Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

Los viejos trucos de Hitler ante los periodistas qué actuales son

El ensayo 'Entrevistando a Hitler' repasa cómo se presentaba el führer ante la prensa

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VALÈNCIA. En los años 10, cuando te encontrabas con gente formada que se había venido arriba con la política y, en plena efervescencia ideológica, se pasaba por el forro los procedimientos democráticos, te llevabas las manos a la cabeza. Lo peor era cuando encontraban justificaciones técnicas para legitimar sus imposiciones, ya fuese en el pseudoderecho o en la pseudohistoria.  Eso demostraba que la ley del más fuerte es en lo único en lo que cree el ser humano. 

Daba igual la cultura, era incluso peor. Cuanto más culto y formado era el personaje en cuestión más sofisticadas eran las falacias y, al mismo tiempo, más consciente tenía que ser él de las trampas al solitario que se hacía. Yo ahí me di cuenta de que la cultura antifascista era una filfa. En cualquier momento y con cualquier pretexto podía salir a flote la verdadera naturaleza humana y conducirnos a todos al desastre. 

Y no hubo que esperar mucho, en la siguiente década, la presente, ya no ha hecho falta gente culta que se invente cosas que legitimen pasar por encima de los derechos de todo el mundo. De alguna manera, se ha logrado generar un apetito de destrucción y se alimenta al monstruo con genuinas burradas, chulerías y chuscadas. En esta ocasión, no canta que la gente culta pueda tener ansias de poder criminales como cualquier salvaje, sino que la idiotez es infinita e indestructible, como la materia oscura que une el universo. Por poner un ejemplo, hay gente que cree tener algún tipo de principios y sigue al pie del cañón con Putin y su propaganda. En 2023 podían ser víctimas de la desinformación, hoy ya es otra cosa relacionada con la estupidez satisfecha, el estadio al que llega una mente cuando degenera. 

Con este ánimo llegó a mi mesa Entrevistando a Hitler: El dictador y los periodistas de Lutz Hachmeister (Libros del KO, 2025). Es un libro que analiza cómo se relacionó el führer con los periodistas que le entrevistaron. Un esfuerzo baldío, el autor concluye que entrevistar a dictadores es un ejercicio inútil, tiene poco sentido informativo y, además, se corre el riesgo de caer hechizado por el poder absoluto, que tiende a fascinar a los profesionales de la información. Es sabido que si les abren puertas y les doran la píldora en muchos casos se les domestica con facilidad. 

No sé si con inocencia, dice que el plumilla puede convertirse en un “tonto útil”, como cuando Tucker Carlson entrevistó a Putin. La verdad es que yo no tengo tan buena opinión de ese periodista como para pensar que solo es tonto, pero eso dijo de él Hillary Clinton, que hoy seguramente ya se habrá dado cuenta de que el Kremlin y Washington caminan juntos en lo esencial. 

Los objetivos de los dos actuales gobernantes de esos centros de poder también fueron presentados envueltos en mensajes de paz. Uno venía a acabar con las guerras, directamente, y el otro cultivó una imagen de estadista “sensato”, que logró engañar a muchos líderes mundiales, pero porque se dejaron engañar, no porque no hubiera suficientes señales sobre cómo se sostiene el gran saqueo de Rusia y de los rusos. El engaño y el camuflaje no lo inventaron ellos.

Echando la vista atrás, en el caso de Hitler, el personaje que se analiza en este ensayo, uno de sus asesores, Ernst “Putzi” Hanfstaengl, le animó a que diera entrevistas a corresponsales extranjeros para mejorar su imagen exterior. También tenía que parecer un hombre “sensato”, que solamente quería justicia para Alemania tras el Tratado de Versalles. Los encuentros con los corresponsales tenían puestas en escena que cuidaban todos los detalles, como una entrevista que le dio al francés Fernand de Brinon en un sofá frente a una chimenea, filosofando con que “la guerra no arregla nada… lo único que haría es empeorar aún más el estado del mundo”. 

Hubert Renfro Knickerbocker, quien lograra que el capitán Aguilera Munro fuera citado en el Congreso de Estados Unidos durante la Guerra Civil española como advertencia de lo reaccionario y sanguinario que era el fascismo franquista, años antes había departido tranquilamente con Hitler. El encuentro, cuenta la obra, fue en la Casa Parda de Munich, sede central del NSDAP, donde Hitler, en lugar de presentarse con el uniforme y toda la fanfarria, apareció más informal con un traje de paño negro y una camisa blanca. Entre bromas y buen humor, el führer logró colarle el mensaje que le interesaba. El objetivo era un público estadounidense angustiado desde el crack del 29 –la entrevista se realizó en 1932- y el líder nazi se presentó como un garante de la seguridad de las finanzas e inversiones de Estados Unidos. 

Toda su política exterior, que luego resultó ser la contraria, serviría para estabilizar la economía estadounidense. De hecho, solo él devolvería las deudas privadas de los inversores americanos, lo que no ocurriría de llegar el comunismo. Además, sentenció: “Alemania no tiene intención de pegarse un tiro suicidándose en una guerra”. Le faltaban meses para llegar al poder. 

El libro de ese periodista Deutschland so oder so? publicado semanas después del encuentro, llegó a ser recomendado por los propios nazis, aunque en sus páginas ya teníamos un bosquejo del diagnóstico. Hitler era más un agitador que un pensador y su mayor activo era su capacidad para conectar con el resentimiento popular. Sabía hablarle a las masas y simplificar problemas complejos. De esta manera, canalizaba la frustración, que no era poca en la crisis económica que sufría la República de Weimar, hacia donde él quería. 

Su mensaje no estaba basado en ideas coherentes, seguía Knickerbocker, sino en emociones. Y lo más importante, empleaba la lógica del “enemigo claro”, si el país sufría, alguien tenía la culpa y ese alguien se podía señalar. El odio a los judíos era una evidente herramienta política. Y los fans no necesitaban pruebas de lo que se decía porque era un discurso que daba sentido a su rabia. Por fin una salida.

Como consecuencia, lo que desapareció del foco lo primero fue el análisis de la realidad. A partir de ahí, hubo un juego de historietas. Nadie sensato se las creía, pero ignorarlas era de locos. Hoy estamos en las mismas. 

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