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LAS CARAS DE LA GASTRONOMÍA 

La vida del camarero en Valencia

Volvemos a hablar de ellos (y ellas), los peones del tablero de la gastronomía —el factor clave que olvidamos tantas veces: los camaremos

Por | 10/02/2017 | 4 min, 14 seg

“Todas las prostitutas con las que hablo me dicen que es mejor que trabajar de camarera. Trabajar de camarera debe de ser el oficio más jodido del mundo”

La frase es de Woody Allen (qué bueno es el cabrón) y quizá tenga toda la razón del mundo, porque no es tan extraño seguir usando la profesión del camata como radical ejemplo de lo que entendemos por “estar puteado en el curro”. Qué injusto, ¿no? Vale que los horarios son horribles —o directamente incompatibles con una vida familiar medianamente “normal” (aunque no tengo yo muy claro qué significa exactamente eso de “normal”) y vale también que es una profesión estresante, durísima y, tantas veces, tan mal pagada.

Pero yo también veo la otra cara de la moneda: la humanidad, el calor de tantos compañeros y el reto constante que es el día a día de una de las profesiones más bonitas del mundo (la otra, sin duda alguna, es el periodismo) y es que al fin y al cabo vuestro curro va de hacer feliz al comensal; en el único dominio en que puede esperarse hallar la felicidad tres veces al día.

Es momento de volver a conversar con camareros (y camareras) de Valencia, queremos saber sus motivaciones, sus porqués y lo que de verdad esconden en la faltriquera. Este viaje comienza (nunca mejor dicho) en Dos Estaciones, la casa de comidas de Iago Castrillón Y Alberto Alonso (Patxi), donde brilla con luz propia Esther González —siempre atenta y sonriente en sala.

¿Te sientes camarera, Esther? 

Hace un tiempo te habría contestado que soy profesora, aunque trabaje de camarera. A día de hoy, sin embargo, me siento tanto camarera como profesora. He compaginado ambas profesiones, que aunque parezcan muy diferentes, no lo son tanto. En una estudié para poder enseñar,  en la otra, a la que me dedico ahora 100%, aprendo cada día algo nuevo. Ese conocimiento lo plasmo luego la hora de trabajar. Me ocurre por ejemplo con el mundo del vino, que es infinito. Estoy en pleno aprendizaje en este universo en el que te te encuentras con olores y sabores indescriptibles.

Ese aprendizaje lo transmites a los clientes que, una vez sentados en la mesa, se dejan guiar por ti. ¡El trato directo con las personas es fantástico! Lo mejor, el cliente que confía en ti y cuando sale del restaurante te dice “ha sido una experiencia maravillosa”.

¿Cómo debe ser para ti el camarero/ camarera perfecta? 

El camarero perfecto debe de ser sencillo, amable, con un trato muy cercano al cliente. No deben faltarle las ganas de que el servicio sea el complemento perfecto de la cocina y además, ha de tener un estudio impecable de la carta. Su sonrisa nunca puede fallar durante un servicio. ¿Y el cliente perfecto? El mejor comensal que te encuentras es aquel que una vez cruza la puerta de 2 Estaciones, se deja llevar en todos los sentidos por todo el equipo y el que confía en todo lo que le puedes ofrecer. Alguien que viene a disfrutar y en todo momento no se le va la sonrisa de la cara. Esa imagen es una satisfacción enorme. Te hacen una crítica constructiva y una vez ha terminado el servicio, tienes la sensación de haber hecho bien tu trabajo. En ese momento a ti no se te borra la sonrisa de la cara.

No estoy conforme con la gente que en el momento que ya está pidiendo una caña, hace malos gestos , tiene comentarios negativos y ante todo no tiene respeto por todo el esfuerzo que hay detrás del escaparate que ellos están viendo.

“El número ideal de comensales para una cena es dos... yo y un buen camarero”, Noel Clarasó.

Segunda parada, El Gastrónomo (cómo me gusta este clásico, su maravilloso steak tartar y ese arroz de verduras…) donde Máximo Marín “Maxi” sigue al pie de las letras los cánones del servicio de sala más tradicional y purista —“atento, amable en el trato y con vocación”. En cuanto a cómo se siente: “Sí, soy camarero porque es la profesión que he desempeñado desde que con veinte años hice el servicio militar, donde descubrí no sólo el oficio sino también los valores que le acompañan”.

Tendrás mil anécdotas graciosas, cuéntanos alguna… Recuerdo con cariño las típicas novatadas en Navidades de enviarte al bar de al lado a por el pelador de gambas o el cocinero que empanaba tapones de corcho para obsequiarnos con sus "croquetas especiales".

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