Entrevista

CULTURA

Víctor del Árbol: “La virtud del género negro es que se atreve a decirnos que el mal está dentro de nosotros”

El ganador del premio Nadal visita este fin de semana la feria del libro de Castellón

  • El escritor Víctor del Árbol.
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CASTELLÓ. El premio Nadal nos dio a conocer en el 2016 a un escritor que ya contaba con un buen puñado de lectores fieles. Con ese espaldarazo saltó Víctor del Árbol a los escaparates de las librerías y de ahí no se ha movido hasta hoy. Su nombre es uno de los más destacados de la novela negra contemporánea, y si no, que pregunten en Francia, donde le adoran. Llega a la feria del libro de Castellón este fin de semana para presentar Las buenas intenciones, una obra que cierra su trilogía más ambiciosa y que vuelve a situar al lector frente a preguntas incómodas: ¿podemos cambiar realmente o estamos condenados por lo que somos? Y es que, es marca de la casa, sus historias remueven y obligan a mirar hacia dentro. Con Las buenas intenciones explora cómo decisiones tomadas en la infancia pueden proyectar una sombra alargada sobre toda una vida. Como explica Del Árbol en esta charla con Castellón Plaza, a través de una trama marcada por la culpa, los silencios y las consecuencias de aquello que creemos hacer bien, invita al lector a cuestionarse hasta qué punto somos dueños de nuestro destino.

-¿Es la culpa el eje de ‘Las buenas intenciones’?

-Hay varios temas, y está claro que el de la culpa tiene peso, pero para mí el principal es que la novela propone una reflexión. ‘Las buenas intenciones’ pregunta al lector si podemos o no cambiar. Interpelo al lector sobre si estamos condicionados por lo que somos. De ahí el título del libro. Muchas veces queremos hacer las cosas bien y ser mejores, pero luego la realidad de lo que somos se impone. Si se leen las tres novelas que conforman la trilogía verán en la última escena de todas lo que estoy intentando decirte para contestar a tu pregunta.

 

-Aunque es difícil hablar de este libro sin destripar nada, ¿qué se encuentra el lector al abrir la novela?

-Yo siempre digo medio en serio y medio en broma que es una novela que está llena de buenas intenciones y de malas decisiones. Narra la historia de dos niños gemelos que cuando son pequeños cometen un error terrible. Y eso que es un error infantil se convierte en algo culpable cuando los adultos tratan de protegerlos. Por querer amparar a sus hijos les acaban desgraciando su vida, puesto que esos niños cuando se convierten en adultos son los que tienen que soportar el remordimiento. Les condiciona totalmente la vida una decisión que ellos no tomaron sino que lo hicieron sus padres. Está claro que ellos cometieron el error, pero los que lo han transformado en algo terrible son los mayores. 

 

-¿El foco está en los adultos?

-Lo que hicieron igual habría sucedido y habría generado las mismas consecuencias, pero no en el sentido que tuvo y que convirtió su vida adulta en una tragedia para ellos y para las personas que estaban a su alrededor. Y todo ello, como te decía, debido a un buena intención de los padres que acaba resultando algo peor de lo que ya había. Hay un dicho que es que una mentira solo se tapa con otra mentira. Los embustes se van acumulando, y sus vidas se convierten en un drama.

-Y aparece tu sicario silencioso…

-Sí. Aparece el sicario para imponer su justicia.

 

-¿Cómo se te ocurrió una figura como la del sicario silencioso?

-Tenía muy claro que quería crear un personaje así. En mi cabeza siempre me ha resultado difícil creer que una persona puede vivir al margen de las emociones. Pienso que se acaba de algún modo afectado por una cuestión de amistad o de amor, por ejemplo. Y cuando me planteé la posibilidad de crear un personaje paradigmático que pudiese representar esa frialdad la respuesta llegó en forma de sicario. Tenía que ser un asesino profesional que tiene una mentalidad fría y arrogante sobre la vida.
 

-¿Opinas que tu sicario va mutando a lo largo de la trilogía?

-Sí. Quería que poco a poco fuera cediendo. Empieza en el primero de los libros siendo un estereotipo literario del tipo de asesino que todos tenemos en el imaginario y luego evoluciona hasta convertirse en una persona. Y eso es lo que logra que empaticemos con él. Porque dejamos de ver su frialdad y nos quedamos frente a su fragilidad.

 

-Pese a todo, ¿no ves complicado que el lector empatice con él?

-No quiero romantizar la violencia. Este tipo, a fin de cuentas, es un asesino. Pero me parece interesante es que él no se justifica, a diferencia del resto de personajes como la madre o el sacerdote. Es lo que es desde el principio hasta el final. No nos miente en ningún momento. Somos los lectores los que queremos salvarlo, pero él no busca esa redención que estamos dispuestos a darle.

 

-¿La literatura puede ayudarnos a comprender nuestros dilemas morales?

-Nos puede ayudar a cuestionarlos, porque la literatura exige pausa. Y es en esa pausa cuando pensamos y llegamos a conclusiones sobre nosotros mismos. Siempre me ha gustado leer libros que me sacudan y cuestionen mi moral, mis valores éticos o hasta dónde estoy dispuesto a llegar. Por tanto, la literatura más que ayudarnos a comprender nuestros dilemas lo que hace es contribuir a recordar cosas que ya sabemos, y lo hace de una manera muy bonita: a través de las emociones y la empatía. Y ahí es cuando todo se vuelve más real.
 

 

-¿Te molesta que te digan siempre que tus novelas son muy duras?

-Me gusta que me lo digan, pero es que lo son no por lo que cuentan sino por cómo lo cuentan. Y esa emoción, esa honestidad y esa sinceridad es la que nos hace conectar con cosas con las que seguramente no queríamos conectar.

 

-¿Le deben algo tus libros a la escuela de autores como John Connolly o Dennis Lehane?

-Me gusta mucho Dennis Lehane porque también entra en lo profundo y lo humano. No se queda en lo anecdótico. Me identifico con esa escuela. La novela la convertimos en una herramienta para reflexionar sobre nuestra propia condición. A mí me gusta diferenciar entre dos cuestiones bien distintas a la hora de leer. Por una parte, el sentimentalismo, que es cuando nos emocionamos de forma fácil porque el libro aborda emociones de manera más superficial para contar una historia y engancharnos. Y por otra parte, hay una literatura que es más cervantina en la que yo te cuento una historia pero la utilizo para tratar sobre nuestras emociones. Considero que esta segunda es más interesante y es precisamente sobre la que a mí me gusta escribir.

 

-¿Por qué es tan adictiva la novela negra?

-Por un doble sentido. Nos pone ante eso que no somos capaces de hacer. Es un género que nos da la posibilidad de lo imposible. Y porque nos hace reflexionar sobre la sociedad como colectivo y no como individuo. La novela típica policíaca o de thriller te apunta que el mal es una cosa que está fuera, puede ser un asesino, y que luego aparece una persona, puede ser un policía, y lo soluciona. En cambio, la virtud de la novela negra actual es que se atreve a decirnos que el mal está dentro de nosotros y que los que nos tenemos que salvar somos nosotros mismos. Invitar a un llamamiento para rebelarnos socialmente y darnos cuenta de que el sistema funciona mal y somos nosotros los responsables y los que tenemos la solución.

 

-¿Qué supuso ganar el premio Nadal hace ya casi una década?

-Todo. Hasta día de hoy he tenido en mi vida dos grandes momentos en mi carrera. Uno ha sido el Nadal, sobre todo porque he sido muy admirador de Miguel Delibes, Ana María Matute o Carmen Laforet, y estar en la misma terna que ellos me cambió la vida y me dio a conocer en España. Y el segundo momento fue cuando me nombraron caballero de la Orden de las Artes y las Letras en Francia en 2018. Pero volviendo al Nadal, fue un antes y un después. La mayoría de los lectores me conocieron en ese momento. Yo había publicado en una editorial pequeña indie de Barcelona, Al Revés, a quien tengo mucho cariño. Pero el premio supuso dar un gran salto y encima con la etiqueta literaria y el prestigio que tenía el Nadal.

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