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el tintero / OPINIÓN

La paga extra

En el ecuador de este caluroso mes, los que trabajan por cuenta ajena, miran el calendario esperando que lleguen las ansiadas vacaciones y alivian el bochorno gracias a ese invento de los años 40 llamado ‘paga extra’ que ayuda a sobrellevar las vacaciones con cierta holgura. Vivimos en un déjà vu

18/07/2018 - 

Hoy se cumplen 82 años del día en que se inició la contienda civil en España y 71 del que se instauró la vigente paga extra de verano. Muchas décadas pero ambos hechos en mayor o menor medida, se mantienen vivos en la actualidad y ambos por interés. De un lado el interés de azuzar la etapa más oscura de nuestro pasado reciente donde la lucha entre compatriotas acabó con un terrible derramamiento de sangre, y por otro lado el interés de recibir unos ingresos extra que tuvieron su origen en un momento de gran crisis por el incremento del coste de la vida y la caída de los salarios. Algunos lo consideraron un parche del gobierno de Franco, de hecho la paga equivalía al salario de una semana, actualmente supone el de un mes. 

Dicen que el ser humano es un animal de costumbres y es cierto, nos habituamos a algo y lo repetimos con cierto automatismo. La citada paga extra de verano, que en su día se le llamó también ‘paga del 18 de julio’ buscando así una significación política concreta, podría haber sido retirada al inicio de la democracia por innecesaria, pues la España del 78 nada tenía que ver con la paupérrima de la posguerra, y también por haberla considerador un reducto del franquismo. Pero, en términos generales, se consideró que tampoco había que romper con todo lo realizado durante los 40 años de franquismo y por eso se apostó por una transición tranquila y razonablemente conciliadora, reparadora de las heridas y protagonizadas por muchos de los protagonistas de aquellos crueles tiempos. 

Justo 40 años después del inicio de la democracia, mantenemos la costumbre de las pagas extra. La de Navidad porque somos ateos practicantes y nos gusta reunirnos con la familia, decorar las casas con Nacimientos y gastar el doble comiendo y regalando, en definitiva, que cambiamos pero no tanto. Y la paga extra de verano porque a nadie le amarga un dulce, o una horchata o dos, o una semana en la playa o dos, y pese disponer de mecanismos que podrían haber abolido ese dispendio al vincularlo a un régimen no democrático y que tenía en su instauración (la paga extra) cierta simbología referida al triunfo en la Guerra Civil, se mantiene y se perpetua. 

 Muchos pensarán que el hecho de mantener esa retribución extra es puro sentido común, practicidad, ayuda a las sufridas familias españolas y que no hay porqué eliminar todo lo que se hiciera durante los 40 años de oscuridad, o al menos, no aquello que llene nuestra cuenta bancaria. Me recuerda esta común aceptación a la unanimidad con la que los parlamentos suelen votar las subidas de sueldos de sus señorías. Ahí no hay rivalidad, ni debate, ni enmiendas, siempre votan todos a favor. Una cosa es predicar y otra dar trigo, que gran y cruel verdad. Y si esta reflexión se hiciera de manera global con todo lo hecho en las últimas décadas y los gobernantes se dedicaran a rectificar y mejorar pero no a arrasar e inventar cada cuatro años un sistema nuevo, otro gallo cantaría.   

En las pocas semanas de gobierno del silente Sánchez parece que hayamos realizado un viaje en el tiempo, como si de golpe todos fuéramos extras de la serie Cuéntame, de hecho las colas del fin de semana en el Valle de los Caídos parecían una recreación en tecnicolor de tiempos pretéritos. Habrá que empezar a destruir tanta obra pública de los años del desarrollismo, tanto colegio, tanto hospital y cómo no tanto pantano. Rehagamos todo para dar empleo y de paso hacerlo transversal, plural y con perspectiva, de género claro. Rompamos con todo lo hecho en el pasado, salvo con la paga extra claro, bueno y con la Seguridad Social tampoco. El empeño del actual gobierno por reescribir y reinterpretar la historia, así como atacar algunos de los pilares de nuestra democracia como la educación concertada y los conciertos en la Sanidad pública, denota que aquí nos cuesta mucho entender y respetar la historia, y sobre todo, mirar al futuro con ilusión y esperanza. 

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