Joaquín Hernández: "Tabarca es un paraíso en el que esconder un secreto"

Cultura

El periodista alicantino regresa al ámbito literario con 'La isla de las flores amarillas', una novela ambientada en Tabarca donde se entrecruza el misterio, la memoria familiar y el deseo de libertad

  • Joaquín Hernández Castillo
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ALICANTE. De la vorágine de los informativos en directo al sosiego narrativo que exige la literatura. El periodista alicantino Joaquín Hernández Castillo regresa a las librerías con La isla de las flores amarillas (Plaza & Janés, 2026), una absorbente trama ambientada en Tabarca donde se entrecruzan el misterio centenario, la memoria familiar y el deseo de libertad. Alicante Plaza con el autor sobre el origen de la novela, el pasado pirata de la isla y el reto de compaginar la adrenalina de la televisión con el arte de contar historias sin prisa.

— Llevas años contando noticias a toda prisa en Antena 3, pero escribir literatura... ¿ha sido una vía de escape o una paliza añadida a tu día a día?

— Ha sido, sobre todo, un gran reto. Estoy acostumbrado al directo de 30 segundos en el informativo y, de repente, me toca crear una historia desde cero y con recorrido largo. No tiene nada que ver con redactar una pieza informativa. Ha sido algo totalmente diferente, pero de momento es un reto superado: ya hay dos novelas en el mercado, el apoyo de los lectores está ahí y estoy muy feliz.

— Esta es tu segunda incursión literaria tras Los secretos del olvido. ¿Cómo nace esa faceta de novelista?

— Todo surgió por pura casualidad. Yo daba clases particulares de piano; un día, al abrir uno de ellos, me encontré un paquete oculto. Supe de inmediato que allí había una historia que tenía que contar. Empecé a idear personajes y tramas, y así nació mi primera novela. Cuando te entra el gusanillo de escribir es como una droga, ya no puedes dejarlo. Ahora, con esta segunda novela, llego con un poquito más de formación y de trabajo... ¡y ya estoy pensando en la tercera!

— Para un turista, Tabarca es un paraíso, pero para la protagonista de La isla de las flores amarillas es casi una cárcel. Tú, como alicantino, ¿con qué versión de la isla te quedas?

— Yo me quedo con el paraíso, sin duda. Siempre digo que hay dos islas: la de los turistas, de nueve de la mañana a siete de la tarde cuando sale el último barco, y la de la tranquilidad y la paz. Esta última aparece cuando se marchan todos y te quedas únicamente con los pocos vecinos y visitantes que pernoctan allí. Ahí es cuando disfrutas del amanecer, del atardecer y de la verdadera cara de la isla.

— En medio de esa atmósfera de calma nace el misterio con unas flores amarillas que aparecen cada mañana sobre el mostrador del hotel. ¿De dónde surge esa obsesión dentro de la trama?

— Conocemos a Rosa, una joven de veinte años que regenta el hotel familiar tras el fallecimiento de sus padres. Se encuentra en la tesitura de sacar adelante el negocio mientras cuida de su abuela, muy mayor. Para ella, la isla es una cárcel. Pero la llegada de Teo, un joven biólogo que acude a estudiar la reserva marina (por cierto, este año se cumplen 40 años de su creación), lo revoluciona todo. Ambos descubren que las aguas de Tabarca esconden un secreto centenario que pondrá sus vidas en peligro y alterará la paz de toda la isla.

— Mencionas las flores amarillas como hilo conductor de la novela, pero detrás hay una especie muy concreta de la isla y un significado emocional ¿Qué simboliza realmente?

— El nombre técnico de la flor es Asteriscus maritimus, una especie muy habitual en Tabarca y enormemente resistente al salitre y al oleaje del Mediterráneo. En la novela, el padre de Rosa le regala esta flor tras un momento difícil en su infancia para recordarle que, al igual que la planta, ella es capaz de resistir ante cualquier adversidad. Tras la muerte de su padre, la flor sigue apareciendo misteriosamente cada mañana sobre el mostrador del hotel. Para Rosa, esa flor es el motor emocional que la mantiene en pie y el hilo invisible que la conecta con su recuerdo.

— Además, la novela nos traslada a dos momentos del pasado: 1991 y 1927. ¿Por qué esas fechas en concreto?

— El año 1991 nos sitúa en una época sin teléfonos móviles, lo que acentúa la incomunicación, pero la fecha clave es 1927, el año en que se automatizó el faro de Tabarca. Antes, los faros estaban habitados por familias que vivían allí dedicadas exclusivamente a mantener la luz encendida. En la historia, Rosa tiene que indagar en lo que ocurrió en aquel 1927 para entender qué secreto ha permanecido oculto bajo el mar hasta nuestros días.

— Profundizando en ese contexto histórico, ¿has descubierto aspectos de Tabarca que desconocías durante la fase de documentación?

— ¡Muchísimos! Por ejemplo, la gente no suele recordar que Tabarca tiene un pasado pirata. La isla que conocemos hoy nació precisamente para expulsar a los corsarios. Carlos III se dio cuenta de la importancia estratégica del enclave y convenció a un grupo de genoveses que estaban presos en una isla de Túnez, llamada también Tabarca, para rescatarlos de la esclavitud, traerlos aquí y poblar la isla. Por eso su nombre oficial es Nueva Tabarca.

— Te nutres mucho de la realidad para construir ficción. ¿Cuál fue el detonante exacto para ambientar esta trama en Tabarca?

— La vida es lo que me da los elementos para mis historias. Tengo una vecina en la urbanización que regenta un hotel en Tabarca, el Hotel Isla Plana. Me contó que, durante varios días al año, la isla se queda absolutamente aislada por los temporales; nadie puede entrar ni salir. Enseguida me pregunté: «¿Qué ocurriría si alguien atrapado allí tuviera que salir sí o sí por un motivo de vida o muerte?». A partir de esa anécdota nació la premisa de Rosa y todo el desarrollo de la novela.

— Publicar con una gran editorial como Plaza & Janés desde tu primera obra no es nada fácil. ¿Cómo lo has hecho?

— Fue una carambola increíble. Yo no conocía a nadie en el mundo editorial. Cuando terminé el manuscrito durante la pandemia, busqué el nombre de un editor por internet y le envié el texto por correo físico junto a unas cartas reales, similares a las que aparecían en el piano de mi historia. Les llamó la atención, leyeron el libro y a los pocos días me llamaron para contratarme. Fue una alegría infinita y un sueño hecho realidad, sobre todo sabiendo lo difícil que es hacerse un hueco hoy en día con la cantidad de novedades que se publican al mes.

— ¿Y cómo estás sintiendo la acogida de esta segunda novela por parte de la crítica y de los lectores?

— Estoy feliz. Tenía bastante presión porque Los secretos del olvido gustó muchísimo y los lectores me decían que había puesto el listón muy alto. Sentía esos nervios inevitables al mandar el texto a imprenta, pero los primeros lectores que ya se la han leído me transmiten que les ha encantado, incluso más que la primera. Eso me deja mucho más relajado y satisfecho.

 

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