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POLÍTICOS AL HABLA / OPINIÓN

La santidad en la política

12/11/2018 - 

Leí el pasado viernes un artículo de Manuel Villoria en el periódico El País sobre la necesidad de recuperar el valor moral de la democracia desde una regeneración política más centrada en la calidad de las instituciones que en la "santidad de los electos". 

Apunta el autor que el Gobierno de Pedro Sánchez erró intentando vender un gobierno de seres celestiales tras la moción de censura a Mariano Rajoy, pero tuvo que asumir su terrenal realidad tras las dos primeras dimisiones ministeriales. Efectivamente, a la tercera crisis el recurso a la vía del cese le hubiera afectado en primera persona, por lo que se descartó. En mitad de la cuarta, con la Ministra de Justicia como protagonista, los socialistas recuperan aquello del “no es no” para responder a las peticiones de asunción de responsabilidades políticas. 

Apunta Villoría que la "invocación a la guía y respeto de los valores democráticos no debe confundirse con la infantil creencia en la política como espacio de pureza virginal, donde seres especialmente dotados para la bondad deliberan en paz sobre el bien común […] la esencia de la dignidad democrática está en la capacidad de conseguir que hasta los demonios tengan que cumplir las leyes, que tengan que asumir valores como la imparcialidad y la transparencia, que tengan que rendir cuentas de forma continua y asumir las consecuencias de sus actos". 

Coincido en la necesidad de apartar la guerra sucia y la hipocresía de la política, en distinguir los errores de las personas del respeto a las instituciones y en aplicar los mismos parámetros de imparcialidad, transparencia y exigencia a todos por igual. Ni me gusta la incoherencia, ni los ejercicios de politiqueo ad personam, tal vez sea porque permanezco en mi ingenua obsesión por aportar a aquello de dignificar esta vocación política. 

Recordaba, al hilo del aconsejable artículo de Villoria, dos momentos vividos esta pasada semana en Les Corts Valencianes. En ambos, desde mi humilde opinión, algunos autoproclamados adalides de la honorabilidad y la honestidad le hicieron un flaco favor a la calidad de las instituciones, posicionándose a favor o en contra desde la incoherencia y en función de las personas y los intereses partidistas. 

De un lado, la Comisión de Coordinación valoró el pasado martes la recurrente petición de Podemos-Podem de modificar la Ley de estatuto de expresidentes de la Generalitat. Podría decirles que lo sé, pero seré sincera si les digo que he perdido la cuenta de las ocasiones en las que la llamada formación morada ha planteado este debate durante esta legislatura. La diputada proponente hizo suyo el famoso "no pienses en un elefante" cuando se dijo a sí misma que el asunto "no era una obsesión ni manía persecutoria". Ya.

Sobre este asunto, algunos abogamos por diferenciar las circunstancias particulares de las personas de la dignidad del cargo de expresidente de la Generalitat e intentar proteger y preservar el respeto debido a la figura de los máximos representantes de nuestro autogobierno. Compromís y Podemos-Podem no pudieron alejar su reflexión sobre esta cuestión de los prejuicios hacia las personas que han ostentado tal responsabilidad. ¿Sería distinta su opinión de afectar a alguno de sus colegas o pensar que podría afectarles? Yo diría que sí, y que ya se sabe que lo suyo son las "manías persecutorias".

Claro que suele comprobarse que tal enfervorizada defensa de la honorabilidad, la transparencia y la dignidad también termina en Podemos y Compromís (como en el caso del PSOE y Pedro Sánchez) cuando les toca a ellos alcanzar tal responsabilidad.

Cuarenta y ocho horas más tarde, durante el debate sobre el plan de trabajo de la Comisión de Investigación sobre la supuesta financiación ilegal de PSPV y Bloc, Podemos bloqueaba sin justificación razonable las comparecencias de Ximo Puig, Mónica Oltra, José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Pajín, Beatriz Corredor, Bernat Soria y José Luis Ábalos. Estas comparecencias habían sido pedidas por el Partido Popular y Ciudadanos en calidad de conocedores y responsables de la financiación de ambos partidos durante la etapa investigada. Podemos no quiso ser transparente ni equidistante en este caso, sencillamente, protegió a sus socios en perjuicio de la credibilidad de la comisión y, en general, de la labor parlamentaria de fiscalización y control en Les Corts.

Solía pensar tras las elecciones autonómicas del 2015 que a algunos partidos políticos les iba a venir bien bajar a la arena tras años de cómoda crítica desde la barrera. Criticar es fácil, lo difícil es gestionar. Intenté recordarle este asunto a la Vicepresidenta Oltra esta misma semana, ya que para juzgar su gestión resulta imposible no recordar sus camisetas, sus voces y sus formas en Les Corts cuando estaba en la oposición.

Tras casi una legislatura esperando ver con esperanza un atisbo de humildad, descubro con tristeza que la coherencia ha dejado de ser un bien apreciado en cierto lado del parlamento. Está claro que  algunos debemos ser "santos" y vale todo para derrocarnos pero para otros es tan fácil como cambiar las reglas del juego en función de cómo sople el viento. 

Como le leí al socialista Toni Gaspar, preguntado sobre esta cuestión en relación al PSPV: no es lo mismo "córrer que fugir".

Pues eso.

María José Catalá es portavoz adjunta del PP en Les Corts

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