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botín de guerra

Los 'niños olvidados' de Bosnia piden justicia

Nacidos como consecuencia de la violación en la guerra, criados en la marginalidad y el silencio, los 'niños invisibles' salen del olvido un cuarto de siglo después del conflicto de Bosnia y Herzegovina para buscar respuestas

7/07/2019 - 

VALÈNCIA.-«Nos las llevábamos al monte Žuč. Nos dijeron que era el sitio más seguro porque nosotros controlábamos el frente. Las conducíamos hasta un bosque y las matábamos. Un tiro en la espalda a la altura del corazón, y luego las ocultábamos en el bosque, entre las hierbas altas. Ahí se quedaban. Sentías el hedor en cuanto te acercabas porque había bastantes cadáveres. El campo de concentración abrió en cuanto comenzó la guerra y también los asesinatos. Había capacidad para 70 chicas. Mientras estuve ahí, matamos a unas cuarenta. Aún recuerdo algunos nombres: Amela, Sombula, Fatima, Senada, Alma... Ninguna tenía más de veinticinco años». 

Ajna llega tarde a la entrevista. Hemos quedado en la céntrica cafetería Vatra de Sarajevo. Durante la espera resuenan los pasajes de la monstruosa confesión de Borislav Herak. Fue el primer miliciano serbio condenado por genocidio ante un tribunal de guerra en Bosnia y Herzegovina en 1992. Le dictaron pena de muerte por el asesinato de más de 35 personas y la violación de decenas de mujeres en el barrio de Vogošća. Tenía veinte años. Al escuchar la condena pidió que su padre le trajera un paquete de tabaco. La condena fue conmutada por 40 años de prisión de los que cumplió veinte. Hoy es un hombre libre del que se ha perdido el rastro. Herak llegó a decir que se arrepentía y que cumplía órdenes. Órdenes de ejecutar violaciones masivas. Las cifras hablan de 50.000 mujeres y niñas violadas, vejadas y mutiladas durante el conflicto. No se sabe cuántas de ellas sufrieron embarazos forzosos y los llevaron a término, pero esa también era una orden. La de llenar «vientres inferiores con esperma superior». Un arma de guerra para perpetuar la limpieza étnica. 

Ajna Jusić tiene veinticinco años y es diplomada en Psicología. Acude a la cita visiblemente nerviosa. «Hago esto por el crimen que cometieron contra mi madre y contra tantas otras mujeres, cuya consecuencia fue mi llegada al mundo, a este país que nunca me ha reconocido ni me ha dado los derechos básicos, ni siquiera los de la infancia. Después de veinticinco años de silencio, creo que es el momento de salir y de hablar de ello a plena voz. Nuestras madres llevan todo este tiempo luchando solas para protegernos de la sociedad y del desamparo institucional», arranca. 

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Ajna es la presidenta de la asociación Zaboravljena djeca rata, algo así como niños olvidados de la guerra. Su historia y la de su madre, Sabina —que cuando la trajo al mundo en 1993 en plena guerra tenía veintiún años—, han servido de argumento a la laureada película Grbavica, el secreto de Esma. En aquel momento, en 2006, cuando la directora Jasmila Žbanić dio a conocer al mundo esta realidad en la alfombra roja de la Berlinale, Ajna no tenía ni idea de que era su historia la que se estaba contando. La descubrió años después. En plena adolescencia. Harta de que en sus documentos nunca figurara el nombre de su padre. De sufrir bulling. De que la llamaran bastarda. Durante todos esos años, su madre y su padrastro hicieron todo lo posible por protegerla. Pensaron que lo mejor sería que hiciera el instituto lejos de casa, en Zavidovići, un municipio ubicado en el cantón de Zenica-Doboj (Bosnia central) perteneciente hoy a la Federación bosniocroata. La inscribieron en la escuela de enfermería de Zenica sin sospechar que ese viaje acabaría llevándola hasta la verdad.

* Lea el artículo completo en el número de julio de la revista Plaza

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