VALÈNCIA. Hay descubrimientos que un periodista musical siente la obligación de compartir. Este artículo no viene a ser el primero de nada, pero sí a hacer una advertencia: no se puede perder a Candelabro, una de las bandas chilenas revelación de los últimos años, que está a punto de iniciar su primera gira europea.
Lo harán para defender Deseo, Carne y Voluntad, un segundo disco con el que han ampliado su propuesta musical y conceptual hasta construir un universo propio donde conviven referencias literarias, imaginario religioso y una mirada generacional. Un territorio que, según Matías Ávila, nace tanto de la experiencia compartida como de la evolución artística del grupo: “Son dos discos con los que estamos muy felices y cada uno tiene su propio encanto”; aunque reconoce que el segundo surge desde otra exigencia, tanto por el salto en los recursos dispuestos para hacerlo posible como en la manera en la los han conseguido (en una primera fase, a través de un crowdfunding).
El contexto también ha cambiado. “La temática del disco tiene que ver con otro momento de la vida, con cosas más trágicas, más demandantes. Además el contexto sociopolítico chileno y latinoamericano, que se nos cruza y termina permeando todo”.
Música
Además de una sorpresa en sí mismo, el disco Deseo, Carne y Voluntad también destaca por ser un paso de gigante en una discografía breve pero ya muy solida. Bajo el paraguas del “art-rock”, Candelabro añade en esta nueva colección de canciones, el ska, armonías balcánica, rock y arreglos corales. Una diversidad que, según Ávila, está directamente vinculada al propio funcionamiento del grupo. “Es un desafío tener un equipo de siete personas”, explica, aunque también reivindica la riqueza que aporta esa estructura colectiva.
La convivencia de miradas distintas forma parte del ADN de la banda. “Con los chiquillos nos conocemos hace muchos años y sabemos perfectamente lo que significa la música para nosotros. También eso implica un sacrificio de cada una de las personas. Es lo que significa tocar en vivo y hacer música”.
“Ampliar el campo de acción puede llegar a cosas muy interesantes. Creo que he encontrado la forma que me gusta de hacer música, pensando en mí, en ellos y en la gente”, añade.
El álbum, además, está concebido como una experiencia completa. “El orden del disco fue algo que traté de armar para que se sintieran las secciones”, explica, reivindicando la escucha del disco como recorrido: “Me gusta mucho el disco como esa experiencia… que te toma, te suelta y te vuelve a tomar”.

- -
Teatro y poesía
Las Copas serviría como prólogo; el primer acto llegaría hasta Liebre, y Fracaso sería la puerta de entrada al tercer y último acto. El orden del disco guarda, en realidad, la pulsión de que se entienda como una obra de teatro, con sus partes, con aquello que quiere contar en conjunto.
Al despliegue instrumental de un grupo de siete componentes, Candelabro aún encuentra espacio para los samples y collages con voces en off. “Consumo mucho entrevistas de YouTube de grandes literatos o filósofos… Me gusta escuchar a la gente hablar sobre su arte. (…) Nos permite ir conociendo otras figuras y otras aristas del arte que no necesariamente tienen que ver con la música”.
La incorporación de estas voces, además, amplía el campo de significados del disco. “Es una forma de entender el arte… desde la poesía, la filosofía o la teología” explica Ávila.
Teología
El imaginario religioso atraviesa este disco. Ávila lo reconoce sin rodeos: “Hay una matriz innegable que tiene que ver con el imaginario cristiano católico latinoamericano”, afirma, con desde un vínculo con la historia política y social de la región.
Poco que ver con el impostado renacer del fervor. “No se presenta como un disco de alabanza. Me interesaba que representara una tensión”, matiza.
El origen de esa tensión también es personal. “El disco hace eco de una cosa muy personal… el encuentro con la fe y con la vida espiritual desde la enfermedad del padre”. A eso se le añade la influencia de su educación católica y el contexto cultural latinoamericano: “La religión es una necesidad humana… y el disco hace un poco un eco sobre eso”, finiquita Ávila.
Clase media-baja
“Venimos todos de una misma situación socioeconómica: somos todos de clase media-baja y somos la primera generación de su familia que ha accedido a la universidad”. Esta es otra de la respuesta que da el músico para explicar y descifrar la propuesta del grupo. Identidad de clase para entender el quién, pero también el qué y el cómo.
“Para nosotros atreverse a hacer arte tiene un peso porque nadie de nosotros vive del grupo. Esta no es una banda hecha para ganar dinero. Es una banda hecha con otros fines”, reivindicando Ávila el proyecto como un espacio colectivo y político.
Esos pies en la tierra son lo que le hace agradecer las oportunidades que les está brindando la música, o incluso la filosofía con la que abordan sus directos: “Los conciertos son como el 60% banda y el 40% público. El público juega un rol tan importante como la banda; a veces incluso más”.