VALÈNCIA. En El librero de Gaza (Salamandra, 2026), Rachid Benzine sitúa una pequeña librería en medio de las ruinas de la ciudad para pensar el lugar de la literatura en tiempos de genocidio. A través de la mirada de un fotoperiodista y de su encuentro cotidiano con un librero que se niega a desaparecer, el escritor reflexiona, desde el contexto actual, sobre la violencia, la memoria y la cultura como símbolo de resistencia.
El escritor presentó el libro ayer en València y atendió las preguntas de Culturplaza.
— ¿Cuál es el poder simbólico de una librería en cualquier historia?
— Creo que va más allá del símbolo. Tiene que ver con el acto, con el hacer. Con el lugar de la literatura, de la novela, de las palabras, para hacer frente al derrumbe al que asistimos en Gaza.
Con la cuestión de la violencia, con el hecho de que incluso el derecho internacional ya no tiene vigencia. El ser humano es un ser de lenguaje. Y si dejamos de confiar en las palabras, las sociedades se derrumban por sí mismas.
— Te preguntaba esto porque, desde un punto de vista occidental, o incluso burgués, tendemos a romantizar las librerías. Y tú, sin embargo, la utilizas para explicar la violencia, la historia y la represión de un pueblo.
— En tiempos de guerra siempre ha habido personas que han defendido los libros, ya sea en Siria o en Palestina. Gente que, cada día, repite el mismo gesto: abrir una librería, leer, esperar a los lectores.
No es algo romántico. Es un gesto cotidiano que expresa una forma de resistencia, para no quedar reducido al papel de víctima. Y por eso lo llamo un acto: porque dice algo tanto sobre el ser humano como sobre la guerra y sobre cómo mantener la humanidad en un contexto de guerra.
— Una persona cuya historia nace con la Nakba, ¿qué perspectiva tendría del momento actual en relación con toda la historia de opresión de Palestina?
— También se puede plantear otra mirada: ¿qué hace que este pueblo resista bajo tanta presión? ¿Y cómo resiste? La cultura palestina nos dice algo que va más allá de la nación; habla de la opresión de un pueblo, de la colonización, que me parece fundamental, y el hecho de que este pueblo no quiere desaparecer y trata, como puede, de hacer frente a esa amenaza.
Históricamente, si miramos al pueblo judío, desde el siglo VI antes de nuestra era hasta 1948, fue un pueblo sin territorio que habitó un texto: la Biblia. Y así mantuvo su identidad, sus prácticas y su culto; a través de ese texto, que era su patria portátil. Eso muestra que hay algo, a través de los textos fundacionales, de la literatura, de la poesía, que establece un vínculo vivo con la tierra y con el ser humano.

- -
- Foto: JORGE GIL / EUROPA PRESS
— En las primeras páginas haces un recorrido por Gaza en la que muestras toda la violencia presente en la destrucción y, al mismo tiempo, el sumud, esa idea de resistencia y reconstrucción constante y que dice tanto del pueblo palestino.
— Además, las primeras páginas transcurren en 2014 y, cuando las lees, parece que fueran actuales, que describieran lo que está pasando ahora. Precisamente quería que el fotoperiodista hablara en segunda persona del singular, para que el lector se sintiera inmediatamente implicado, en empatía directa, y se convirtiera en sus ojos. El lector pasa a ser el depositario de esa memoria, una vez que el periodista ha escuchado. Trabajo desde lo que yo llamaría una fenomenología sensorial: desarrollo las palabras como acciones. Quería que fueran ejes, que pudieran sentirse de verdad.
Y cuando se dice que Gaza es una ciudad en permanente reconstrucción, es exactamente eso. Pero también habla de lo trágico, como en el mito de Sísifo de Albert Camus: una reconstrucción eterna; destrucción y reconstrucción, una y otra vez.
— Propones que cada capítulo parta de un libro. ¿Cómo construyes ese canon literario que se conecta con la literatura universal u occidental?
— Cuando empecé a escribir y a pensar esta historia, el único libro que quería que estuviera era el Libro de Job, que encontramos en la Biblia, y algunos ecos en el Corán. Pensé en él porque plantea de manera frontal la cuestión del mal que se inflige a quienes son considerados justos. Job, ante todas las desgracias que recibe, formula la pregunta: ¿por qué yo? ¿Por qué me hacen esto a mí? Esa es la pregunta que se hacen todas las víctimas. Y los palestinos también: ¿por qué nosotros? ¿Por qué nos hacen esto a nosotros?
Después, poco a poco, fue apareciendo ese panteón literario, que en parte es el mío, aunque también fui a buscar textos que no había leído y que empecé a leer para este libro, porque fue la propia escritura la que los convocó.
Por ejemplo, nunca había leído Hamlet de Shakespeare. La pregunta que plantea Hamlet —“ser o no ser, esa es la cuestión”— no tiene la misma resonancia cuando se pronuncia en un teatro aquí en València que cuando se formula en Gaza. De pronto, esas palabras escritas para otro pueblo y en otra época resuenan de forma increíble y universal ante la cuestión de si los palestinos tienen o no derecho a existir. Es una cuestión existencial.
También está Primo Levi, que forma parte de la literatura occidental en relación con la Shoah. Ese texto resuena en Nabil cuando está en prisión. Nabil Al Djabir, cuyo propio nombre significa la idea de reparación.
En esta muestra de la literatura mundial hay algo común: la condición humana. Tal vez por eso podemos reconocernos en la literatura, porque habla de lo íntimo, del ser humano, del sufrimiento, de las desgracias, de la alegría, del amor. Son temas universales que nos devuelven a esa universalidad que llevamos dentro.
— El hecho de que el narrador sea un fotoperiodista: ¿qué distancia o qué fuerza concreta le da al personaje?
— Me interesaba la mirada de voyeurismo. Hoy consumimos imágenes y pasamos de una a otra; estamos instalados en el voyeurismo. Yo quería que el lector descubriera, a través de los ojos de ese periodista y al mismo tiempo a través de nuestros propios ojos, el estado de deterioro y destrucción de esa ciudad.
Se trata de contar las ruinas y las marcas de la guerra. Y después, cuando aparece el librero, surge otra relación con el tiempo. Un hombre que lee ante el escaparate de su librería, como si formara parte de los vestigios.
Quería que primero descubriéramos la ciudad de Gaza antes de descubrir a un gazatí como cuerpo, un cuerpo herido; antes de descubrir a ese hombre que parece formar parte de los muros y de las ruinas.

- -
- Foto: JORGE GIL / EUROPA PRESS
— Cuando hablas del personaje del fotógrafo, una de las cosas que subrayas es que no busca una imagen sensacionalista. Y eso resume toda su actitud a lo largo de la historia.
— Sí, no está en la búsqueda del sensacionalismo. Hace las fotos que la redacción espera de él; las envía y cumple con su trabajo. Pero a él le interesa lo ordinario. Y lo dice claramente: a los medios no les interesa la vida cotidiana, lo común, la gente. Me interesaba esa tensión entre lo ordinario y lo extraordinario.
Aunque, en el momento de hacer la foto al librero, no le pide permiso, y él mismo entra en una lógica de depredación. Y ahí es donde Nabil Al Djabir lo interpela: le dice que detrás de cada mirada hay una historia; y eso obliga al fotógrafo a atravesar esa experiencia para poder escuchar un relato. Como Sherezade en Las mil y una noches, que para aplazar la violencia es capaz de contar historias. Yo quería interrogar realmente esas dos formas de acceso al mundo y a la realidad.
—¿Por qué, en medio de todo el ruido geopolítico y de las redes sociales, necesitamos también una historia reposada, una novela, un libro, que enfrente la violencia cotidiana y real que vive la gente con las dinámicas políticas y partidistas?
— Vivimos en un régimen de temporalidad basado en la inmediatez y la espontaneidad. Y vemos cómo las formas de atención, en la escuela y en otros ámbitos, son cada vez más reducidas. Simone Weil, la filósofa, decía que la atención es la forma más alta de generosidad. Para prestar atención, hay que vaciarse de uno mismo y ser capaz de acoger una palabra distinta de la propia.
Sin embargo, la lógica de la inmediatez nos empuja constantemente a la reacción y a la emoción. Lo vemos todos los días: con Trump y con otros fenómenos similares, estamos siempre reaccionando. La literatura, la ficción, el arte, nos obligan a entrar en un tiempo espeso, en el silencio. Y solo ese tiempo y ese silencio permiten realmente escuchar algo.
Por eso, para mí, la literatura es el lugar de la atención y de la resistencia, igual que el arte. Si no, siempre acaba imponiéndose el reaccionario, porque no deja de reaccionar. Hoy mismo lo vemos: como los medios ya no hablan de Gaza, da la impresión de que Gaza ya no existe, de que el problema se ha resuelto. Y no es así.