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queremos beber (bien)

La odisea de beber en València

En València se come bastante bien pero ha llegado en momento de admitir esa otra cara no tan amable de la moneda: en pocas ciudades de España se bebe peor

Por | 02/03/2018 | 3 min, 2 seg

Creo que fue Oscar Wilde quien dijo aquello de “Después de la primera copa, ves las cosas como te gustaría que fueran. Después de la segunda, las ves como no son. Y después de la tercera, ya las ves como realmente son. Ese es el momento más horrible de todos". Bendito seas, Oscar. Yo, para qué engañarnos, pienso exactamente igual que el poeta irlandés: Beber hace el mundo más interesante y ya no digamos a los demás. Beber —¡insisto!— es además el único reducto que nos queda de albedrío y locura en este hoy tan cursi, tan moñas y tan blandengue.

Así que qué desgracia lo que pasa en València ante el noble arte de pimplarse: ¡qué mal se bebe! No digo ya que igualemos la maravillosa oferta coctelera de Madrid o Barcelona —dos de las ciudades de Europa donde, por cierto, mejor se empina el codo. Y aprovecho para lanzar mi pequeña selección de imprescindibles, ya que estamos: Salmón Gurú, Angelita, Del Diego y la barra de Matador en Madrid y Dry Martini de Javier de las Muelas, Solange de Adriana Chía y Caribbean Club en Barcelona. Pero… ¿qué pasa con València?

Yo no pido que el cap i casal sea Berlín pero es que casi cualquier ciudad de provincias se bebe infinitamente mejor; en el American Bar de Sevilla, el Alexander Garden Cocktail de Granada o el Residence Café de Bilbao. Y aquí no paramos de vender la piel del oso de la capitalidad gastronómica pero beber también es gastronomía.

"Estamos tan agustito"

Quiero la opción de otro gran bebedor, compañero de dry martinis en el Aquarium a la mágica hora del aperitivo —que es cuando se debe beber, como preámbulo a la manduca: Don Alfredo Argilés, que piensa, como Kingsley Amis, que no bebemos para satisfacer la sed, sino por una satisfacción mas espiritual. También opina que el panorama en la terreta es desolador: “Pues bien, en este reino estamos bajo mínimos. A despecho de la apertura en las ciudades de nuestro alrededor de establecimientos dedicados casi en exclusiva a estos productos, y a la espera de los que pretenden los grandes restaurantes, que intentan asemejarse con sus hermanos vecinos, en Valencia se mantienen pocos o ninguno”.

Así es: pocos o ninguno. Pero nos queda un hálito de esperanza: beber en un restaurante. O mejor: en la barra de un restaurante. Y es que cada vez son más los restauradores que apuestan por la cocteleria para acompañar sus platos: ¡y como nos alegramos! Una barra ejemplar es la barra peruana que ha montado nuestro Quique Dacosta junto a Omar Malpartida (de Tiradito Madrid), en Vuelve Carolina; allí, además de poder engullir un ceviche perfecto, la simpatiquísima Patricia prepara un Pisco Sour ejemplar. ¡Sírveme otro Pisco!

Más copas: la Mula de Guanajuato que tan bien (y tan bonito) elaboran en Ameyal, el mexicano elegante. Pomelo, lima, sirope de chile ancho y ginger beer en tacita de cobre; no se lo pierdan.

Y más copas en la barra de Bouet (un mojito, por ejemplo) o una Margarita en la Casa de los Amores de José Gloria. Que tomen nota tantos cocineros comprensivos: queremos beber. Bien.

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