VALÈNCIA. Tras la monumental Los Escorpiones, Sara Barquinero construye, en La chica más lista que conozco (Lumen), una novela de campus que indaga en las aspiraciones, contradicciones y jerarquías del mundo académico a través del recorrido de Alicia, una estudiante que llega a Madrid con la expectativa de convertirse en alguien distinto. Su historia le sirve para reflexionar también de algunos de los males del goloso mundo académico: la competitividad intelectual, las dinámicas de seducción y las zonas grises de la institución. Lo hace a través de la ficción, pero con el subtítulo de Un tratado sobre la vergüenza, también asoma el ensayo.
—El libro comienza cuando Alicia llega a Madrid para empezar la universidad. ¿Qué significa para ti ese momento vital tan concreto y por qué sitúas la historia ahí?
—Lo primero es que me lo inventé por completo. Mi experiencia no se parece en nada a la de Alicia: yo estudié en la misma ciudad en la que nací, viviendo en casa de mis padres, así que no viví el cambio de lugar ni nada de eso. Pero creo que la universidad es un momento en el cual, por una parte, el “qué quiero ser de mayor” se materializa y se convierte en algo concreto, pero aún el abrazo de la vida adulta no es tan pesado. Es un momento de posibilidad extrema, de preguntarse cómo voy a cumplir mis sueños y si voy a ser una persona especial.
—¿Qué dinámicas o particularidades crees que se acentúan en una facultad de Filosofía o entre personas que aspiran a trabajar en la academia?
—Creo que lo que tiene la Filosofía respecto a otras disciplinas es que no tiene muchas más salidas que la docencia secundaria o el mundo académico. Eso hace que haya una competencia más feroz. Me imagino que en Derecho o en Economía, donde hay otro tipo de mercado laboral, las peleas por un puesto de ayudante doctor deben ser otra cosa; quizá ni siquiera hay pelea, no estoy segura. Pero eso marca mucho la competitividad.
Y luego, pensando en ese momento de seducción por el conocimiento, me imagino que es más fácil seducir a alguien en una carrera de humanidades que en otro tipo de carreras. En Física, por ejemplo, puedes hablar de la belleza y los secretos del universo, pero me parece más difícil hacerlo en una ingeniería o en dirección de empresa. Aunque, en realidad, seguro que siempre hay erótica.
—Una de las palabras que le generan vergüenza a Alicia y que se repite a lo largo del libro, casi como un insulto, es provinciana. ¿Qué carga tiene esa palabra?
—Me interesaba la relación entre centro y periferia, que hace que algunas poblaciones o espacios estén más en una que en otra. Pero creo que cuando llaman a Alicia u otras personas provincianas, en realidad se refieren a provincianos de la cultura: gente que no sabe lo que se está haciendo en centros como Madrid o Barcelona. Aunque también puede resultar provinciano alguien de Madrid, diría yo.
—¿Es una palabra de la que una persona se pueda apropiar o es imposible quitarle la connotación negativa?
—Creo que hay gente que ha hecho un trabajo por reivindicar lo provinciano. Pienso en toda la literatura que hace apología de otras formas de escribir, que comenzó, por así decirlo, Andrea Abreu, pero que también está en Calabobos de Luis Mario y en otros ejemplos.
Sin embargo, creo que en los entornos académicos, aunque digamos que todos somos abiertos y regionalistas o provincialistas, es mentira. Al final, esa identificación se utiliza muchas veces para anotarse un tanto, igual que alguien se anota un tanto siendo experto en la España vaciada. No sé si de verdad hay un compromiso, pero se utiliza.

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—Una cosa interesante es cómo la facultad aparece como un espacio permeable a los procesos políticos que ha vivido España en los últimos años. ¿Qué sentías que aportaba a la historia?
—Creo que los intelectuales y la política siempre han estado muy cerca, y que muchas personas que han estado en política tienen una relación clara con la universidad. Eso hizo que durante un tiempo algunas personas, por ejemplo de Filosofía o de Ciencias Políticas, se ilusionasen especialmente con Podemos.
Entonces me pareció importante sacarlo de fondo. Yo recuerdo discusiones sobre momentos de la política del país a grito pelado. Estábamos hablando, a lo mejor, de lo que tenía que hacer Pablo Iglesias, pero ahí se citaba a Lukács y a quien hiciera falta.
—El subtítulo de la novela es Un tratado sobre la vergüenza. Hablas de varios tipos de vergüenza; o mejor dicho, varios significado. ¿Sientes que hay algo que comparten todos?
—Creo que es, sobre todo, el hecho de sentirte descubierto. Te puedes sentir descubierta como víctima, como provinciana o como un ser humano difícil de creer, pero creo que, sobre todo, tiene un sentido de ocultación: la diferencia entre la persona que querrías ser y la que eres.
—Hay momentos en la novela en los que el libro se convierte casi en un ensayo, recogiendo pensamientos y referencias a autores y autoras. Cuando te metías en ese terreno, ¿cómo querías jugar?
—Creo que hay algo muy común entre los estudiantes de Filosofía, pero que también pasa en otras disciplinas, y es que intentas aplicar lo que has aprendido inmediatamente a tu vida cotidiana. Te enseñan lo que es la angustia en Kierkegaard y ya todo te parece la angustia en Kierkegaard. Quería imitar esa manera de pensar y no tanto ser rigurosa —porque ser rigurosa probablemente habría roto la narrativa. Si te pones a explicar un concepto filosófico bien y en toda su profundidad, hay que hacerlo con elegancia y bajar unos cuantos puntos el ritmo.
—¿En qué medida son paralelos el deseo amoroso y sexual y ese componente aspiracional de la universidad, el querer tener un lugar en la academia?
—Creo que el deseo, sexual o romántico, tiene siempre un componente aspiracional. No solo deseas a la persona, sino lo que esa persona representa, la persona que tú serías cuando estás con ella. Eso funciona siempre, no solo en entornos académicos. Sin embargo, en el mundo universitario me parecía importante traerlo a la palestra porque, cuando un profesor es deseado por su alumna, está en juego la identidad de ella. Hay una relación de poder muy fuerte. Alicia quiere ser la persona que es deseada por un profesor, una especie de niña prodigio.
—Por encima del deseo individual, de la atracción concreta…
—Creo que está muy ligado. Yo jamás he sentido un deseo crudo por alguien que no tenga algo que ver con todo lo que lo rodea. Nunca he visto a alguien y he pensado: “Qué guapo, qué caliente me estoy poniendo”. Necesito algo más y creo que eso nos pasa a casi todo el mundo.

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—Leyendo la novela, pensaba que mucha gente de nuestra generación, que hemos vivido durante o después de la universidad la explosión de denuncias públicas sobre abusos, se puede sentir identificada. El gran descubrimiento lector de la novela es lo que enquistadas que se sienten estas dinámicas en la universidad.
—Tal cual. Y vivimos hasta un momento de ceguera: todo el mundo al que le hablo de este asunto reconoce ejemplos y dice: “Así es la universidad”. Pero luego, dentro del mundo universitario, la reacción es: “¿En serio? No me lo esperaba”. Es un ejercicio de cinismo, de autoprotección y de endogamia; de vamos a protegernos los unos a los otros.
—Tiene que ser interesante presentar el libro y encontrarte con testimonios que apoyan esta mirada crítica.
—Las únicas personas que me han negado haber visto nada de esto han sido profesores universitarios.
—Alicia empieza con una cierta inocencia, observa esas dinámicas desde la distancia, pero acaba replicándolas. Háblame de ese recorrido.
—Me gustaba que hubiera un proceso de desilusión y también de corrupción. Además, me interesaba que Alicia fuera un personaje moralmente gris, para que la novela generara más debate. Si fuera una chica estupenda, con amigas estupendas y un profesor muy malo y seductor, sería una novela poco interesante. Mi experiencia en la universidad es que todo es mucho más difícil: el problema es que todo es gris.
—Cuando abordas en la trama el consentimiento, la novela se permite hablar del tema con profundidad y complejidad. Además, aparece el espacio de la militancia y lo que sucede dentro de los propios movimientos.
—Las personas que protestan también son un grupo humano. Van a tener celos, envidias… Pensar que, para ser la feminista perfecta, alguien tiene que ser moralmente perfecto es un poco paternalista. Las ideas de una persona merecen respeto más allá de si esa persona es perfecta o si, por ejemplo, le está poniendo la zancadilla a su amiga. Eso me interesaba retratarlo.
Y sobre el consentimiento, creo que en todas las relaciones hay siempre una relación de poder. Alguien es más guapo, más famoso, está más enamorado… siempre ocurre. Pero lo que me interesaba del espacio universitario es que hay una jerarquía clara y además es un espacio público. No es lo mismo que alguien se líe con sus alumnos en una academia privada de pintura o escritura. Aquí hablamos de una estructura pública donde, además, se repiten ciertas estrategias, como apartar temporalmente a un profesor que da problemas, enviarlo a otra facultad y, cuando ya se ha renovado el alumnado, traerlo de vuelta. Es una estrategia que yo he visto varias veces. ¿Cómo puede ser?
Quien se sienta apelado, que se fastidie o que revise lo que ha hecho a lo largo de su vida
—Incluso aparece elemento la burocratización. Hay un momento de la historia en el que la universidad pide traslada la protesta autoorganizada a otros órganos y consejos, como si ese fuera el único espacio legítimo.
—Sí. A veces esos espacios también son útiles. Yo he estado en juntas de facultad que han funcionado bien. Pero lo que me daba rabia de la burocratización era que las quejas que no estaban formalmente bien formuladas dejaban de considerarse quejas. Y no: en todo caso habrá que trabajar para que estén bien formuladas. Para esto me vino muy bien el libro Denuncia, de Sara Ahmed, que habla exactamente de esto. Fue triste, porque el libro me ayudó, pero al mismo tiempo no me enseñó nada nuevo: todo lo que contaba en 400 páginas yo ya lo había visto.
—En alguna entrevista has comentado que el libro nace de un enfado o de un desencanto con la universidad durante la elaboración de tu tesis. Escribirlo no te habrá hecho limar asperezas, pero al menos algo de justicia poética…
—Sí. Quien se sienta apelado, que se fastidie o que revise lo que ha hecho a lo largo de su vida.
—¿Quién narra la historia? ¿Qué distancia te interesaba establecer entre tu escritura y los personajes?
—Me interesaba que fuese una tercera persona con acceso al pasado y al futuro de los personajes, para poder hacer ciertos apuntes. Por ejemplo, mostrar la relación entre la vida universitaria y la política, anticipando que algunos personajes acabarían con cargos políticos. Eso no lo podía hacer si estaba completamente pegada a los personajes. También quería un narrador irónico, y Alicia no me parece tan divertida, así que era mejor mantener cierta distancia.
—Esta novela se acerca a la tradición de la novela de campus. En Los escorpiones, cada libro también parecía acercarse a un subgénero diferente. ¿Te interesa explorar géneros o universos literarios ya existentes para luego desarmarlos o rearmarlos?
—No sé si lo haré siempre, pero cuando me pongo a escribir suelo leer mucho para ver cosas que quiero imitar. A veces mezclo: novelas de campus con otro tono, con otras referencias. Así voy componiendo. Me ayuda a leer y es como tener un mapa.
—Y ese mapa aparece también en la bibliografía final, algo poco habitual en una novela. ¿Es una manera de compartir ese recorrido con quién lo lea?
—Siempre digo en clases de escritura que la clave es robar, pero hay que saber a quién hacerlo.
