VALÈNCIA. Imagine un mundo que debe deshabitarse en parte (por ejemplo, la mitad) de manera forzosa como única medida para reestablecer el orden natural. ¿Qué significa orden y qué significa natural cuando el proceso implica a las personas? Carolina Sarmiento se lo pregunta en Las fronteras (Siruela, 2026), donde explora los dilemas morales que surgen cuando la supervivencia del planeta entra en conflicto con la del propio ser humano. Y, lejos de formar un alegato ecológico, la autora reivindica la ambigüedad y la capacidad de la ficción para abrir interrogantes.
El centro moral de Las fronteras es un guarda que regresa después de participar en distintas guerras y que asume la vigilancia de ese territorio que la humanidad debe abandonar para que la naturaleza vuelva a ocuparlo. Un personaje herido que, precisamente por ello, encarna muchas de las contradicciones de la novela.
"Regresa después de ver todas las atrocidades que están haciendo los seres humanos en todas las guerras en las que ha participado. Ha visto la peor cara del hombre. Por eso llega deshumanizado, pero también con un punto de venganza hacia nosotros mismos que enlaza con esa frase de 'merecemos la extinción’”, explica la autora.
Convencido de que la renaturalización del territorio es necesaria, el protagonista acaba llevando ese mandato hasta el extremo: “Él sí quiere que su pueblo desaparezca comido por la naturaleza. Confía plenamente en que tiene que haber un cambio de rumbo. La cuestión es cómo lleva a cabo esa vigilancia".
Para Sarmiento era importante alejarse de personajes unívocos (“Nunca escribo un protagonista bueno o malo, sino alguien con cierta ambigüedad, que creo que es la que todos portamos con nosotros”). Por eso el personaje que combate a los cazadores acaba convirtiéndose "en el mayor de los cazadores".

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Una ficción sin alegatos
Aunque la novela dialoga inevitablemente con debates contemporáneos sobre la crisis climática o determinadas formas de activismo ecologista, la autora insiste en que no pretendía escribir un manifiesto político.
"Me aprovecho, egoístamente desde el punto de vista creativo, de circunstancias contemporáneas como una crisis bélica bestial y una crisis medioambiental que galopa hacia el abismo. Me aprovecho de ello para generar una ficción". Sin embargo, matiza: "Espero que quien lo lea no se deje llevar por ningún alegato, porque no he querido que haya ningún alegato; la reflexión parte de cada uno".
También por eso el territorio donde transcurre la historia nunca está identificado con un país concreto. Si la naturaleza recupera el espacio que ocupaba antes de la existencia humana, argumenta, "no entiende de fronteras políticas ni entiende tampoco de eras, siglos o décadas". De ahí que el escenario sea únicamente "un paisaje de taiga, un paisaje extremo para el hábitat del ser humano".
"Las fronteras son lugares muy ricos y muy conflictivos y eso es lo que a mí me interesa en literatura: la ambigüedad de las historias y de las personas”, explica la autora. Y añade: “Adentrarte en territorios literarios fronterizos es una invitación a ir descubriendo o abriendo misterios”.
Una ficción sin alegatos
La premisa de tener que deshabitar medio mundo, por muy potente que sea, apareció después de la historia: “escribo desde la intuición y desde la exploración", explica. Solo cuando termina el primer borrador comienza un proceso de relectura y revisión en el que identifica las ideas que atraviesan la novela: "La primera parte de la escritura es más espiritual y esa segunda revisión ya es más racional. Lo primero es la historia, sin duda; la música que me puede generar esa historia".
Ese mismo equilibrio entre intuición y proceso de construcción es el que busca trasladar al ritmo de la novela, donde conviven la acción con una escritura de fuerte carga atmosférica: ”Para mí es súper importante generar emoción, pero al mismo tiempo quiero que la historia enganche, que sea trepidante". Por eso defiende un proceso de depuración constante para que "haya las metáforas justas para generar esa emoción y esa poesía, pero que al mismo tiempo el ritmo sea ágil para que la historia avance y enganche".