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tribuna libre / OPINIÓN

LUCE y nuestras abuelas

2/04/2020 - 

LUCE, que se llama Lucas, es un artista valenciano que se pasó unos años de su vida haciendo geolocalización tipográfica. Una polisemia esparcida en la que su propio nombre artístico significaba varias cosas a la vez, como señalando encrucijadas. Pueblos y ciudades conectan su rastro con un hilo invisible uniendo puntos.

Hay personas que se asemejan a animales. Con rostros cuyas facciones o actitudes son clavadas a marsupiales o anfibios. Hay personas que son más similares a maquinaria pesada, aunque sea por su robustez o sus maneras toscas. LUCE es más bien una especie vegetal, incrustada entre rocas, diría que emparentado con las siemprevivas por esa capacidad innata que tienen para perdurar en cualquier medio. No es tanto por una cuestión de resistencia sino más bien por tomar en cuenta como nadie el contexto físico. La simbiosis con el hardware de la vida cotidiana.

LUCE, hace unos meses, inscribió en un espacio recóndito de La Marina de València algunas letras metálicas con poemas escritos por su abuela. Una cadena de transmisión hacía que los pensamientos de su abuela acabaran en el frontispicio de un entorno marítimo para dar la bienvenida, para significar el propio lugar o, simplemente, para interrumpir la vida a la carrera y obligar a detenerse ante pensamientos congelados. La familiaridad sumada a la acción artística.

Su abuela se llama Maruja. Hace cinco años comenzó a escribir animada por el club de poesía que tenía debajo de casa. Fue su manera de verbalizar lo que llevaba dentro. Desde sus primeras hojas, el mar estuvo muy presente. Maruja comenzó a sumergirse en escenarios submarinos, a nadar entre las aguas del tiempo. Maruja y LUCE comenzaron a trabajar juntos. Ella le mandaba sus escritos, él los plasmaba en el espacio y le enviaba cada día imágenes de la evolución. A LUCE le permitió generar acercamientos entre la experiencia y la novedad, la vejez y la juventud, el paso y el detenimiento. “Los bancos que hay de corales / a mi la vida me dan / con sus bellos coloridos / Quien los pudiera tocar?".

Estos días LUCE ha vuelto a contar su colaboración con Maruja. “Tengo la suerte de vivir a un piso de mi abuela, desde hace un par de días me pide con ilusión que nos demos los buenos días desde el deslunado. Hoy se me ha ocurrido hacer un gran palo, juntando la escoba, el recogedor y la mopa para llegar hasta su ventana, en el extremo he puesto una pinza para sujetar las cartas, poesías… y así empezar una correspondencia”, escribía él.

Su caso, por microscópico, me sirve más que la grandilocuencia tectónica con la que los mismos que no imaginaron estos días nos ofrendan augurios de transformaciones épicas. Me conformaría con que ‘todo esto’ pueda acercarse a una derrota útil que estimule algunas nuevas percepciones. Por ejemplo, tomar a nuestra gente mayor, abuelos, iaios, viejos, tercera edad, por algo más que muebles llenos de termita apilados en el cuarto trastero. Sentirnos interpelados por los miles de casos de ancianos en solitario, confinados en sus últimos años, sin contacto social en ciudades que hicieron trueque con la vida de barrio a cambio de cemento armado. Casi por primera vez desde hace décadas, giramos la vista. Un poco de honor.

Por esta vocación ultrarápida -no es más que el espejo de la fragilidad- de pasar el tiempo haciendo, proponiendo, sugiriendo, las generaciones colindantes tendimos a encajar a los mayores en la casilla del ‘puede esperar’. La soberbia de anteponer un sinfín de cosas más urgentes, más importantes, más necesarias. El señuelo de la productividad, en la búsqueda obsesiva de aquello que se obtiene haciendo. Y estar con los abuelos, dejar correr el tiempo, aparentemente era no hacer.

Inventarse un mecanismo ingenioso para establecer una correspondencia nueva con esas abuelas, las nuestras y las de nadie, sería un primer paso. Como un hierbajo que nace entre el asfalto más áspero.

 

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