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DE LA FICCIÓN A LA REALIDAD

Los restaurantes imaginarios

A veces creo que he leído libros que no he leído. He oído tanto sobre ellos, los he imaginado con tal detalle, los he reconstruido con tal veracidad en mi cabeza que, de alguna manera, creo haberlos leído.

| 10/02/2017 | 2 min, 48 seg

Y hasta finjo en público que los he leído, finjo sin remordimientos, sin pudor, los comento con displicencia puesto que soy una autoridad en la materia.

A veces creo que esos libros que no he leído son los mejores libros que he leído en mi vida: los libros imaginados, y no estoy tan segura de querer descubrir los originales.

El otro día estuve en el mejor restaurante del mundo (de 2015 al menos), el Celler de Can Roca, un lugar largamente imaginado. Visitamos esa maravillosa selva de madera, cristal y chopos,  donde nos sirvieron unos vinos estratosféricos, algunos habían permanecido durmiendo desde mi infancia para despertar entonces en nuestras gargantas, qué vinos, junto a un menú poderoso, unos postres chisporroteantes, y unos anfitriones que han conseguido reducir la distancia vertical de la admiración sin perder ni un ápice de su esencia.

Nada que objetar, mucho que alabar. Y sin embargo, qué ataque de nostalgia al echar la vista atrás y recordar aquel restaurante imaginario, ese lugar que hasta hace nada había ocupado un espacio real en mi mente, con sus concretas formas, produciendo concretas sensaciones. El Celler de Can Roca, el mejor restaurante del mundo (al menos de 2015) situado en el número 48 de la calle Can Sunyer de Girona, había asesinado esa noche al mejor restaurante imaginario del mundo, con naturalidad y alevosía.

Claro que tampoco Nueva York es lo que era desde que visité Nueva York, por más que me chiflara la ciudad.

Estaríamos de verdad locos si promulgáramos el desconocimiento frente al conocimiento, la inacción frente a la acción, la incultura frente a la cultura, la escasez frente a la abundancia, el platonismo frente al aristotelismo, pero es que el ser humano está un poco loco, y yo no podía deshacerme de esa pegajosa sensación de tristeza que me había producido el mero acto de llegar, aunque fuera al mejor restaurante del mundo. ¿Y ahora qué?

No siempre es manso el choque entre la realidad y la ficción- yo lo llamo literatura-, esas placas tectónicas que pueden provocar terremotos al reacoplarse. No resulta fácil, no, canjear la experiencia real por la imaginada, como cuando estás en el cine y has leído el libro y te dan ganas de chillarle al director a través de la pantalla: ¡¡pero si era moreno!!

Y luego está esa otra gente, la que no distingue en absoluto realidad y ficción, y si han leído una novela tuya en que la protagonista fue violada por su padre, te miran con compasión, no importa que les digas que es pura ficción, sí, claro, pobrecilla, lo que habrás sufrido. No sé si eso me produce ternura, perplejidad u horror.

En definitiva, que no es fácil el tránsito de la ficción a la realidad, no es fácil visitar el mejor restaurante del mundo (al menos del 2015) y salir indemne: esa es la realidad. El resto, pura ficción.

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