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neurociencia

Miedo en el cerebro

El miedo nos paraliza, nos hace sentir vulnerables. Es una sensación desagradable que, paradójicamente, nos ayuda a sobrevivir y muchas veces buscamos de manera voluntaria. Es tan importante que su ausencia es motivo de curiosidad por parte de los científicos

16/10/2019 - 

VALÈNCIA.-La noche es oscura. Diane va caminando sola, sin nadie a su alrededor. O al menos eso piensa porque a pocos metros aparece un hombre con un cuchillo descomunal. Se lo pone en el cuello, amenazándola. Pero Diane no siente miedo, tampoco chilla ni pide ayuda. Es más, hace frente al agresor y le recrimina su actitud de forma muy calmada y racional. Él, sin podérselo creer, huye de allí corriendo. Y ella, sin pestañear dos veces, continúa tranquila su camino.

Ocurrió de verdad. Su nombre, en realidad, no era Diane —de hecho, en la comunidad científica se la conoce como la paciente SM—, pero el intento de agresión fue así. Es más, cuando llegó a casa pensó en lo que había sucedido y se dio cuenta de que su reacción había sido muy extraña, así que unos días más tarde se lo contó a su médico. Tardó en saber qué le pasaba, pero finalmente llegó el diagnóstico: tenía el síndrome de Urbach-Wiethe

En principio este trastorno no tiene nada que ver con la sensación de miedo. De hecho, los síntomas más comunes son problemas en la piel. Con tan solo cuatrocientos pacientes diagnosticados en el mundo, el origen de la enfermedad está en un gen que produce una proteína importante para que los epitelios puedan formarse correctamente. Pero ¿qué es un epitelio? Básicamente, una o varias capas de células que recubren todas las superficies del cuerpo, como por ejemplo la piel. Ahora bien, esta enfermedad puede provocar daños en una parte muy concreta del cerebro llamada amígdala, que produce en esos pacientes una aparente ausencia de miedo. Pero ¿qué tiene que ver la piel con todo esto? 

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Hugo Saláis es doctor en neurociencias por la Universitat de València, además de ilustrador científico. Según explica, «la amígdala está organizada en capas, como si fuera un epitelio. De hecho, el cerebro se forma a partir del neuroepitelio, de ahí su relación con el síndrome de Urbach-Wiethe y que una mutación que afecta a la piel también pueda hacerlo a la amígdala». Saláis explica que «el cerebro es un órgano muy difícil de estudiar. Como decía mi director de tesis —recuerda—, ¿puede un cerebro comprender a otro cerebro?».

El cerebro reptiliano

Esta complejidad tan grande ha hecho que aparezcan teorías que intentan explicarlo de forma elegante, pero incorrecta. Una de las más famosas es la teoría triuno, que dice que el cerebro humano estaría compuesto por tres cerebros, unos dentro de los otros. El primero y más pequeño sería de origen reptiliano y muy antiguo en la evolución, el segundo vendría de los mamíferos primitivos y el tercero —que envolvería al resto— sería el más moderno y solo presente en algunos mamíferos superiores como los humanos. En resumen, sería como una especie de matrioshka de cerebros. 

Ahora bien, como cuenta Saláis, «esta teoría parte de observaciones incompletas que solo tienen una parte de verdad. Por ejemplo, aunque no es cierto que el tronco del encéfalo sea como un cerebro de reptil, sí que se ocupa de regular funciones más básicas, como el control de la temperatura corporal o el vómito. El sistema límbico, aunque tampoco es como un cerebro de mamífero primitivo, sí que se compone de estructuras como la amígdala, el hipotálamo o el hipocampo, que controlan emociones básicas. Y, por último, aunque la corteza tiene funciones muy complejas, como el razonamiento, el pensamiento lógico y la consciencia, esas habilidades tampoco son exclusivas de los humanos». 

En resumen, la amígdala estaría en ese supuesto cerebro de mamífero primitivo, y tal cual demuestra el caso de la paciente con el síndrome de Urbach-Wiethe, este conjunto de neuronas tendría un papel importante en la capacidad de sentir miedo. Pero, ¿qué se sabe de la amígdala? Saláis responde que «se la considera el centro del cerebro emocional. Entre otras cosas, se ocupa de recibir la información de los estímulos sensoriales y asignarles un valor emocional. Pero no estamos hablando de algo elaborado como el miedo o la felicidad, eso requiere un tratamiento mucho más complejo. Estamos hablando de atracción o repulsión», concluye Saláis. 

Entonces, si el miedo es una sensación mucho más compleja y la amígdala solo se ocupa de catalogar si algo gusta o no, ¿podía realmente sentir miedo la paciente SM?

Juan sin miedo

Casi todos los niños han escuchado alguna de las historias de los hermanos Grimm. De hecho, gracias a sus recopilaciones han llegado hasta el presente algunos títulos como Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente y, entre otras cosas, han dado trabajo a los dibujantes de Walt Disney durante casi cien años. Si se piensa por un momento, es obvio que algunos de esos cuentos infantiles usan el miedo para impactar a los más pequeños, pero hay una historia de los hermanos Grimm que es conocida por hacer justo lo contrario.

Había una vez un niño al que todo el mundo llamaba Juan sin miedo. El motivo era simple: no tenía miedo a nada y era incapaz de temblar. Pero Juan —como todos los personajes de cuento— no se conformaba con su vida, así que decidió emprender un viaje para descubrir qué era temblar de miedo. Sin embargo, enfrentarse a una bruja y a un ogro no le sirvió de nada. Algún tiempo más tarde se enteró de que un rey ofrecía a su hija en matrimonio —eran otros tiempos— al primero que aguantara tres días dentro de un castillo encantado. Ni los fantasmas ni las criaturas deformes que le acecharon consiguieron darle miedo, y este extraño héroe, muy a su pesar, tuvo que casarse con la hermosa princesa. Pero como todo cuento necesita una moraleja, algún tiempo después su mujer ideó un plan para satisfacer la curiosidad de su esposo, así que mientras dormía le arrojó una jarra de agua helada y, sobresaltado en mitad de la noche, Juan por fin pudo temblar.

Aunque el final sea un poco tramposo —Juan tiembla de frío, pero no de miedo—, esta historia encierra una de las claves para entender el cerebro humano. Lo que la mayoría de personas interpreta como miedo no ocurre en una zona exclusiva del cerebro; quedarse paralizado, temblar, salir corriendo y así un largo etcétera involucran a muchas partes al margen de la amígdala. Por eso Juan tembló a pesar de no sentir miedo y, volviendo al caso de la paciente SM, esta pudo descubrir que no era tan inmune como pensaba a las situaciones desagradables.

Años después de descubrir que no podía sentir miedo, Diane recibió una petición extraña. Unos científicos estaban investigando el papel de la amígdala en el miedo y tuvieron una idea. Si bien otros grupos habían intentado asustarla sin éxito con arañas, serpientes, escenas de asesinatos y películas de terror, estos otros científicos querían que inhalara dióxido de carbono, que es el gas que los pulmones intentan expulsar para evitar la asfixia. Diane se rio un buen rato, ¿cómo iba un gas invisible a triunfar donde no lo había hecho una anaconda? Finalmente aceptó.

Como dijo el escritor  americano Howard Phillips Lovecraft, «el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido»

Diane no solo tuvo miedo, sino que sufrió un ataque de pánico que describió como una de las peores experiencias de su vida. Y aunque ella no recibió la mano de un hermoso príncipe a cambio de su sacrificio, los científicos aprendieron que la amígdala no era necesaria para sufrir miedo o pánico. Entonces, ¿qué pasa exactamente para que un cerebro sienta miedo?

Enrique Lanuza es neurobiólogo y profesor de la Universitat de València. Ha dedicado gran parte de su carrera investigadora a estudiar el miedo. Preguntado por el caso de Diane, aclara que hay rutas cerebrales que gestionan el miedo fuera de la amígdala. En este caso concreto, al detectar señales de asfixia —un estímulo no visual—, su cerebro activó la sensación de pánico. Ahora bien, para el resto de casos, ¿qué ocurre cuando se presencia algo amenazante?

Lanuza continúa explicando que «cuando vemos algo que parece una serpiente o una araña, desde la retina esa información viaja al tálamo visual, y de ahí va hasta la corteza y a la amígdala, en paralelo y por duplicado. Esto es importante porque la información llega a la amígdala muy rápido, por lo que puede reaccionar antes de que la corteza elabore una respuesta más compleja. El primer comportamiento suele ser quedarse parado, que es una parte importante de lo que conocemos como miedo. Mientras tanto, la corteza procesa los detalles más finos y envía la información más elaborada a la amígdala confirmando si es una serpiente o, por ejemplo, un palo. Si no es una serpiente continuaremos andando tranquilamente; pero imaginemos que sí lo fuera. En ese caso, la vía más corta del tálamo visual a la amígdala ya ha activado el comportamiento defensivo de quedarse paralizado, y luego la corteza ya elaborará una respuesta más inteligente. Esto puede sonar raro, pero el motivo es que casi todos los predadores son visuales y responden al movimiento. Así que si tú te quedas inmóvil, puede ser que no te vean y pasen de largo. Ahora bien, si huyes evocas la respuesta de agresión en el predador, por eso quedarse paralizado de miedo es algo que hacen desde las lagartijas a los humanos, y esa respuesta que asociamos al miedo depende de una parte de la amígdala». 

El miedo es una herramienta evolutiva que está ahí para asegurar nuestra supervivencia, pero la amígdala va mucho más allá. Tal cual recuerda Lanuza, «si bien esta región del cerebro asigna valores negativos a ciertos estímulos que pueden suponer un peligro, también se encarga de dar valores positivos. Por ejemplo, la atracción también es gestionada por la amígdala. Al final, el miedo y la atracción son dos caras de la misma moneda».

Pero entonces, si el miedo no es solo el resultado de la actividad de la amígdala, ¿qué lo origina? Lanuza continúa diciendo que «aunque una buena parte de lo que asociamos al miedo está en esa región, hay otras estructuras en el cerebro conectadas con ella que juegan un papel muy importante. El procesamiento de la amígdala es inconsciente, pero el miedo es una sensación consciente. Actualmente creemos que lo sentimos cuando la información llega a la corteza cerebral». Pero ¿concuerda todo esto con la experiencia de aquellos que conviven de forma habitual con el miedo?

¿Cuándo se siente miedo?

Jorge Villar es ingeniero de edificación, pero antes fue piloto de motociclismo, ganador del campeonato de España de 70 cm3 y corredor del campeonato europeo de 600 cm3. «La primera vez que te subes a una moto en categorías grandes —recuerda el expiloto valenciano— y te pones en una recta a 270 kilómetros por hora, sientes sorpresa, adrenalina. Es una sensación de que estás tú solo luchando contra la moto. Luego pasa el tiempo y te adaptas». 

La experiencia de Villar sirve para entender que, efectivamente y tal cual describen los neurocientíficos, ante situaciones de peligro inminente la amígdala arroja las primeras respuestas de forma automática. «Si ves que uno cae delante de ti, en esas milésimas de segundo reaccionas de forma automática para salvarte. Tienes que salir de esa. Si te golpeas, también son milésimas de segundo, pero en ese corto periodo de tiempo tampoco sientes miedo, sencillamente te proteges. Cuando llegas al suelo te haces una bola sin pensar».

Entonces, ¿cuándo se siente realmente miedo? Villar recuerda, en especial, dos momentos trágicos. «He estado en situaciones en las que he perdido a compañeros en la pista. En una de ellas, el chico de delante se quedó sin gasolina y le pegó a la moto de atrás. Mi amigo se fue directo al guardarraíl a 270 kilómetros por hora y falleció. Luego estuve en un accidente al final de una recta del circuito de Montmeló. El piloto se cayó y el que iba detrás lo atropelló. Yo los seguía a ambos pero pude esquivarlos. Al terminar nos dijeron que había muerto. Y ahí, cuando bajas de la moto, piensas que el que se cayó podrías haber sido tú y puede venirte el miedo».

Lanuza, desde el punto de vista científico y frente a las experiencias de Villar, recuerda que «algunos miedos no basados en estímulos visuales, como el miedo a la muerte, nacen de una capacidad que tenemos muy desarrollada los humanos, la de proyectar en el futuro lo que podría ocurrir. Esa misma capacidad, por ejemplo, también puede generar miedo sobre si hay un monstruo debajo de la cama, aunque los monstruos no existan. Todo eso ocurre en la corteza cerebral y de forma consciente, no en la amígdala».

Villar recuerda un último accidente que sufrió en 2005 durante el campeonato de Europa. «A partir de esa caída sentí algo diferente, llegué a tener algo de miedo. Yo estaba en Alemania y durante la carrera perdía tracción trasera y la moto se movía mucho. Cada vez iba peor, pero bueno, solo quedaban dos vueltas y me faltaba poco para llegar y puntuar. Pero, en una de las curvas la moto me cruzó por atrás y me saltó por encima, yo salí volando, me golpeé fuerte y me hice daño en la muñeca. No fue nada grave, pero el miedo me llegó al no entender por qué pasó. Al principio creímos que fue un fallo mecánico, pero no encontraron nada. Me caí de una forma rara, y luego ya en frío, al no poder nunca entender qué pasó, pensé que podía ocurrirme otra vez». 

Si bien, el miedo es una respuesta evolutiva programada en nuestro cerebro, que no solo ocurre en la amígdala y que puede originarse por un estímulo externo o de nuestra capacidad de pensar en el futuro. Como dijo el escritor H.P Lovecraft, «el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido».  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 60 de  la revista Plaza

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