Libros y cómic

La era en la que la verdad es lo que tú sientas

Un ensayo lanza el término 'Trumpoceno' para estudiar la corriente irracionalista que ha dado el poder al actual presidente de Estados Unidos

  • Donald y Melania Trump, junto a una persona disfrazada de un conejo de Pascua.
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VALÈNCIA. Me imagino que habrá sucedido en todas las épocas, pero lo que indica que una sociedad se ha roto y solo queda la confrontación es ese pequeño instante en el que dejas de hablar con un amigo que tiene ideas políticas distintas a las tuyas. No porque no te guste escucharlas, sino porque ha llegado un momento en el que tienes la certeza de que ni te va a conceder nada por mucha razón que tengas, ni va a modificar ninguna posición aunque sea evidente que los hechos la contradigan.

Pueden concurrir varios factores cuando ocurre algo así. Desde el fanatismo o la radicalización del interlocutor a su egoísmo y personalidad autoritaria. En Estados Unidos, mi impresión es que la norma más que la excepción es que se den todos a la vez. Por mi experiencia en el trato con un amplio espectro de personajes, desde académicos a trabajadores, de izquierdas o de derechas, subyace un inmovilismo que, curiosamente, luego no rige en otros campos de sus vidas. Pocos países hay más pragmáticos que Estados Unidos, aunque si en algo coincide la gran mayoría de sus ciudadanos, sea de forma directa o indirecta, es que en la vida manda el dinero. Es el único lenguaje que existe. Si quieren un ejemplo del mundo de la cultura, el autor de Anora, presentado como el aliado de las clases populares de ese país, es un sincero defensor del mal llamado “trabajo sexual”.

Es en estas dinámicas donde se siembra la semilla de lo que hoy es el trumpismo, que tiene al mundo en vilo. El terreno lleva abonado muchos años y lo que está pasando ahora, por muy delirante que parezca, tiene muchos antecedentes en sus estados y en George W. Bush sin ir más lejos.

Aun así, el nivel de degradación que se ha alcanzado en tan poco tiempo es algo insólito, pero también es normal. Los síntomas de las enfermedades llegan de la noche a la mañana. Y cuando leemos en el New York Times que el presidente ha desatado una guerra y para justificarla ha dado un discurso solemne en el que solo ha pronunciado “incoherencias”, parece que ni en la comedia negra más osada se habría atrevido a plantear un sinsentido semejante, pero aquí estamos. Esto es lo que hay. Aspirar a discrepar y llegar a acuerdos es el verdadero chiste.

Para calibrar ese paisaje devastado en Estados Unidos, llega a través de Capitán Swing La Resaca de Jeff Sharlet. Un ensayo que tiene una retirada a aquellos que iban saliendo a finales de los ochenta y principios de los noventa sobre la Unión Soviética y su desmembración, en los que se retrataba una sociedad en el absurdo, al principio, para pasar a una distopía postapocalíptica en poco tiempo. En nuestras lengua, se me ocurren los trabajos de los periodistas de El País Félix Bayón en La vieja Rusia de Gorbachov, y Pilar Bonet en Imágenes sobre fondo rojo, entre otros muchos.

Este libro en cuestión apareció en 2023, ha llovido mucho desde entonces, y más que va a llover hasta el final de esta legislatura (si es que lo hay) y muchos mitos de los que se tratan ya no lo son tanto, pero sigue teniendo hallazgos importantes. El más relevante, el concepto de Trumpoceno, término acuñado por el documentalista Jeffrey Ruoff, con el que se refieren a unos años en los que Estados Unidos se ha ido social y civilmente al garete en una gran resaca de “mentiras, agravios y delirios”, esto es, propaganda.

Lo más relevante es la disociación que han logrado quienes financian la extrema derecha estadounidense. Dan igual los hechos contrastados a los que aludíamos antes, porque los que se suman a este estado de ánimo creen en una verdad oculta. Todo lo demás es mentira, la realidad en lugar de estar ahí fuera, está ahí dentro, en sus emociones. Si te da por ahí que algo es de determinada manera, es que es así, ignora todo lo demás. Sin embargo, este proceso, llamado inducción, no es exclusivo de Estados Unidos ni de sus chalaos. Aquí también ha estado y está presente, solo que dentro de unos límites, y no me refiero solo a nuestra ultraderecha.

El problema es que la cultura de ese país es el caldo de cultivo ideal para que algo así cuaje muy profundamente. El autor se recorrió decenas de mítines de Trump y no dejaba de encontrarse gente que creía que el Partido Demócrata era una tapadera para una red de explotación sexual infantil. Una teoría paradójica, porque quien más cerca ha estado de algo parecido adivinen quién es.

También advirtió el periodista de un concepto de la religión calvinista llevado a una nueva dimensión. Para los fieles de esta rama de protestantismo, Dios bendecía a sus súbditos más piadosos con riquezas, lo que fortaleció el comercio e impulsó el capitalismo, pero ahora se habla directamente de un “quid pro quo”, la riqueza vendrá a cambio de la fe. ¿Pero qué es la fe en este caso?

Aquí se entra en una obra de los años 50, El poder del pensamiento positivo, de Norman Vincent Peale. Se trata de un libro de autoayuda escrito por un pastor protestante que sostiene que la forma de pensar que tengas, influirá sobre lo que te ocurra. Es decir, si eres optimista, tendrás más probabilidades de éxito, mientras que si piensas negativamente, atraerás el fracaso. En fin, una forma de autosugestión que, si falla, se supone que tienes a Dios como muleta.

Diría que es una ridiculez más estadounidense –el libro vendió millones- pero ya van dos personas españolas que me han recomendado esa técnica en malos momentos, y he visto rastros, trazas, en algunos comentarios en redes sociales de gente que conozco. No se ha quedado allí, está rebosando. Y vean este fragmento:

“Para averiguar la verdad no hacen falta títulos, ni datos elaborados por expertos. El conocimiento no se encuentra en la academia ni en la información, sino en el interior, en las vísceras, como Trump lleva mucho tiempo asegurando, o ‘aquí mismo’, como dijo en una de sus reuniones informativas sobre el coronavirus mientras se daba golpecitos en la sien”.

Ciertamente, sería muy bonito pensar que en ese país el déficit cultural es impropio de una nación desarrollada, pero desgraciadamente este fenómeno social, de fracaso de la cultura, no ha sucedido de la noche a la mañana. Y no creo que tenga que ver con las ideologías, es, como todo, tecnológico. Sencillamente, la formación y el pensamiento pasó en el siglo pasado de la lectura a la televisión y, en este, de la televisión al móvil. La simplificación y superficialidad ha ido in crescendo y estas son las consecuencias. Y no nos salvamos nadie, por mucho que se lea, el que lee lo hace al servicio de la simplificación y el autoritarismo porque ese es el paradigma que domina y decide. En Estados Unidos esto se refleja de forma radical, extrema, pero aquí también llevamos décadas en las que nadie pierda nunca una oportunidad de demostrar lo tonto que es.

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