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las obras de rehabilitación recuperan su esplendor 

Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba: un tesoro por descubrir

12/06/2021 - 

GANDIA. Un camino de tierra me acerca a un monasterio cuyos muros hablan de la vida de unos monjes, recuerdan la importancia de los Borja en La Safor y dan las gracias a la familia Trénor por evitar que el edificio cayera en el olvido. Muros entre los que pasearon los escritores Ausiàs March o Joanot Martorell, que visitaron Felipe II y III y san Vicente Ferrer, y en los que el pintor renacentista Nicolás Borrás y el arquitecto Pere Comte dejaron su impronta. Un relato que voy a conocer en breves instantes, en cuanto llegue a la puerta del Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba, ubicado a ocho kilómetros de Gandia. 

El paseo es agradable, con la sombra de los árboles situados a ambos lados de la senda. Me detengo al ver un sencillo pórtico con el escudo en piedra del duque de Gandia, Alfonso de Aragón. Siempre me ha llamado la atención la historia del escudo, con las barras de Aragón, la flor de lis y ese león que hace referencia a esa leyenda que dice que San Jerónimo en sus últimos años de vida se retiró a un cueva a vivir con este animal. 

Unos metros más adelante y llego a una plaza con una fuente decorativa. Desde ella admiro la arquitectura del edificio, con sus dos torres y esa fachada que corrobora que estoy ante uno de los más notables y mejor conservados monasterios de la Comunitat Valenciana. Me acerco hasta esa puerta que en cuestión de minutos se abrirá para desvelar el interior del Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba y que queda enmarcada por un escudo y una cadena de hierro, ¿tendrá algún significado? 

Contengo la pregunta porque antes conviene descubrir por qué se ubica aquí un monasterio de los Jerónimos. Y no solo eso, sino el primero de la Corona de Aragón. Para conocer el motivo hay que remontarnos al siglo XIV, cuando los piratas berberiscos atacan a un grupo de doce eremitas que vivían en un cenobio Jerónimo en Xàbia. Al enterarse, Alfonso de Aragón (duque de Gandia y conocido como Alfons el Vell), decide pagar por su rescate y traerlos de nuevo hasta el poblado de Cotalba —solo quedaban siete—. Aunque pasaron un par de años, el miedo ante otro ataque seguía existiendo así que el duque de Gandia compra en 1388 el lugarejo de Cotalba a los musulmanes que allí vivían, y lo dona a la comunidad jerónima. 

Con esa adquisición y la ayuda de Pere March, mano derecha del conde, comienza la construcción del Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba. Una vez conocidos los orígenes, paso por la puerta mientras Mario Balbastre, gerente de actividades del Monasterio, me cuenta que esa cadena recuerda la estancia de Felipe II en el monasterio en el siglo XVI. Según relata, era habitual que a la llegada del rey se pusiera la cadena para que todo el mundo supiera que estaba dentro. 

Accedemos a la cocina, donde los primeros monjes también la utilizaron como refectorio y horno. Luego, en el siglo XVI, como la comunidad era más numerosa —llegaron a ser 35— la dejaron solo como cocina y horno. Mario me cuenta que llevaban una dieta muy sencilla, basada en lo que hoy llamamos kilómetro cero y, ocasionalmente, se permitían comer algo de carne blanca (de ave) y en muy contadas ocasiones se permitían el lujo de comer carne roja. 

Le escucho imaginándome a todos ellos cocinando en esa gran chimenea que había y comiendo en silencio en esas mesitas bajas de madera. Quizá rompían ese silencio cuando llegaba algún peregrino al que atendían. No hay que olvidar que era un monasterio asistencial. Si te fijas en la cerámica que decora partes de la cocina, debes saber que se descubrió con los trabajos de restauración que se llevan a cabo. 

El papel de María Enríquez

En ese silencio llegamos al claustro inferior, que me transporta a la mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada. Sí, porque aunque los arcos sean cruzados —típicos de la arquitectura gótica— las dovelas son blancas y rojas, propias de las construcciones andalusíes. Mira también a tu alrededor, para ver los escudos del duque de Gandia Alfonso de Aragón, de San Jerónimo y de San Luis de Anjou. Y al fondo, una escalera helicoidal preciosa. 

Luego me acercaré a ella. Ahora entra en la historia una de esas mujeres que más hicieron por Gandia: María Enríquez, duquesa de Gandia. Sí, porque ella convirtió a Gandia en un gran ducado y tuvo el valor de seguir con sus convicciones, oponiéndose a Alejandro VI en lo que a los negocios se trataba. Y fue gracias a ella que vinieron grandes artistas a la ciudad, como el arquitecto Pere Comte, el escultor Damià Forment o el pintor Paolo de San Leocadio. Y ahora te estarás preguntando cuál es la relación de María Enríquez con Monasterio de Sant Jeroni de Cotalba… 

La respuesta está en el patio de los naranjos, donde se sitúa la cisterna que mandó a construir María Enriquez en el siglo XVI para abastecer de agua al monasterio. Está decorada por 24 pequeñas fuentes que hoy sirven de decoración. Por cierto, el agua que abastecía el monasterio provenía de la fuente de Batlamala (a unos seis kilómetros) y que era traída por un acueducto gótico de piedra que mandó construir también la duquesa. Un lugar especial que en las noches de verano se convierte en un lugar aún más mágico gracias a los conciertos que aquí se realizan y que sirven de colofón para la visita. Eso sí, como bien apunta Leonor Arizón Trénor, responsable de Marketing de Cotalba, reserva con antelación porque el aforo es limitado y la experiencia única. 

En este punto, Mario recuerda dos hechos históricos muy importantes —y un tanto fatídicos— para el devenir del monasterio. El primero es el gran terremoto de Montesa (1748), que destruyó muchas partes del monasterio y el segundo es la desamortización de Mendizábal, que obligó a los monjes a desalojar el lugar el 6 de agosto de 1835. De ese olvido y una posible pérdida del lugar lo rescató la familia Trénor, que adquirió la finca. Concretamente, fue Tomas Trénor y Keating quien inició la recuperación del monasterio. La verdad es que no puedo más que agradecérselo porque llevo un tercio del recorrido y ya me he enamorado del lugar. 

La cripta de la familia March 

Lo explica justo antes de entrar en la iglesia, cuyas consecuencias de esos episodios históricos se pueden ver, pues se encuentra vacía. Sin embargo, esa luz que entra por las ventanas otorgan un encanto especial a un lugar donde los trabajos de restauración han dejado hallazgos tan interesantes como la cripta de la familia March pero también una cripta con restos de unas sesenta inhumaciones, entre las cuales podría estar Leonor de Castro MeloY es que, la esposa de San Francisco de Borja pasó sus últimos días en el monasterio, donde morirá en 1546. 

Restos que hoy se están sometiendo a distintos análisis pero que se quieren recuperar para que yazcan en el transagrario, situado tras el altar e iluminada con la luz que entra de la cúpula y su linterna. No se me ocurre mejor lugar para que descansen. 

En la segunda capilla lateral está la piedra fundacional del monasterio que anteriormente estaba en la torre mayor. Se me pone la piel de gallina al pensar la majestuosidad del lugar, con el órgano en lo alto acompañando a los monjes en sus oraciones, las pinturas decorando las paredes y ese gran retablo mayor en la cabecera de la iglesia —se conserva en el museo San Pío V de València—. Y qué decir del resonar de las campanas de la torre. Al menos, estas, siguen replicando en el campanar de Xeresa. 

Regresamos al claustro inferior y voy directa hacia esa escalera de caracol que ya desde el inicio me llama la atención. Al acercarme me sorprende ver la azulejería de los peldaños (cerámica valenciana del siglo XVI) y esos motivos vegetales que la adornan. Tiene el sello de Pere Comte, autor de La Lonja de la Seda de Valencia, pero también recuerda a la que recientemente se encontró en el museo de la Seda de Valencia. 

¿Dónde conduce esta escalera? Para saberlo hay que acceder a la sala capitular. Llamada así porque era el lugar donde los monjes leían el capítulo y pedían perdón por sus pecados. Lo siento, pero también te quedarás con las ganas de conocer los pecados de los monjes porque la contestación solo la tienen ellos, por más que preguntes a los guías del Monasterio. Otra incógnita es si realmente San Vicente Ferrer predicó en el monasterio o no.

Con la familia Trénor esta estancia se modificó y actualmente es una capilla en honor a la Virgen de la Salud (a finales del siglo XIX). Fíjate en el sepulcro que hay porque, además de ser un magnífico ejemplo de arte funerario del gótico valenciano, en él descansan Juan y Blanca de Aragón, hijos de Don Alfons El Vell. 


Como he dicho antes, era un monasterio asistencial así que los monjes contaban con una pequeña enfermería para poder cuidar enfermos. Lo hacían donde a partir del siglo XVIII se convirtió en la almazara, donde sus 32 tinajas conservaban el aceite que se hacía con los olivos de los alrededores. Una grisalla recuerda el uso que tuvo antaño como refectorio. Se trata de la grisalla al temple de Fray Nicolás Borrás, que representa la Santa Cena. Mario me pregunta si veo algo singular. Me acerco a ella, examinando cada una de las pinceladas y veo que Judas está hablando con los demás apóstoles y tiene las monedas sobre la mesa. También me doy cuenta de que hay dos cáliz y que la otra… esa dejo que lo descubras tú con tus propios ojos.

La zona de trabajo del monasterio  

Si en la almazara almacenaban el aceite, en el silo guardaban las algarrobas. Las tiraban desde el exterior por las ventanas que están en lo alto y los agujeros que hay en ambos lados de la sala servían de ventilación. Al fondo está el lagar en el que los monjes elaboraban el vino. Hoy la sala sirve para proyecciones y conferencias. Y junto a ella la sala de las caballerizas. Y es que, aunque tras la marcha de los monjes los cultivos se perdieron, Tomás Trénor Keating plantó también gran cantidad de viñas, nogales y almendros.

Una escalera estrecha conduce hasta el claustro superior, del siglo XV. Nada tiene que ver con el claustro inferior pues está elaborado en piedra caliza y bóvedas de crucería. Rinde homenaje a San Jerónimo, con el león (símbolo de la orden de los Jerónimos) como elemento representativo. En el claustro este del primer piso, mandado construir por María Enríquez en el Siglo XVI, si te acercas  con cuidado a uno de los ángeles para apreciar en sus ribetes una inscripción de un versículo de la Biblia Vulgata. Fíjate también en los en las paredes porque apreciarás la ingeniería que se ha hecho para apuntalar el edificio. 

Si en el piso de abajo la escalera helicoidal llamaba la atención, aquí es la Puerta de los Leones, denominada así por las esculturas de los dos leones que flanquean la entrada y el escudo nobiliario de María Enríquez en la columna central. Es obra de Pere Comte, cuya firma la ves en el ángel de la derecha, aunque es más significativo el caracol que hay en los motivos de vegetales de la columna. 

Me quedaría contemplando cada elemento de la puerta pero Leonor y Mario me animan a seguir para llegar al refectorio. Antes, pasamos por la sala de Armas, en la que me llama la atención dos trajes de la época y el mobiliario, con sillas que pertenecieron al coro de la iglesia del siglo XVIII. Una puerta conduce hasta el refectorio, al que se llega por una escalera imperial —inspirada en la escalera aurea de la catedral de Burgos— que recae a ambos lados de la sala. Me detengo en el medio, admirando la sala que tuvo varios usos, primero como hospital, después como refectorio y más tarde como el salón de la familia Trénor. Una reforma en la que mantienen el aguamanil donde los monjes se lavaban las manos antes de comer, aunque construyeron una chimenea, que tapa la puerta que daba a la cocina. 

Una puerta lleva al exterior, a los cuidados jardines románticos mandados construir por Federico Trenor Bucelli a inicios del siglo XX que invitan a pasar las horas entre sus sombras, escuchando el fluir del agua y los pájaros piar. Momentos de paz que llevan a imaginar aquellos tiempos en los que el Monasterio rebosaba vida y que poco a poco regresa con los trabajos de rehabilitación, los actos culturales y las visitas guiadas. Un lugar que vuelve a acoger bodas que se vieron paralizadas por la covid-19 pero que, sobre todo, enamora a quien la visita. 

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