algo que no valoraba. Sin embargo, su obra se convirtió en el gran icono del cómic de terror de los 50. A él le dio igual. Al llegar la censura a los tebeos, lo dejó todo, abandonó a su familia y desapareció. Décadas después, buscado por fans y editores, apareció en Florida alcoholizado, pero pintando óleos

4/01/2021 - 

VALÈNCIA. Horrible. Esa era la firma que empleaba Graham Ingels en sus historias de terror. En inglés. Ghastly. Dibujó los relatos más escalofriantes de la época dorada del cómic popular y lo hizo en la época en la que más presión tuvo su editorial EC Comics, tanto de las autoridades públicas como las morales y sus propios competidores. Un acoso que se tradujo en el famoso código de autocensura de los cómics. Pero antes de que se impusiera, en EC esprintaron al máximo. Según escribió Douglas Menville en Horror Comics of the 1950's (Nostalgia Press, 1971): "Aparentemente [el editor] William Gaines y los guionistas de EC podían ver lo que venía, porque hicieron todo lo posible y produjeron algunas de las historias más horrendas de todo el canon".

Era una etapa que merecería ser contada, pero se dio la circunstancia de que Ingels nunca dio ninguna entrevista. Ni en la época, ni cuando luego fue encumbrado a la categoría de maestro por fans que ya eran adultos. No es que no las diera porque no despertarse interés, es que no las concedía. Es más, un día, de repente, desapareció y no quiso saber nada de nadie. Se le dio por muerto. Se comparó su caso con el del escritor Ambrose Bierce, con la diferencia de que Ingels sí que apareció al cabo de 20 años, pero fue para rogar que no le siguieran buscando ni solicitando entrevistas, que las consideraba una grave intromisión en su intimidad. Mientras tanto, la profesión y los fans estaban deseando homenajearle y premiarle, pero él se resistió hasta el final. 

Ahora, en su línea de rescate de todo el cómic popular de los 40 y 50, Fantagraphics le ha dedicado un tomo a este autor. Se une a otras recopilaciones que hemos comentado en esta columna como Four color fear, forgoetten horror comics of the 1950s, las obras de Bill Maudin, dibujante en el frente durante la II Guerra Mundial, las de Harvey Kurtzman y sus cómics educativos que dejaban en ridículo a los superhéroes, o los chistes populares de las revistas con pin-ups de Humorama. El número sobre Ingels se titula Accidents and Old Lace and other stories y apareció el pasado mes de noviembre con obras que llevaban más de 65 años en un cajón. 

Los relatos son clavados a los que nos llegaron por la televisión con series como Twilight  Zone o Cuentos de la cripta.  Relatos breves de terror y a veces con contenido social o moralizante cargado de mala leche. Por ejemplo, en la historieta Mr. Biddy... Killer! un hombre estaba en el corredor de la muerte por haber asesinado a su mujer a palos. El fiscal que contaba la historia explicaba cómo había ido a verle a la celda el día antes de la ejecución. Ahí el reo le contó lo que había ocurrido realmente. Algo inverosímil, a su mujer la había matado una especie de fantasma que había conocido en un parque cuando paseaba después de haber discutido con ella. El misterio se resolvía al final, cuando el preso señalaba una silla donde estaba el supuesto asesino, que se había aparecido, en su delirio, dentro de la celda. Entonces, el fiscal le decía al lector: "sí, iba a morir esta noche, pero no lo hará, he llamado al gobernador, seguramente lo envíen al psiquiátrico", donde estaría muy bien... junto al fantasma "los dos juntos". 

Marca de la casa era que estas historias estuvieran narradas por "La vieja bruja". Ingels hizo muchas bajo la cabecera The witch´s cauldron, un ser que se convirtió en la mascota de las revistas The Haunt of Fear, Tales From The Crypt y The Vault of Horror. Un personaje que estaba inspirado en la bruja de Salem de la radio de los años 30, de donde el editor William Gaines sacó la inspiración para estos cómics, su gran estrategia comercial, que en los 50 no eran más que una especie de revival de esos programas que escuchaba de crío en las ondas.

Este tipo de historias no solo marcaron una época, sino que, tal vez por su repentina desaparición por la autocensura del código, una generación los mitificó introduciéndolos en la cultura popular del siglo XX con un fetichismo fuera de lo común. En cambio, todos los testimonios señalan que Ingels no valoraba su propio trabajo. Como si nunca lo hubiera querido hacer y se hubiera visto forzado por las circunstancias. Paradójicamente, cuentan los expertos que han editado este tomo de Fantagraphics  que "su trabajo se volvió tan icónico que prácticamente define el género". 

La explicación a su carácter huidizo y contradictorio puede estar en su biografía. Su vida estuvo marcada por la tragedia desde bien temprano. Su padre murió cuando tenía 14 años, justo en el inicio de la Gran Depresión. Para mantener a su familia, tuvo que trabajar limpiando ventanas, aunque insistió con su vocación y a los 16 logró dibujar representaciones teatrales y a los 20 empezar como ilustrador independiente. Era 1935. 

En 1943, durante la II Guerra Mundial, fue reclutado pero no fue enviado al frente. Estuvo destinado en Long Island donde, por su cercanía a Manhattan, pudo seguir dibujando profesionalmente encargos pulp. El problema es que después de la guerra quiso volver a ser ilustrador, pero no lo consiguió. Se quedó anclado a los cómics. Siguió, sin mucho entusiasmo -señala la biografía de esta recopilación-, con historias de gangsters y crímenes hasta que su destino se encontró con la revitalización del género de terror que planeó Gaines para EC.

Cuando la campaña moralista acabó con todo aquello, le costó mucho conseguir trabajo porque su firma estaba totalmente asociada al terror. Se pasó a las adaptaciones literarias e incluso llegó a aceptar encargos de la Iglesia católica. Una trayectoria errática que se cortó abruptamente cuando lo dejó todo en 1959. Se puso a dar clases de pintura al óleo y, en 1962, desapareció físicamente. 

Diez años después, supieron qué había ocurrido. Se había fugado con una alumna de las clases de pintura a Florida, donde seguía dando clases, y había abandonado a su mujer y sus dos hijos. De estas fechas datan sus rechazos y quejas por los constantes intentos de entrevistarle y obtener su opinión como gran maestro del cómic de terror de los 50 que había sido. He aquí la paradoja. En aquella época vivió atormentado por la culpa de haber dejado atrás a sus hijos, uno no le perdonó nunca lo que hizo cuando luego apareció de nuevo, y sufrió graves problemas de alcoholismo. Finalmente, rehabilitado, concedió una entrevista a regañadientes y después de mucho insistirle sus editores, pero nunca llegó a celebrarse. Un cáncer de estómago avanzado por el consumo de alcohol durante tantos años se lo llevó en 1991. Una presentación, nudo y desenlace que perfectamente podrían haber sido contadas por La Vieja bruja en sus viñetas. 

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