Música y ópera

Aquí iba la crónica de un concierto de Morrissey

El cantante suspendió su bolo por el ruido de las Fallas y su público no reacciona mal porque, en buena parte, la sorpresa hubiera sido que sucediera

  • Y aquí una fotogalería.
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VALÈNCIA. València está en Fallas. Se nota en el ir y venir de la gente, en la pregunta de qué vas a hacer, en el olor de los puestos de buñuelos de calabaza y churros, en el metro… Y se nota también en el ruido. No solo el de los petardos y la música alta; también en el traqueteo de las maletas sobre las calles del centro adoquinadas, o los camiones descargando la bebida que abastecerá la fiesta sobre todo a partir de hoy y hasta el próximo jueves.

València también está en Fallas porque estos días una fuerza invisible (tal vez la combinación de todo) genera un ambiente en el que la comedia y el exceso se encuentran especialmente cómodos. Y en este caso, el nuevo episodio para la historia no lo protagoniza una fallera ni un representante público. Esta vez el protagonista era Morrissey.

En noviembre de 2025, el cantante anunció una mini-gira española para presentar su nuevo disco. Huyó de las dos capitales culturales y se tiró a la piscina en auditorios de València, Zaragoza y Sevilla. Hace una década que Morrissey no actúa en España, y no será porque no ha tenido ocasión —las ha tenido, pero otra combinación de fuerzas invisibles le ha hecho cancelar los bolos siempre. La última vez fue el pasado verano, en Noches del Botánico, por una sinusitis aguda.

La realidad es que los fans de Morrissey de cualquier parte del mundo están resignados y ya solo les queda la comedia, así que, cuando una persona se saca una entrada para un concierto suyo, lo hace con un 90% de desesperanza, como quien juega todas las semanas al Euromillón consciente de que las estadísticas van en su contra. El público (al menos, el español) de Morrissey sabe que lo raro hubiera sido que todo hubiera salido bien. Y esto amortigua y facilita la crisis de ayer.

El jueves 12 (un día antes de un viernes 13 que hubiera sido la guinda de esta historia), los extras de esta historia —público, prensa, tal vez alguien de la organización— nos despertamos con una extraña sensación: había llegado el día y no había pasado nada. Entonces, ¿habría concierto? ¿realmente aún habría margen de cancelación? Aquí es donde entran de nuevo las Fallas.

 

 

Morrissey viajó durante dos días en carretera desde Milán y se alojó en un hotel de cinco estrellas en la Plaza Manises, epicentro del sarao fallero, que no empieza el 15 sino mucho antes (a veces incluso antes de marzo). El ruido de las fallas, la música techno y la megafonía. Ese es el recuerdo de una noche febril, la noche en la que Morrissey durmió en València. “Esta experiencia ha dejado a Morrissey en un estado catatónico. Antes de salir hacia el concierto, revisad que el show siga siendo posible por estas circunstancias”. El entrecomillado es de morrisseycentral.com, la página oficial del cantante, que utiliza prácticamente como un perfil de redes sociales. 

Todo da igual

El juego empezó mucho antes. Además del público, también la prensa e incluso alguien de la organización en conversaciones informales apuntaba a que un concierto del imprevisible Morrissey en València en plenas fallas era material inflamable y que la balanza estaba desde el principio decantada hacia la cancelación. Hace unas semanas, se fantaseó con hacerle un Goodbye, Lenin! para que no se topara con los puestos de perritos calientes que hay por la ciudad y que tanto le irritan a su conciencia animalista. Voro Contreras, periodista de Levante-EMV, soñó con un cuento, publicado apenas un par de horas antes del cataclismo, en el que Morrissey se topaba con las fallas y se enamoraba de Amparito Roca. Lo raro es que no sucediera lo que sucedió.

Y, claro, sucedió. Un segundo comunicado confirmaba que finalmente el concierto no tendría lugar por la falta de descanso. Morrissey, que acumula una ratio de cerca de un tercio de cancelaciones de sus bolos (una cifra a la que cualquier otro artista difícilmente se podría acercar sin arruinar su carrera), ya se las sabe todas, así que la privación del sueño no le impidió jugar a los matices y señalar que: “El show no se ha cancelado. Las circunstancias lo han hecho imposible”.

La noticia empieza a correr como la pólvora, claro. Y en vez de una ola de indignación, como suele suceder en estos casos, la predisposición al desastre hizo que se desplegara la comedia. Clara, con otras cuatro amigas, lograron conseguir una entrada, que se vendía por más de 100 euros. Sabían a lo que iban y “por el grupo era una coña ir hablando de la posible cancelación”. La cancelación, más que un enfado, “se convirtió más en un meme”. Guardias cambiadas, ahorros gastados, planes cancelados. Cualquier irritación se calmaba al sentirse daño colateral de un Morrissey que llegó a València en fallas y que estas lo dejaran “catatónico”.

De la cancelación se hicieron eco incluso los medios ingleses, a los que les gusta alimentar el mito de las cancelaciones de Morrissey. También para ellos esta cancelación era especial. Algunos fans comentaban la noticia valorando que “esto es lo más Morrissey que he leído”.

Como Estrella Morente, pero al revés, en The Bullfighter Dies, Morrissey canta el mapa político de España para contar lo enfermo que le pone la tauromaquia. Uno de los versos dice "Mental in Valencia".

Un jueves cualquiera

En Fallas, después de la tormenta (¿el techno?) no llega la calma, solo avanza exhausta una programación infinita reflejada en un llibret. Si Morrissey pasó mala noche, seguramente tampoco podría abstraerse del acto de recepción de la Corte de Honor de la Fallera Mayor de València por parte de la Diputación de València, que tiene su sede en la misma plaza. Bandas, falleros, gentío, alegría.

Tal vez por eso, o tal vez porque también fue consciente de que habitaba el terreno de la comedia, quiso dedicar un tercer comunicado a ensañarse con la ciudad. Parece mentira pero es un entrecomillado: Morrissey describió su hotel de cinco estrellas de la Plaza Manises como un “infierno indescriptible. Me va a llevar un año recuperarme, ¡y estoy subestimándolo!”.

Ya por la tarde, llegaría la confirmación oficial. El concierto estaba cancelado sin matices, las entradas se devolverían, y ya le vale al cantante recuperarse porque siguen en pie los bolos en Zaragoza y en Sevilla. Las burbujas de cada ciudad en redes sociales soñaban con qué pilar de la identidad de su ciudad podía enfurecer tanto a Morrissey. Y esto dice mucho de la situación de ayer. Hay una pulsión de ser daño colateral de las vivencias erráticas de un artista pop.

Ayer por la noche iba a tener lugar uno de los hitos del año de la música en directo, pero fue un jueves cualquiera. Las Fallas por supuesto ni se enteraron de que un señor inglés no había podido pegar ojo. Habría otros tantos que aprovecharían la misma noche para pasárselo incluso demasiado bien. 

A las 20:30 hubo un castillo en la plaza del Ayuntamiento, que Morrissey ya podría ver porque se le había despejado la tarde-noche. Los Premios actuaban en la Sala 16 Toneladas. La vida seguía para todos. El cantante ha logrado la doble categoría de mito: no solo ha conseguido que la gente quiera verlo sean cuáles sean las críticas de sus nuevos discos (más bien tibias las de este último, por cierto); también ha logrado hacer historia sin salir de la habitación del hotel y no provocar una ola de indignación.

Si alguien se quedó con mal sabor de boca, no sería periodista. Al menos, hemos tenido la suerte de poder pensar titulares divertidos y contarlo. Seremos también parte de la conversación cuando salgan a colación “aquellas Fallas que dejaron catatónico a Morrissey”. Si alguien se quedó con mal sabor de boca, seguramente sería la promotora, el espacio o la banda y otros trabajadores de la música, que ayer tuvieron que gestionar algo más complicado que un concierto: una cancelación (otra).

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