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LA LIBRERÍA

'La polilla en la casa del humo': dioses mecánicos y claustrofobia en lo nuevo de Guillem López

El escritor castellonense nos lleva esta vez a un mundo excavado en las profundidades de la tierra en el que vivir es un privilegio difícil de conservar y soñar un lujo que nadie se puede permitir

18/04/2016 - 

VALENCIA. En las miles de galerías, minas, pasadizos, túneles, grutas, cuevas y nichos que configuran el mapa del pozo, uno se puede encontrar cualquier cosa, y por lo general, ninguna será buena. Se dice que en algún momento, y sin que haya trascendido el motivo, los hombres y mujeres de la lejana superficie decidieron cavar y cavar como topos; cavaron tanto que dejaron atrás el infierno y aun así no pararon. El pozo es un abismo en constante crecimiento que horada la tierra y abre surcos en ella como una ponzoñosa enfermedad imposible ya de extirpar. Sus habitantes, consagrados a la interminable tarea de llevar más allá los límites de esta gigantesca madriguera a base de picar, picar y picar sin descanso, encuentran poco consuelo en su día a día. Los pocos cristales de ámbar que constituyen sus sueldos son destinados a la satisfacción de ciertas necesidades que las partes todavía orgánicas de sus cuerpos híbridos exigen. Porque avanzar en la sociedad del pozo supone ir prescindiendo de porciones de uno mismo; es un sacrificio que el dios de la mecánica precisa, una liturgia de sangre, vísceras, pistones y chasquidos que sus sacerdotes ofician por el bien de la colonia humana de las profundidades. Así, cuando uno crece lo suficiente, debe iniciar el proceso que le convertirá en un ciudadano de pleno derecho, en un ser biomecánico que cavará hasta que lo reciclen. 

"Cuando alcanzas la edad te convierten en algo útil. Hasta ese momento eres una idea, un proyecto. Sobrevives en las grutas, te defiendes de las violaciones y los abusos. Eso te curte, te hace duro por fuera. Pero hay un tiempo, una frontera difusa en la que ya no eres un crío, ni lo suficientemente adulto como para aguantar las amputaciones y los implantes del mecatacto. En ese lapso eres otra cosa: algo que no es carne ni hueso, a pesar de que sangra; que no tiene una verga ni un chocho, pero folla; que mata de una cuchillada en el cuello o muere si le aplastan la cabeza; alguien que no existe, aunque se arrastra oculto en la mugre”. Quien dice esto es Veintiuno, el protagonista de La polilla en la casa del humo, la nueva novela de Guillem López (Castellón, 1975) recién salida del horno de  Editorial Aristas Martínez. Porque Veintiuno se encuentra justamente en ese impasse, está a las puertas de una vida adulta que pensándolo bien, no desea. No es que disponga de planes mejores que dejarse llevar montado en una nube de bok, pero puede que se le ocurra algo brillante; es un adicto, sí, y también un fracasado -como todos allá abajo- pero no un estúpido. 

El día a día en el pozo es espantoso. La jornada comienza con una legión de mineros y mineras horriblemente parcheados y modificados dirigiéndose al trabajo con sus implantes quejumbrosos chirriando y escupiendo gases. Algunos se desplazan sobre ruedas dentadas, otros cuentan con piernas movidas por músculos hidráulicos. Muchos han prescindido de sus ojos originales y los han sustituido por lentes que les otorgan el aspecto de enormes y ruidosos insectos mecánicos. Todos emergen de sus hediondos, húmedos y míseros hogares para cumplir con la función que les ha sido asignada. Otros, quienes viven al margen de la ley, llevan a cabo sus trapicheos. Vendedores de savia, de kif, de polvo de huesos. Traficantes de armas. Sicarios del hampa. Y luego, por supuesto, están los demás. Seres anónimos que se esconden en recodos especialmente oscuros, agazapados esperando a que pase alguien a quien violar, robar o asesinar. O las tres cosas, y no necesariamente en ese orden. El pozo parece un útero canceroso que cada día escupe vástagos para los cuales no hay esperanza alguna. Pese a todo, Veintiuno sabe cuidarse de sí mismo. Lleva años defendiéndose de los abusos, de los asaltos y de las palizas. Ahora ha llegado el momento de ser algo más. Alguien importante. Como Papi Piszkos y sus secuaces.

Porque en el pozo que ha creado Guillem López para nuestro perverso deleite como lectores, hay pocas posibilidades. O eres el violador o eres el violado. O eres el asesino o el cadáver. El ladrón o el desvalijado. Veintiuno tendrá que enfrentarse al inevitable paso a la madurez y afrontar las consecuencias de sus decisiones. Como buen buscavidas, deberá escoger entre la honestidad o el éxito, pese a que en el pozo, por definición, el éxito no puede existir. Prosperar significa ir apretando el nudo de la soga que te colocaron en el cuello al nacer. Un paso en falso y uno acaba hecho papilla o colgado de sus propios intestinos para jolgorio de los asistentes a los juicios públicos. La polilla en la casa del humo no es un libro para estómagos sensibles. El pozo es un lugar donde la violencia es el pan mohoso de cada día. ¿Qué ha llevado a López, autor de la luminosa Challenger (escogida entre lo mejor de 2015 en la revista Weird Fiction USA), a pasar de la explosión blanca del transbordador sobre el cielo azul de Florida a esta historia en territorio de gusanos? Si en su anterior novela siempre estaba presente la esperanza que otorga el asombro ante lo inesperado, aquí todo se ejecuta en la dimensión del horror previsible: los protagonistas de Challenger vivían situaciones que eran destellos en sus vidas, independientemente de cómo fuesen los resultados. En La polilla en la casa del humo, sin embargo, sus protagonistas ven pasar los días aplastados por el No future más gris que uno pueda imaginar. 

El autor de Castellón, sin duda una de las mejores voces nacionales del género fantástico, ha conseguido que leyendo este libro uno tenga la sensación de estar contemplando el frenesí de un hormiguero encerrado entre dos láminas de plástico: cuánta actividad, cuánta energía invertida para nada. El pozo bulle de vida, ¿y para qué? Si esta vida se consume sin dar más fruto que la continuidad de un sistema podrido y sin sentido. Podemos intuir que un cambio de perspectiva de tal magnitud de una novela a la siguiente responda a una necesidad, a un desahogo. Que cada cual saque sus propias conclusiones tras leer el libro. ¿Tendrá algo que ver con ese enfado constante que últimamente todos arrastramos? ¿Será el pozo solo ficción, o un reflejo no tan distorsionado como pudiera parecer? Se dice que el pozo es infinito en el tiempo y en el espacio. Pero también que el pozo lo lleva uno dentro. 

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