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Agustina Bazterrica se presenta en 19 cuentos tras el fenómeno de ‘Cadáver Exquisito’

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VALÈNCIA. La escritora argentina Agustina Bazterrica consiguió, con su primera novela, Cadáver Exquisito, entrar en las librerías españolas directamente como fenómeno editorial. Ahora, Alfaguara reedita 19 cuentos escritos a lo largo de toda su carrera anterior y que, de alguna manera, funcionan como carta de presentación: Diecinueve garras y un pájaro oscuro.

Estos 19 relatos breves muestran a una autora interesada en explorar aquellos momentos en los que las personas, en su rutina, deciden no aguantan más, con una narrativa audaz y un ritmo trepidante.

— La primera pregunta es casi de psicoanalista. En la presentación editorial del libro se contextualiza Diecinueve garras y un pájaro oscuro como una especie de presentación tuya como escritora más allá del fenómeno que fue Cadáver exquisito. ¿Sientes que estos relatos funcionan así, como una carta de presentación? ¿Qué crees que muestran de ti?
— Tengo que decirte que me psicoanalicé durante años y mi psicóloga me dio el alta, aunque siempre hay que trabajar con uno mismo. Es muy buena la pregunta porque, en realidad, estos relatos fueron escritos antes de Cadáver exquisito. Y hay gente que va a buscarlos esperando tener la misma experiencia, y es distinto. No solo porque son relatos, sino porque algunos están atravesados por el humor, otros por la poesía, otros son metafísicos…

Pero sí es verdad que hay obsesiones y maneras de encarar los temas que se mantienen a lo largo de toda mi obra. Creo que este libro es el germen de muchas de las cosas que ya escribí, publiqué y que voy a publicar en el futuro.

De hecho, este libro se publicó primero en Argentina en 2016 con el título Antes del encuentro feroz. Allí había un microcuento que yo había escrito para un concurso que gané. En ese microcuento, que es una sola frase, está el germen de Cadáver exquisito. El microcuento se titula Carne y dice: “Les pregunté con carne de qué animal estaba hecha la sopa. No es de animal, me contestaron”. 

— En el libro hay cuentos muy distintos entre sí. Algunos funcionan casi como imágenes fijas, escenas que se despliegan en los detalles, y otros tienen una trama más clásica, con desarrollo y cierre. ¿Cómo cambia la naturaleza del cuento, también de cara al lector y al ritmo?
— Le preguntaron a Nabokov si escribía en ruso o en inglés y él contestó que escribía con imágenes. Yo escribo con imágenes. Independientemente de que haya acción o no, casi todos mis cuentos parten de una imagen. Necesito ver a los personajes, ver dónde transcurre lo que estoy contando. Incluso en cuentos más metafísicos.

Por ejemplo, La lentitud del placer es un cuento sobre una mujer que mira un cuadro. Es un cuadro que existe, de Waterhouse. Ella lo observa y el lenguaje es muy poético, parece que no pasa nada, que es una escena fija. Pero si el lector empieza a hilar y a leer más allá de la superficie, pasa de todo.

— Quería preguntarte por el origen de la violencia que atraviesa a muchos de los personajes. A veces surge por pequeños gestos cotidianos, por frases aparentemente inocuas que desencadenan una ira latente. Háblame de esos quiebres mínimos que desencadenan todo lo demás.
— Me quedo con la palabra quebrar. Aunque por Cadáver exquisito, sobre todo en Estados Unidos, me colocan en la categoría del horror, yo no me considero una autora de horror. Lo que atraviesa toda mi obra podría llamarse literatura del quiebre. Tiene que ver con la idea de que vivimos cubiertos por velos que tapan el horror, y que en cualquier momento todo puede quebrarse: la sensación de normalidad, de civilización.

Ese quiebre no siempre es negativo o dramático. A veces, con la grieta, también entra la luz. Se trata de desnaturalizar ciertas cosas. Yo llevo muchas situaciones al extremo, hasta el punto de que pueden parecer fantásticas, pero no lo son. Por ejemplo, en Anita y la felicidad, un hombre piensa que su pareja es un alien. Puede leerse desde una clave fantástica, pero también de manera realista: como la historia de alguien que no acepta a su pareja tal como es, que no le interesa conocerla, sino que la objetiviza. Un ejemplo muy claro son las mujeres trofeo: están ahí para ser mostradas, no importa su esencia. Desde ese lugar, el cuento es absolutamente realista.

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— ¿Y piensas también en las causas de esa violencia o te interesa únicamente lo que desencadena?
— Yo pienso mucho en la violencia en general. Una de mis obsesiones es tratar de entender por qué el ser humano puede llegar a extremos como la guerra, el Holocausto, la trata de personas, la esclavitud, la prostitución infantil —horrores que están sucediendo ahora mismo en el mundo—, y al mismo tiempo ser capaz de los actos de solidaridad más alucinantes o de crear arte que te vuele la cabeza.

Todo el tiempo estoy pensando por qué. No hay una respuesta, por eso escribo libros. Si tuviera la respuesta, haría otra cosa. Escribo para tratar de entender ese entramado de violencia y opresión.

No creo que todo sea así, pero sí veo una tendencia a la depredación —nos depredamos unos a otros. También hay gente que se vincula desde un lugar de abundancia, de fluidez, de conexión con los otros. Por eso sigo creyendo en la humanidad. Y eso es lo que trato de explorar en mi obra.

— Otro punto común en varios cuentos, y que conecta con esta idea del quiebre, son los momentos en los que los personajes asumen su propia muerte. ¿Qué ocurre entonces?
— Lo tienen que aceptar, porque la única certeza que tenemos es esta: que vamos a morir. No hay otra certeza en la vida. Y por otro lado es alucinante, si te lo pones a pensar de verdad, saber que un día vas a desaparecer.

Yo creo en la eternidad del espíritu. No creo en las religiones, pero sí creo que hay una fuente, o Dios, o llámalo como quieras, y que eventualmente nos fusionamos con esa fuente. Es una creencia, un acto de fe. Pero, en todo caso, no sé qué me va a pasar cuando me muera.

Y por otro lado, voy a decir una obviedad, pero por algo existen los lugares comunes: uno termina apreciando la vida justamente porque sabe que es finita, que se va a terminar. Por eso creo que el peor infierno es el de los vampiros.

— ¿Cómo te gusta acabar los cuentos?
— En esto hay modas: ahora se dice que no hay que terminar el cuento con una vuelta de tuerca o con un golpe sorpresivo, sino con finales muy abiertos, muy ambivalentes. Pero cuando yo escribí estos cuentos me basé más en una tradición de cuento más clásica, donde sí está esa vuelta de tuerca. No todos los cuentos terminan así, pero sí me parece que el final es fundamental.

Todo es importante, pero sin duda el inicio y el final lo son especialmente. Los trabajo muchísimo y eso lo traslado también a las novelas. No soy de esas escritoras que dejan que la novela se termine sola. Yo pienso muchísimo el final. Para mí tiene que estar construido desde el principio.

Aunque no se te haya ocurrido al inicio, en la corrección tiene que quedar todo hilado, pensado, con la minuciosidad y la rigurosidad de la estructura de un reloj. En los cuentos y en las novelas no tiene que haber nada al azar. Todo tiene que estar pensado, incluidos los silencios.

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— Da la sensación de que un libro de cuentos es algo mucho más complejo que una simple reunión de relatos, porque hay un trabajo de armonización, de hacerlos funcionar en conjunto. ¿Fue una preocupación para ti a la hora de editar el libro?
— Estos cuentos se escribieron en momentos muy distintos de mi vida. Por ejemplo, Roberto lo escribí a los 19 años. Ahora tengo 52. Pasaron algunos años. Cuando reeditamos el libro hubo una mirada curatorial muy concreta. Si comparás Antes del encuentro feroz con este libro, acá hay un trabajo editorial que el primero no tuvo, porque lo publicó una editorial muy pequeña, sin editor.

Cambié títulos, saqué epígrafes, lo pulí, lo emprolijé. Fue un trabajo enorme con la editora. Además, como eran cuentos que yo había trabajado muchísimo —los presenté a muchos concursos y varios los ganaron—, fue raro corregirlos después. Pero siempre digo que publico el mejor borrador posible. Obvio que ahora los releo y quiero cambiar mil cosas. Pero tampoco quería transformarlos del todo.

Hay cuentos que escribí cuando estaba en otro lugar, con otras lecturas, con menos herramientas, y me parece importante que los lectores vean ese camino evolutivo. Hoy algunos los trabajaría distinto, pero está bien que ese germen esté ahí.

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