VALÈNCIA. Un martes y trece de mayo, la escritora Leticia Sala recibió un correo electrónico que le daría un giro de 180º a su semana de cumpleaños. La editorial Anagrama le había contactado para escribir un ensayo sobre el envejecimiento, el bótox y su cualidad de veneno. Un encargo que le vendría como anillo al dedo en la misma semana en la que soplaría las velas para envejecer un año más. Sin saberlo, esa misma premisa sería clave para escribir su ensayo Dame veneno que quiero vivir, que compondría a lo largo de todo un año, coincidiendo su lanzamiento, de nuevo, con su cumpleaños.
Sala tenía entre sus manos un encuentro doblemente único: escribir un libro sobre envejecer durante todo un año en el que su cara se puede ir plagando de arrugas. Escribir contra el paso del tiempo mientras el tiempo pasaba. Algo muy Tauro según cómo ella lo ve. Ahora llega a las librerías, con una encuadernación resplandeciente, Dame veneno que quiero vivir (Anagrama), un libro que pasa a formar parte de la colección Nuevos cuadernos Anagrama y que habla sobre “skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino”.
Un libro que sabe que le obliga a prometer de cara al público que nunca se pondrá bótox y que dedica de una forma muy delicada y romántica a su hija pequeña, cuyo embarazo seguramente le dejaría con estrías a las que hay que tener tanto cariño como se le tiene a una arruga, pues son una excelente muestra de que estamos vivas. Este ensayo analiza la historia del bótox como lo que es, un veneno paralizante, y consigue sacar a la luz sus historias más oscuras, que van desde la falta de conexiones entre el cerebro y la expresión facial hasta las líneas de cosmética para niños que descubre Sala en el libro.
“Cuando empiezo a investigar sobre el bótox, a lo largo de un año descubro cosas tan fuertes como que hay marcas que se dirigen directamente a niños pequeños. En este trabajo descubro cómo no hay ninguna edad libre de la tiranía del antienvejecimiento”. Un statement que se defiende a lo largo de varios capítulos que van desde La insoportable levedad del bótox hasta La piel: memoria viva. Capítulos que van acompañados de frases que inspiran a la escritora en esta investigación que va a contrarreloj y que, curiosamente, sucede a lo largo de un año entre sus ambos cumpleaños y en su treintena.

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“Las mujeres deberían permitir que sus rostros muestren la experiencia vivida. Las mujeres deberían decir la verdad”, es una de las frases de Susan Sontag que acompaña al lector en el capítulo Madre libre, hija libre, en el que la escritora dedica parte de su investigación a la conexión con su hija pequeña, a la que espera poder librar de este mundo que “se obsesiona con la etiqueta de antiedad”. “Envejecer es algo natural, y algo bonito. Antiedad es un oxímoron que no debería existir, y que leído al revés significa promuerte”.
“En Dame veneno que quiero vivir escribo precisamente sobre la magia y la virtud del envejecimiento, mientras contemplo cómo el mundo se empeña cada vez más en mantener una imagen estática”. Una imagen que Sala recuerda en los capítulos iniciales de este ensayo a través de una memoria sensorial, el olor a crema en la piel de nuestras madres. Un olor que, conforme avanza el ensayo, pasa de enternecerle a preocuparle, y que escribe pensando en su hija y en que no replique el mundo que le rodea.
“Soy víctima de unos estándares que no voté, de una industria que mueve cantidades ingentes de dinero, pero también puedo ser una verduga para una niña que está palpando el mundo”, destaca Sala como colofón de este ensayo en el que escribe para las nuevas generaciones, mostrándoles el veneno físico y mental que es el bótox. Apoyándose en la prensa, en diversos estudios y hasta en anuncios reales, Sala consigue que el lector arrugue su cara por completo para intentar comprender la crueldad del mundo estético.
Lo hace contemplando a sus amigas escritoras, soplando las velas entre la primera vez que le llega este encargo y su entrega, y con la ilusión de poder escribir en un mismo -y resplandeciente- libro la realidad del bótox. Ese veneno que, una vez inyectado, hace que el cuerpo sienta cada vez menos, que no lo exprese y que todo el mundo se parezca, dejando de lado la emoción humana y de su propio cuerpo. “Soy consciente de que si escribo este libro ya nunca podré ponerme bótox, o que iría en contra de mi discurso. Mis amigas me lo advirtieron, pero lo escribo sabiendo esto y para las generaciones que vienen, que tienen que poder disfrutar del simple hecho de envejecer”.
Porque al igual que Sala se mira las arrugas que tiene en la cara -acariciadas siempre por “su amor” que le acompaña en todo el proceso del libro- espera que su propia hija las lea, las entienda y siga embrujándola con un palo de escoba cuando la luz parece inyectarse en sus ojos con tantas horas de trabajo frente al ordenador.

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- Foto: ADRIÀ CAÑAMERAS