Cultura

'La Isla', de Jérôme Ferrari: el crimen es la paella con chorizo

  • Jérôme Ferrari
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ALICANTE. Caminando por las ciudades, es imposible no acordarse de La Isla (Libros del Asteroide), de Jérôme Ferrari. Esta novela negra con alardes surrealistas, cuyo escenario del crimen está manchado de sangre y contaminado por los restos de la turistificación, es una ocurrente sátira del delito y de lo que para algunos supone el verdadero asesinato: la mutación de las urbes en un parque temático de intrusos que deambulan por las calles como si fueran atracciones de una feria ilusionista.

Se hace inevitable soltar una carcajada cuando Ferrari retrata el empanamiento mental de los turistas; aturdimientos que intentan solventar engullendo empanadillas argentinas en los locales de moda. Esa catarsis es fruto, quizá, de una mezcla del jet lag —con esa hora menos que arrastran en la maleta— o de la fiebre de una humedad acalorada a la que no están acostumbrados, y que les obliga a abrigar su sofoco en pantalones cortos mientras los mortales lugareños se ponen la chaqueta al primer viento de levante.

Resulta una genialidad conseguir que el mero escenario de una novela se convierta en el tema principal de la historia. No estamos ante un monográfico sobre el turismo; quien espere eso recibirá la misma decepción que sufren los alicantinos cuando, en ciertos restaurantes, les ofrecen paella y les sirven arroz con chorizo (que no es ni una cosa ni la otra). Ese plato de comedor escolar nos traslada a la infancia, a esa tierna edad de juegos de niños que resuena en la novela de Ferrari. Un pasatiempo: en eso podría convertirse un asesinato para esos visitantes que, como refleja el autor francés, pierden capacidad cognitiva al cambiar de atmósfera en su destino vacacional.

Los turistas no son meros figurantes en las catastróficas desdichas de la trama, sino actores secundarios con alardes de protagonistas en este Cluedo en el que se ha convertido el sistema: un juego de mesa donde los vecinos tienen cada vez menos cartas que los polizones de unas ciudades de las que, en realidad, deberían ser patrones; caudillos de las islas en las que se han convertido nuestros centros históricos.

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