VALÈNCIA. Un libro cabe en cualquier casa, una biblioteca puede abrir con pocos recursos, un club de lectura puede sostenerse con voluntad. Por eso se puede creer que la literatura es disciplina cultural más accesible en los espacios rurales. Pero detrás de esa aparente evidencia en realidad puede haber uno de los grandes malentendidos que hoy atraviesan las políticas culturales. “Tengo muchas dudas de que la lectura sea realmente la práctica más accesible solo porque haya libro y puede ser una simplificación peligrosa”, advierte Alicia Sellés, presidenta de la Fundació Full y bibliotecaria.
Contra eso, la jornada Lectura per a la transformació: un futur lector per al món rural valencià, impulsada por la Biblioteca de L’Etno en el marco de la exposición Solsida, quería precisamente para desmontar ese espejismo. Un espacio de escucha y reformulación colectiva celebrado el pasado sábado 31 de enero en Benifairó de les Valls. El resultado del mismo se ha condensado en Manifest Solsida, un documento que plantea evolucionar la imagen de la lectura desde un hábito individual para tomarla como una infraestructura cultural con capacidad para transformar el territorio.
“Durante mucho tiempo no se ha trabajado de forma seria el concepto de accesibilidad a la lectura. Se ha dado por hecho que es accesible porque es gratuita o porque hay bibliotecas, pero nunca se han desagregado todas sus dimensiones”, explica Sellés, a cargo de la coordinación de la jornada. En esa desagregación aparecen otras capas, como la accesibilidad territorial —qué pasa cuando la biblioteca está a trece kilómetros y no hay transporte—, la económica —el coste real de llegar—, la lingüística —la disponibilidad del catálogo en la lengua propia—, la digital —conectividad, dispositivos, competencias— y, sobre todo, la cultural y social —“¿Cuál es mi posición cultural para acceder a la lectura? ¿Qué imaginario tengo sobre lo que significa leer?”, plantea.
Esta serie de capas nuevas acaba generando inercias muy arraigadas; principalmente, la idea de que basta con abrir una sala con libros. “Seguimos pensando la biblioteca como una puerta abierta y una persona detrás del mostrador. Y con eso no es suficiente. Esa inercia justifica que no haya profesionales, que no haya mediación, que no haya proyecto”, denuncia.
Ya en el contexto del mundo rural, la brecha aún se agrava más. Hay pueblos sin biblioteca, sin librería y sin acceso real a recursos digitales. “Estamos creando ciudadanos de primera y de segunda en el acceso a la lectura. Y lo más grave es que muchos no saben que están perdiendo un derecho, porque no conocen lo que otros sí tienen”, señala Amparo Pons, Jefa de la Biblioteca de L’Etno. En este sentido, en la jornada se vinculó esta desigualdad directamente con decisiones políticas: “Todo pasa por cómo apuestas —o no— por la lectura desde lo local. Si la concibes como un elemento transformador, de cuidado, de comunidad, o si simplemente no piensas en ella”.
Otra de las inercias detectadas tiene que ver con el discurso dominante sobre la lectura. “La hemos defendido como algo naïf, como una cuestión de placer individual. Leer es maravilloso, claro que sí, pero cuando dices que la lectura es básica para la supervivencia, cambias completamente el marco”, suma al análisis Sellés. Vincular la lectura solo al consumo de libros, añade, “es un error enorme”, porque reduce una práctica compleja a un gesto mercantil que no explica ni la comprensión lectora ni el pensamiento crítico —y esta simplificación está muy presente tanto en los medios de comunicación como en la justificación de políticas culturales. “Estamos evaluando con parches prácticas que son mucho más diversas de lo que los datos reflejan”, concluye la misma.

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Experiencias comunitarias para transformarlo todo
Frente a ese vacío, las experiencias comunitarias son laboratorios vivos para profundizar y activar todo el potencial de los libros: clubes de lectura comarcales que pueden transformar las dinámicas sociales de un pueblo, bibliotecas comunitarias, proyectos itinerantes y espacios de intercambio de conocimiento y de placeres. “Fomentar la lectura no es solo aumentar la cifra de libros leídos. También es dotar de capital social, confianza y cohesión”, desgrana la coordinadora de la jornada.
El Manifest Solsida recoge esa dimensión transformadora y la articula en diez principios. “La lectura es un derecho cultural y una herramienta clave para la cohesión social”, afirma el texto, que reclama modelos “vivos, accesibles y conectados con el territorio” . Entre sus ejes aparecen la necesidad de regulación adaptada al ámbito rural, la reducción de la brecha digital sin precarizar lo presencial, la profesionalización de los servicios y una gobernanza compartida que supere la fragmentación municipal.
“No se trata de imponer un modelo único. Cada pueblo habla su propio idioma cultural. Lo que necesitamos no es rigidez, sino garantías”, explican Pons y Sellés en conversación con este diario. Y avisan que no basta con delegar las políticas lecturas a los ayuntamientos si no hay cooperación supramunicipal ni recursos estables. “El lugar donde vivimos no debe determinar el acceso a la lectura”, proclama el texto.
La jornada del pasado sábado reunió a bibliotecarias, editoriales rurales, librerías, gestores culturales, asociaciones vecinales y representantes políticos. “No sobraba nadie”, resume Pons. De ese cruce surgieron consensos más amplios que las diferencias. “Incluso desde miradas muy distintas, se estaba reclamando lo mismo”, apunta por su parte Alicia Sellés.
Ahora, el reto es que el documento no se quede en gesto. Tendrá que circular por colegios profesionales como el de los Bibliotecarios y Documentalisas, además de administraciones públicas responsables de las políticas de fomento a la lectura y redes culturales. Que sirva tanto como herramienta de presión como también de reflexión —“Abrir el diálogo ya es un buen punto de partida”, concluye.
Y es que, tal y como recuerda el propio manifiesto, leer (en el mundo rural y también más allá de él) no es solo acceder a libros; es también imaginar futuros posibles, construir pensamiento colectivo y disputar el lugar que la cultura ocupa en las diferentes sociedades, más allá de las condiciones de cada una de ellas.