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De la sensualidad al patetismo hay una frontera fina, muy fina

La tengo morcillona

¿Quién no ha jugado alguna vez a untarse de mantequilla el cuerpo, a colocar nata montada en lugares erógenos, a regar la figura con champagne? Yo no, la verdad. Nunca.

| 16/06/2017 | 4 min, 44 seg

Sería incapaz, la imagen que me devuelve mi cabeza en situaciones así está mucho más cerca de una mañana en la Tomatina, o de una parodia de Hotshots- con el prota friendo huevos con panceta en el vientre tórrido de ella-, que de una sensual escena de Nueve semanas y media.  

Aunque el sexo y la comida son actos con evidentes conexiones subterráneas, no me es fácil relacionarlos, no. 

Plátanos o Happy Pirulos comidos con parsimonia de Lolita, rollitos que chorrean crema, frutas carnosas que explotan en jugos al hincarles el diente, ostras titilantes, en cuanto asoma la posible metáfora sexual me sonrojo, no por mojigatería sino por vergüenza ante el estereotipo cutre salchichero. Y ya todo es comer pensando en la sintaxis de  Rajoy. 

De la sensualidad al patetismo hay una frontera tan fina como una masa filo, no me lo negaréis.

Igual es que tampoco albergo la suficiente fe como para creer en el poder afrodisíaco de la comida, más propio de fans de la homeopatía, o de concursantes del First dates que de personas sensatas. No hay evidencias científicas que apoyen tal poder, a menudo obedece a cuestiones tan pueriles y tontorronas como el parecido físico con los órganos sexuales: si como mejillones, almejas, ostras, estoy comiendo vulvas, si como criadillas de toro, seré más viril y aumentaré mi libido.  Bueno, es como si un calvo se come un kiwi con piel con la esperanza de que le crezca de nuevo la pelusilla. 

Son costumbres que vienen de lejos, eso sí, que ya Fernando el católico incluyó en su dieta los testículos de toro bravo, lo que no hace sino demostrar que la sinrazón es una tradición arraigada en el ser humano. También los romanos tomaban satirión, esa parte de la orquídea que recuerda a los testículos, y se hinchaban a habas por la misma razón.

Más cosas repugnantes: en la época medieval y renacentista hizo furor la sangre menstrual. Las mujeres la guardaban y la mezclaban con la comida y la bebida que les servían a sus esposos para que las quisieran con más ardor. 

Eso sí, la irracionalidad deja de tener gracia cuando se convierte en una práctica salvaje, como sucede en algunas países asiáticos y africanos donde están convencidos de que el polvo del cuerno del rinoceronte negro posee la propiedad de incrementar la libido.

No negaremos que todo lo que aumente el flujo sanguíneo favorece las relaciones sexuales.  Pero en este caso, el top ten de los afrodisíacos serían el apio y el ajo, ¿a que suena excitante? 

Es un hecho, que en general, el maridaje comida y  sexo resulta bastante popular. Hace unos años se desató la fiebre por los platos eróticos, y como una salmonelosis en una boda, fue contagiándose de ciudad en ciudad, desde la Ruta de las tapas eróticas de Fuengirola, hasta el Porno taping de Avilés. Los chefs participantes, tras verse una maratón de pelis de Torrente, Esteso y Pajares,  aportaron creaciones gastronómicas tan sutiles y sugerentes como Nido de amor con mucho rabo, Los huevos de Manolo, la Minga dominga, Empieza por la punta, La flauta de Bartolo, La tengo morcillona, Picha ardeinte o Mucho requesón. *

(*todos son nombres auténticos de platos.)

La presentación de los platos no desmerecía para nada la inventiva tituladora. 

En fin, que hace ya años que el food porn está de moda, tan de moda que hasta tiene parodia en South Park donde un personaje se masturba viendo programas de cocina.

Pero a pesar de esta fiebre combinadora, de la incursión sexual en la gastronomía, mi impresión es que sigue siendo difícil hacer cualquier cosa con el sexo que no sea sexo. Ya sea en gastronomía, en literatura o en cine, las posibilidades de ser cursi o chabacano se incrementan geométricamente en cuanto a la ecuación se le introduce la variable sexo. ¿Se le introduce? Y ya todo se vuelve un juego de palabras burdo y facilón.

Y sin embargo, la relación existe, desde ese cuento superventas en que aparece una manzana como símbolo del pecado y el deseo, hasta el hecho mismo de que nuestro primer contacto con el mundo se realiza chupando, chupando un pezón. Que ambos placeres tienen su origen en instintos ligados a la supervivencia de la especie, transformados en experiencias culturales por el ser humano. Que en un orden más superficial, en los rituales del cortejo, el macho y la hembra salen a cenar como un preliminar de las relaciones sexuales.  

Sexo y comida están indefectiblemente unidos, sí, me pregunto si esa unión no debería permanecer en el territorio de la intimidad, allí donde no hay más espectadores que los propios sentidos, allí donde se encuentra uno desnudito de prejuicios, de estereotipos y demás apreturas sociales. 

Porque igual que la verdad o la fe, estos placeres crecen como plantas frondosas en la oscuridad interior pero se marchitan con el contacto exterior.

Y entonces, ¿qué haces escribiendo sobre ello?

Pues eso mismo me estaba preguntando yo. 

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