Kike Parra: “Me gusta escribir desde un lugar que me incomoda”

Libros y cómic

CONVERSACIONES CULTURPLAZA

‘La vida fuera de casa’ (Candaya) se asoma a personajes en crisis, atravesados por la soledad, la vergüenza y la necesidad de cambiar de rumbo

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Para los protagonistas de La vida fuera de casa (Candaya), la existencia que habían construido se resquebraja sin remedio. Arrastran relaciones agotadas, crisis personales, escombros del pasado, vergüenzas o pequeñas derrotas que terminan alterando el rumbo que creían trazado. Lejos de cualquier heroísmo, Kike Parra Veïnat (Alzira, 1971) convierte esas fracturas cotidianas en el centro de unos relatos donde conviven el humor, el ridículo, los silencios y la fragilidad humana.

Escritor y profesor de creación literaria, ha publicado los libros de relatos Ninguna mujer ha pisado la luna y Me pillas en mal momento (ambos en RELEE), la novela colectiva Mark Zuckerberg: una biografía no autorizada (Contrabando) y los libros de microrrelatos Ningún millón de ángeles cantando (Ejemplar Único) y Siempre pasan cosas (Editorial Enkuadres). Además, es fundador y codirector, junto a Bárbara Blasco, de la Escuela Selecta de Escritura. Conversamos con Parra sobre el deseo de transformar nuestra vida, las decisiones difíciles de justificar y la escritura como vía para explorar otras maneras de estar en el mundo.

-Muchos personajes de este libro habitan una existencia que parece estar agotada. Sienten que hay algo de lo que necesitan salir, aunque no siempre sepan cómo hacerlo…

-Siempre escribo sobre individuos que están un poco fuera de lugar. La escritura tiene que ver con el momento vital del propio escritor. A menudo siento la necesidad de moverme del sitio en el que estoy, de encontrar otra manera de estar en el mundo y en mis relaciones. Me interesa observar cómo reaccionan esos sujetos ante situaciones que para mí siguen siendo una incógnita. Es una forma de explorar posibilidades y anticipar decisiones que quizá algún día deba tomar. Los personajes funcionan como un pequeño yo que se adelanta a mí.

-Estos protagonistas buscan modificar su trayectoria, pero rara vez lo hacen a través de grandes gestas. Sus cambios nacen de decisiones, en apariencia, insignificantes. ¿Por qué decidiste poner el foco en esa cotidianeidad?

-No creo en los héroes ni en las heroicidades. Muchas veces esperamos que los grandes cambios de nuestra vida lleguen a través de algo glorioso, espectacular, pero o no nos atrevemos o no tenemos las herramientas para dar esos grandes pasos. Me gusta pensar que mis protagonistas son más inteligentes que yo y que saben que, a veces, un pequeño gesto basta para cambiar una vida.

  • -

-Tus protagonistas no despiertan admiración, algunos incluso resultan mezquinos, torpes o ridículos. ¿Qué posibilidades literarias encuentras en esas figuras que jamás llamaríamos ejemplares?

-Mientras me preparaba este libro me di cuenta de que la mayoría de los protagonistas eran hombres que hacen cosas difíciles de comprender desde fuera, incluso cosas horribles. A veces ni ellos mismos son del todo conscientes de sus acciones o, si lo son, saben disimularlo. Me gusta escribir desde un lugar que también me incomoda. Me obliga a salir de mi zona de confort e intentar comprender otras maneras de estar en el mundo que no termino de entender.

Hoy en día, muchos lectores sienten que necesitan identificarse con los protagonistas para disfrutar de un libro. Si la lectura consiste únicamente en encontrar personajes que piensan como tú, empobrecemos la experiencia literaria. Siempre he pensado que la literatura y el arte estaban por encima de eso. Y, en realidad, siguen estándolo. Siempre habrá lectores y escritores dispuestos a apostar por personajes incómodos, contradictorios y difíciles.

-Sin embargo, no los juzgas, aunque a veces tomen decisiones difíciles de justificar. ¿Cómo se construye esa mirada compasiva sin convertirla en indulgencia?

-Forma parte de mi manera de escribir. Me interesan esos sujetos deleznables, horribles, cutres, pobres diablos... Intento no justificarlos, pero tampoco juzgarlos. Siempre he confiado en las posibilidades de la ficción. La imaginación permite explorar lugares a los que no llegaríamos de otra manera. Lo que hago es intentar meterme en la piel de un individuo que comparte conmigo algunos rasgos (como cualquiera, tiene claroscuros y aspectos de los que le avergonzaría hablar en público), pero que posee una identidad distinta. Llega un momento en que entro en un estado de inmersión total, dejo de estar pendiente de mi propia conciencia para explorar la de un ser ficticio. Es complicado, pero estimulante. 

-Muchos de tus protagonistas han llegado a una edad en la que hacen balance de su vida y descubren que quizá no ha sido como la imaginaron. ¿Te interesaba explorar ese punto de inflexión?

-Vivimos con la idea de que la vida está dividida en crisis: la adolescencia, la de los treinta, la de los cuarenta, la de los cincuenta... Parece que siempre nos toca atravesar una nueva etapa de incertidumbre e incomodidad. Y esas etapas son un momento vital fértil para la literatura porque el personaje cree que todo puede resolverse, que todavía hay margen para cambiar las cosas. Pero no sabemos si lo conseguirá. Puede llegar a buen puerto o no hacerlo. Esa ambigüedad me fascina y me gusta trasladarla a los relatos.

  • -

-En tus cuentos el amor aparece cuando la relación ya ha entrado en una zona gris, de decadencia, o incluso cuando ya ha terminado, sin grandes rupturas épicas. ¿Qué posibilidades narrativas encuentras en ese ‘después’ del amor?

-A menudo las relaciones se terminan mucho antes de que las personas se separen. Pensamos que cuando algo acaba uno dice adiós, cierra la puerta y se marcha, pero casi nunca ocurre así. Queda una inercia, un peso, o simplemente una resistencia a mirar de frente lo que está pasando. Y entonces la relación continúa, aunque ya no vaya a ninguna parte.

En Diosas del porno, en cambio, sí se ha producido esa ruptura, pero vemos a un personaje incapaz de avanzar. Él sigue atrapado en esa etapa mientras su expareja ha seguido con su vida. Su incapacidad para adaptarse es también una metáfora del paso de un mundo analógico a otro digital. Mientras ella ya ha dejado atrás esa historia, él continúa dándole vueltas, buscando explicaciones que ya no importan.

-Las relaciones familiares, especialmente entre padres e hijos, atraviesan el libro, pero se presentan lejos de la imagen de la familia idílica o la familia como refugio. ¿Qué te atraía de explorar esos vínculos?

-Vengo de una familia que me quiere y que siempre ha estado ahí, pero eso no significa que la considere perfecta. En estos relatos hay bastante de mi propia experiencia: de unos padres que han intentado hacerlo lo mejor posible, que me han ayudado y a los que les estoy profundamente agradecido. Pero cuando uno se hace adulto empieza a tomar sus propias decisiones y descubre que ya no comparte necesariamente la misma forma de entender la vida. 

He pensado mucho en las figuras maternas del libro. Los hijos les reprochan, de forma explícita o implícita, muchas cosas. La madre es quien ha pasado más tiempo con ellos, quien los ha cuidado y educado. En cambio, el padre muchas veces era esa figura que estaba fuera trabajando, que volvía con historias que contar, casi como un Ulises. La madre se quedaba en casa sosteniendo el día a día. Sin embargo, cuando los hijos crecen, es frecuente que atribuyan a la madre parte de sus traumas y conflictos personales, algo profundamente injusto.

-En varios relatos la corporalidad de los personajes juega un papel importante para hablar del paso del tiempo, del deseo o del deterioro. ¿Por qué era importante que el cuerpo tuviera tanta presencia?

-No era plenamente consciente de esto hasta que me lo has señalado. Me pasa a menudo: alguien me comenta algo sobre el libro y de pronto descubro una línea que no había visto mientras escribía. Es parecido a cuando me dicen que en mis cuentos hay mucho sexo. Nunca tengo esa sensación. Luego releo algunos pasajes y pienso que es verdad. Pero no lo busco.

Con el cuerpo sí había un relato en el que era completamente consciente: Santa Bárbara Bendita. Ahí el cuerpo era el centro de todo. Deseaba construir una especie de galería de monstruos, trabajar tanto los cuerpos mutilados de los personajes como el cuerpo de la propia imagen de la santa. En ambos casos hay una idea de castigo: el de quienes cargan con una deformidad y también el de una figura elevada a un ideal de perfección. Son cuerpos muy distintos, pero condicionan la vida de quienes los habitan. 

Y es cierto que la corporalidad aparece en otros relatos: sujetos que envejecen, que han ganado peso, que empiezan a relacionarse de otra manera con su propio cuerpo. También tiene que ver conmigo. Mi cuerpo ya no es el mismo que hace veinte años. Mi relación con él también ha cambiado y se filtra en lo que escribo.

-La vergüenza y la soledad atraviesan muchos relatos. Los personajes ocultan, disimulan o posponen conversaciones importantes. ¿Qué te interesaba de esa combinación? 

-En estas semanas me han llegado algunas reseñas que definen el libro como «impúdico» y me parece muy acertado. Los relatos muestran situaciones vergonzosas, momentos que normalmente esconderíamos. Esa exposición genera una sensación de impudor. Mis protagonistas guardan muchas cosas para sí. Callan, disimulan, cargan con ellas durante mucho tiempo hasta que llega un momento en que ya no pueden seguir ocultándolas. Todo ese proceso está atravesado por una enorme y pesada soledad. Estos individuos terminan mostrando aquello que normalmente ocultaríamos y, al hacerlo, también dejan al descubierto esa soledad en la que han vivido durante tanto tiempo. Esa exposición es, de algún modo, una forma de romper el aislamiento, aunque no siempre consiga resolverlo.

-El humor aparece aquí en situaciones incómodas. ¿Qué buscas en ese territorio donde lo cómico y lo doloroso se entrelazan?

-Escribo de una manera parecida a como soy. Incluso en los momentos más difíciles, el humor aparece enseguida. Es una válvula de escape, no lo busco de forma consciente. Nunca estoy escribiendo un relato y pienso que toca introducir un momento de humor para rebajar la tensión. Simplemente aparece. En cualquier situación de mi vida cotidiana suelo hacer algún comentario humorístico sin pensarlo demasiado. Esa forma de mirar el mundo termina pasando también a la escritura. 

-Algunos de estos textos transcurren en un pasado reciente. ¿Qué te permitía esa distancia temporal? ¿Afecta también a cómo los percibe el lector?

-Varios cuentos tienen un par de años y otros nacieron hace más de una década. Me marcó mucho la crisis de 2008 y quería escribir sobre individuos que hubiesen vivido ese momento. Siempre he escrito sobre crisis personales y, cuando llega una crisis colectiva de esa magnitud, es inevitable que se cuele en la ficción. No es que ahora mire aquellos años con distancia, sino que muchos de esos textos nacieron cuando la crisis estaba muy presente.

En cualquier caso, el proceso de creación de La vida fuera de casa ha implicado muchísima reescritura. Algunos relatos los he revisado durante años mientras iba cambiando mi manera de escribir. Si hoy volviera a escribir sobre esos personajes, quizás los situaría en otras circunstancias, pero seguirían siendo personas atravesadas por esos pequeños fracasos cotidianos.

-Has elegido el relato para construir este libro. ¿Cómo fue tomando forma el proyecto y qué te ofrecía ese género?

-Ese deseo que comentaba antes de querer escribir sobre sujetos marcados por la crisis de 2008 se fue diluyendo, pero permanecieron otras cosas, sobre todo los personajes, que son el verdadero motor de mis cuentos. Además, me siento muy cómodo en el relato. He escrito un par de novelas (que siguen guardadas) y ahora estoy trabajando en otra, pero mi forma de pensar continúa siendo cuentista. Me atraen esas pequeñas chispas que prenden fuego a la vida de un personaje. Quiero acercarme justo al momento en que algo estalla y acompañarlo hasta sus consecuencias. Necesito que el conflicto aparezca pronto y que la historia avance con intensidad. El cuento permite concentrar toda esa energía sin el despliegue que exige una novela. 

  • -

 

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo