Libros y cómic

LA LIBRERÍA

Entendiendo el cinismo, la filosofía del perro

Hermida Editores publica esta obra sobre una escuela de pensamiento cuyo nombre se ha convertido en algo tan diferente a su significado original como el del propio Diógenes

  • Diógenes, de Jean-Léon Gérôme (1860)
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Comparecencia en directo en YouTube, última hora en el gabinete de las mentiras institucionalizadas, las paparruchas (nuestra palabra para fake news) convertidas en el lenguaje de la comunicación política al más alto bajo nivel. Culto a la maldad y a la muerte, desprecio a la vida como sinónimo de éxito y nosequé del ethos de guerrero. Secretarías de Estado de Guerra en lugar de Defensa, porque la mejor defensa es un buen ataque. En otros parlamentos extrañas alianzas interespecies y la oposición frontal a cualquier tipo de acuerdo. Se parodia el conocimiento, se hace bandera de la ignorancia, se trivializa el sufrimiento ajeno, se niega cualquier afirmación. Se diría, con todo esto, que es la época dorada del cinismo, que vivimos rodeados de cínicos, que los cínicos nos gobiernan, si no es que nosotros también lo somos. Y sin embargo nada tiene que ver lo que calificamos de cínico con lo que fue llamado en el siglo IV a. C. con ese nombre procedente del griego kynismos (quinismos), derivado de kyon (perro), y que significa perruno, porque como perros vivían los discípulos de Antístenes, como el célebre Diógenes de Sínope, prescindiendo de hasta el extremo de lo material, poseyendo solo un manto áspero, un zurrón y un bastón, comiendo pan y lo que proveían los huertos silvestres, durmiendo en cualquier parte, ejercitándose por la vía del hábito, mendigando con orgullo e incluso arrogancia pues se sentían más cerca de lo divino que de lo humano, diciendo verdades con una franqueza despojada de cualquier filtro, haciendo todo en público como forma de reivindicar lo natural –y escandalizando al resto de vecinos–.

Los cínicos creían que la virtud era el único camino a la felicidad, y que los bienes materiales, el poder, o las influencias externas eran obstáculos para llegar a ella. Su falta de decoro y de delicadeza iba unida a una profunda sabiduría y sinceridad. Hasta nosotros ha llegado sobre todo la figura de Diógenes, por aquello de habitar un tonel, pero también por otra perversa inversión del significado: del mismo modo que el cínico original era todo lo contrario al cínico de ahora, el síndrome de Diógenes se conoce por uno de sus efectos, la acumulación de toda clase de objetos, cuando precisamente el cínico de quien hemos tomado el nombre prescindía absolutamente de todo lo que no fuese el equipo total de los perros: manto, bastón, zurrón, y ya está. La cuestión es que alguien creyó que otro efecto del síndrome que sufren sobre todo hombres de avanzada edad, el aislamiento, era un rasgo típico de Diógenes, pero tampoco. Muestra de ello es Cinismo. La filosofía del perro, el fantástico libro publicado por Hermida Editores con edición de Gonzalo Torné y traducción de Marcos Brull que recopila la escasa obra cínica que ha llegado hasta nosotros, en este caso, de sus tres principales referentes, Antístenes, Diógenes y Crates: cartas, sentencias y anécdotas protagonizadas por estos filósofos y por figuras de la talla de Alejandro Magno, Sócrates o Platón –blanco de muchas de sus mejores bromas y pullas, cuando no insultos–.

  • Cinismo. La filosofía del perro (Hermida Editores, 2026) -

Una de Diógenes: “Treinta y tres: a Fanómaco: Estaba sentado en el teatro enrollando unos papiros cuando vi llegar a Alejandro, el valiente hijo del poderoso Filipo. El príncipe se detuvo delante de mí, de manera que quitó la luz del sol y ya no podía seguir enrollando mi papiro. Levanté la vista, me saludó y me tendió su mano derecha para que la estrechase. Después le dije:

—Tu fama de invencible es cierta: me has dado pruebas al acercarte a mí. Justo al llegar, has eclipsado el sol a voluntad, una tarea propia de dioses.

—Bromeas como siempre, Diógenes.

—Digo la verdad. ¿No ves que no he podido seguir enrollando el papiro, ciego como si se hubiese hecho de noche. Y sin embargo puedo seguir hablando contigo como si no hubiese pasado nada”. Y aquí una de Crates: “Dieciséis: a los discípulos: La filosofía cínica es coherente: sólo puede llamarse «perro» al hombre que vive como filosofa, y reconoceréis al cínico porque su palabra no entra en contradicción con su conducta. Así que no rechacéis el áspero manto ni os avergoncéis del zurrón: son instrumentos tan valiosos como las armas forjadas por los dioses, pues es el único atavío con el que se nos permite recorrer el camino a la felicidad. ¿Y quién puede sostener el manto y el zurrón sino el hombre templado por nuestro género de vida? De la misma manera que un hombre excelente no se inmuta si un estúpido dice que es un mediocre, que os resbale lo que se diga de malo sobre la filosofía del perro y de Diógenes. La opinión no tiene fuerza contra la filosofía de los cínicos. Casi más importante que escapar de la tiranía de la fama y de las pasiones es escapar de la dictadura de esas sombras que conocemos como «palabras». Despreciadlas”.

Esta es la razón por la que la era de las apariencias nunca puede ser por definición una era cínica, pues los cínicos y las cínicas –unos y otras eran bienvenidas en la secta del perro– trabajaban el ser inmunes a las guerras y a las calumnias. Cinismo del de entonces vendría bien como antídoto al hate de las equis muskianas y de tantos otros espacios para el linchamiento indiscriminado. El cinismo actual, por otro lado, se encuentra también en el haberse apropiado de un concepto antagónico y haberse vestido con él, en una suerte de venganza milenaria de los adversarios de Diógenes, quien, de teletransportarse en el tiempo y el espacio hasta este año dos mil veintiséis, entraría en un contenedor y ya no saldría de él.

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo

Vicente Ferrer: "Hay una sensación de desamparo ante la justicia cuando un delito prescribe"