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‘Matrix acelerada’, Ramiro Sanchiz reinterpreta la simulación del fin del milenio

Holobionte Ediciones edita en su colección plutónicas este texto del autor uruguayo, en el que se revisita la historia de las hermanas Wachowski en busca de nuevos significados y significantes

4/04/2022 - 

VALÈNCIA. En el hombro, como el unicornio de papiroflexia, un conejo blanco. Viaja en el brazo cyberpunk de una extraña inquietantemente familiar. Lo que compartes con ella es el zumbido detrás de la oreja. La mosca de la irrealidad. Una orden, un consejo: sigue al conejo blanco. Síguelo hasta su madriguera, a través de ella. Adéntrate en el túnel, déjate llevar, sí a todo: toma lo que te ofrezcan, rompe los vínculos con la pantomima. ¿Quién no ha pensado alguna vez, tras demasiados segundos frente al espejo, que el reflejo muestra a alguien que no es uno mismo, sino otro? En el ascensor: sosteniendo la mirada al azogue. ¿Quién es esa persona que parece a punto de romper la simetría? ¿Esa persona soy yo? ¿Eso es lo que la gente ve de mí? ¿Esa es mi imagen? ¿Eso soy yo? Lo cierto es que a poco que uno se fija, cree adivinar las costuras de lo que supuestamente es real. La clave para no caer en la trampa es pasar de largo, no detenerse en los detalles, obviar lo siniestro. Stephen King es un gran escritor pero tiene un libro muy malo, Revival, en el que trata de abordar esta intuición desde una perspectiva lovecraftiana. El resultado, efectivamente, es muy pobre, pero con todo y con eso, logra amplificar el zumbido: solo sé que no se nada, y a partir de ahí, cualquier cosa es posible. 

El universo es una cosa inasequible desde nuestras capacidades. ¿Por qué hay algo en lugar de nada? ¿Qué había antes del principio? Quizás la respuesta más realista la dio el genio polaco Lem en su novela La investigación: en ella, un investigador de Scotland Yard y un matemático hacen equipo para resolver unos hechos desconcertantes. Han aparecido unos cadáveres a cierta distancia de la morgue en la que deberían estar descansando, y tras estudiar el escenario, parece no haber ninguna explicación plausible, salvo una posibilidad indefinida que se ilustra de la siguiente manera: el protagonista entra en una sala a oscuras, y su interlocutor alumbra un sector de la pared con una linterna. ¿Qué ves ahí?—le pregunta. El investigador trata de transmitir lo que cree ver. El personaje con la linterna enciende la luz y descubre el engaño: el sector iluminado era tan solo una porción de un gran cuadro. Ah. Faltaba el contexto. Nunca podría haber entendido lo que veía porque le faltaba información.

Muy sencillo, y muy inteligente. ¿Es posible que nuestros conceptos más elementales, como el principio y el fin, la causa y la consecuencia, sean simplemente herramientas intelectuales parciales a las que les falta la clave, en el sentido arquitectónico, que le da sentido a todo? ¿Puede que nos hayan sustraído la pieza elemental sin la cual somos Truman en su show? Hay una película, una saga, que es desde hace dos décadas el mejor exponente de esta coyuntura. Cuando Matrix se estrenó en las salas de cine, todo cambió. No fue solo el tiempo bala, tan imitado, ni sus coreografías kung-fu: Matrix encarnó el fenómeno de la teleoplexia del que escribe el uruguayo montevideano Ramiro Sanchiz en Matrix acelerada, uno de los últimos títulos de ese milagro editorial que es Holobionte Ediciones. 

Qué es la teleoplexia, Sanchiz lo explica así: “En el comienzo de la historia las máquinas son la herramienta, los medios de producción, y los humanos los sujetos que las fabrican y utilizan de acuerdo a sus fines; al final (que es, por supuesto, el comienzo de la historia de la serie de películas), los humanos son los medios de producción de energía y las máquinas el sujeto que los produce y utiliza para mantener su civilización en funcionamiento. En ciberteoría, a partir de las aportaciones de Nick Land y la CCRU en los años noventa, la inversión medios-fines se conoce como «teleoplexia»: quienes se consideraban en la posición del poder y el control ya no lo tienen, y los esclavos y dominados pasan a ejercerlo”.

Hoy, cuando la acertadísima —le pese a quien le pese— Matrix Resurrections ha venido a reivindicar la saga, son muchas las retrosignificaciones, tal y como dice Sanchiz, que parasitan la trilogía original —y Animatrix, la gran joya del universo wachowskiano—. Cualquiera que escriba sabe que la mayoría de prólogos son ficciones arrogantes y divertidísimas. La mayoría de explicaciones son a posteriori, porque el acto de escribir y de crear, con todo lo asombroso que conlleva, es más prosaico de lo que se intenta hacer creer que es. Escribir no deja de ser intentar trasladar un momento efímero de inspiración o de emoción, pero la inspiración y la emoción aguantan poco en el tiempo: a partir de ahí hay mucho de distraerse con lo banal, mucho de tener hambre, de cansarse, de tratar de terminar. Uno recuerda la primera vez que leyó Poeta en Nueva York, y antes de maravillarse con el inconmensurable talento de Lorca, consumir el prólogo y quedarse estupefacto ante la seguridad con que el prologuista afirmaba que el poeta granadino quería decir esto o aquello a través de símbolos. 

Si Federico García Lorca resucitase y le echase un vistazo a semejantes aseveraciones, se reiría mucho. El proceso de escribir no funciona así. Lem —volvemos al maestro— dedicó varios libros a este asunto de las interpretaciones (y los prólogos). Vacío perfecto es la más perfecta de sus antologías al respecto. En ese sentido, Sanchiz ha sido muy honesto: fan de primera de la saga Matrix, su voluntad en Matrix acelerada ha sido revisitar la historia permitiéndose hallar nuevas interpretaciones sin ánimo de revelar una supuesta verdad única y oculta. Lo suyo ha sido más honrar la saga proponiendo alternativas desde el presente, aportar nuevas lecturas desde el hoy antesala del mundo que será gobernado por los algoritmos al que sin duda nos dirigimos. Neo, como él apunta, es un anagrama evidente de one, the chosen one, el elegido. Matrix fue y es una historia brillante cargada de significado para todos los que quedamos deslumbrados por su imaginario en una sala de cine. Pero la propia Matrix se ha reinventado en clave de excelente autoparodia en su última entrega. Matrix es metamatrix. Matrix quiere que la leamos tomándonos menos en serio. La teleoplexia, ahora, se acerca al costumbrismo. El conejo blanco se ha instalado en el espejo negro que habita en nuestras manos. ¿Lo seguimos?

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