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LA LIBRERÍA

‘La primera vez que vi un fantasma’, la primera vez que leí a Solange Rodríguez Pappe

La escritora ecuatoriana nos propone un volumen de relatos donde lo que menos asusta son los espectros y lo que verdaderamente inquieta es la posibilidad de que lo extraño se desvanezca

1/04/2019 - 

Lo que resulta extraño no es una apreciación universal; cada uno se extraña a su manera y por diferentes motivos, lo que a una le parece extraño a otro le parece lo más normal del mundo: el mismo concepto de la normalidad es bastante extraño si se piensa bien, si se mira con atención lo que se tiene alrededor resulta difícil creer en alguna clase de estándar. Los experimentos que podrían confirmar esta intuición son sencillos, pueden ponerse en práctica en el baño, en el recibidor o en el ascensor. Basta con mirarse a los ojos frente a un espejo el tiempo suficiente para que de pronto algo tan habitual como nuestro propio aspecto se torne inquietante, para que de pronto la normalidad se desdibuje y comencemos a temer que esa imagen que nos sostiene el desafío visual vaya a pestañear sin que nosotros lo hagamos, y entonces qué. Si eso sucede, qué. Si eso sucede, adiós a todo lo que creíamos saber de la vida. En el fondo uno siempre tiene la sospecha de que lo inesperado está al acecho, que aguarda al otro lado de la superficie reflectante que a lo mejor no lo es, que quizás es transparente y es una entrada o una salida. El otro experimento puede llevarse a cabo frente al espejo también o en la cama a oscuras, solo hay que reconcentrar el pensamiento en torno a la idea de nuestro propio nombre. Me llamo Olga. Me llamo Olga. Me llamo Olga. Me llamo Olga. Me llamo —en el instante en que llamarse de algún modo resulta levemente extraño, el conjuro ha surtido efecto—. Me llamo... A partir de ahí la normalidad se va por el sumidero de la conciencia y sabemos que somos, pero no exactamente qué somos.

Compartir extrañezas no es tarea sencilla. Sí miedos, y por supuesto tristeza, pero lograr una atmósfera genuinamente extraña en la que otros se puedan adentrar no tiene que ver solo con colocar elementos fuera de su lugar natural. Eso es una estrategia barata que no suele salir bien. Sublimar lo extraño requiere disponer de una visión diferente, una que puede caracterizarse por encontrarle por sistema el reverso desconcertante a situaciones comunes, por desconfiar de la apariencia inmediata de las cosas o por tener facilidad para imaginar giros de los acontecimientos poco probables. De veras, el ejercicio literario de lo extraño es una prueba a la que se enfrentan la mayoría de escritores y la mayoría de escritoras una vez superada la primera época emocional de su oficio: en los talleres de escritura es frecuente solicitar algún esperpento, alguna deformación de la realidad en pocas palabras, y si no es en un taller, será queriendo emular a Cortázar, o puede que incluso a Murakami. Pero a las historias extrañas y a las historias teóricamente extrañas las separa una delgada línea que según cambia la perspectiva se convierte en un muro infranqueable contra el que puedes estar chocándote mucho tiempo sin hacer que salte siquiera un poco la pintura. Qué extraño resulta no poder conseguir recrear lo extraño, cuando lo extraño se nos antoja algo tan normal.

Por suerte hay gente para quien evocar lo extraño es lo más normal del mundo, o por lo menos eso es lo que dan a entender escribiendo relatos como los que integran La primera vez que vi un fantasma, de la escritora ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe, que ha publicado un librito estupendo en el catálogo de uno de esos sellos con la puntería muy fina, Editorial Candaya. Solange Rodríguez cuenta ya con una trayectoria como para haberla leído con anterioridad: hasta la fecha ha publicado, además de este título, Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010), Caja de magia (2015), Episodio aberrante (2016), La bondad de los extraños (2016) y Levitaciones (2017), un currículum bibliográfico envidiable que sin embargo no le resta ni un ápice de disfrute al hecho de conocerla con La primera vez que vi un fantasma. Si gusta este último libro, hay mucho tiempo perdido con Rodríguez Pappe que recuperar. Decíamos tanto de lo extraño hasta llegar aquí porque si algo define los relatos de este volumen es la presencia ominosa de los extraño, que adquiere formas maravillosas, como esos seres felinos emplumados que nacen en plena efervescencia hormonal de una de las humanas con las que van a convivir. La presencia ominosa de lo extraño, y los personajes femeninos.

Lo extraño gusta mucho de manifestarse en las ausencias, y de esto también hay: falta un pecho en uno de los relatos, el amor, la prudencia, el asalto sugerido, el sexo con un desconocido y los remordimientos posteriores, la receta del plato principal, el recuerdo exacto. Falta la explicación anhelada, la causa para el efecto, la razón para un elefante, más somníferos, menos reflejos, el fantasma de Bonnie y el de Clyde, el nombre del espectro tímido de la esquina, el amante secuestrador, la maleta en el armario. Todo esto falta, y falta a propósito. Falta porque Solange Rodríguez así lo desea, porque sustrayendo la cantidad exacta de explicaciones, causas, razones, somníferos, reflejos, fantasmas de criminales, nombres de fantasmas, amantes y maletas, queda un combinado a mitad camino entre el pisco y la rana licuada: por un lado exhibe lo puramente terrenal de los días por los que transcurrimos y por otro te permite tenderle la mano a ese yo que seríamos si de buenas a primeras el animal doméstico que acogimos se volviese menos doméstico y más salvaje, menos salvaje y más de otro lugar lejano del que nada sabemos ni hemos sabido nunca y del que con toda seguridad no sabremos jamás. Precisamente ahí reside la belleza de lo extraño: es una invitación al reencantamiento de una cotidianidad que a fuerza de noquearnos a diario con sus normalidades imposibles, sus normalidades grotescas, nos empuja hacia una irrealidad que ante tanto despropósito y ante tanto espanto solo puede hacer que respiremos aliviados. El paraíso es lo extraño, refugio de los normales.

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